viernes, 18 de octubre de 2019


Del libro "MISTERIOS DE AMÉRICA"
Capítulo 1
Ídolos, dioses y diablos

Aunque tú no los veas, están allí.
Desde que llegas a Chontales, ellos te miran. La mayor parte de los ídolos de piedra están muy bien escondidos entre una multitud de bloques esparcidos a lo largo de la sierra.
Son innumerables. Nadie sabe cuántos se encuentran aún erguidos a través de la superficie áspera de las montañas.
Sin embargo, si tú quieres verlos a ellos, debes ir a Juigalpa.
Juigalpa es la capital del departamento de Chontales en la República de Nicaragua. Es una población de algunas decenas de miles de habitantes situada en el pie de monte de la cordillera de Amerrique. Fue fundada hace unos tres siglos y desde entonces se ha transformado en el principal centro comercial del país montañoso de Chontales. Aunque es una ciudad relativamente pequeña, se trata de un sitio muy concurrido, con gente que transporta productos agrícolas o animales desde las quintas y ranchos cercanos, o de personas  provenientes de ciudades más lejanas, como Matagalpa, Granada e incluso la capital del pais, la metropolitana ciudad de Managua.

Gregorio Aguilar
Gregorio Aguilar era chontaleño y sabía muy bien donde hallar los ídolos de piedra. Descubrió su existencia en las montañas durante su juventud.
Desde entonces dedicó gran parte de su vida a recolectarlos e instalarlos en un pequeño museo que logró
construir con gran esfuerzo en el corazón de la ciudad.Gregorio viajó a través de la Sierra con sus estudiantes de secundaria y algunos colegas, y durante poco más de una década se las ingenió para hallar muchos objetos únicos, entre ellos unas cincuenta estatuas de piedra.
Algunos años más tarde, en uno de sus viajes habituales, cuando Aguilar transportaba un gran ídolo que había sido encontrado hacía un tiempo, ocurrió un accidente.
De acuerdo a algunos testigos, Gregorio perdió el control de su vehículo,   este volcó, y el ídolo de piedra le cayó encima. Murió instantáneamente.
Ese día, la ciudad de Juigalpa, que se preparaba para una gran fiesta, se vistió de luto. Desde entonces, el nombre de Gregorio Aguilar es pronunciado por los juigalpeños con el más profundo de los respetos.
Treinta años más tarde, el Museo de Juigalpa, bautizado Gregorio Aguilar, se ha transformado en una atracción turística creciente y los ídolos de piedra son un símbolo de la ciudad. Sin embargo, se conoce muy poco de las mujeres y hombres de carne y hueso que esculpieron las figuras de piedra, del pueblo antiguo que nos acompaña, de alguna manera, cuando recorremos las anfractuosidades de la sierra.

Palabras, dioses y diablos
¿Cómo fue posible? En pocos años, unas décadas apenas, numerosos  pueblos y antiquísimas culturas fueron sepultados por un alud difícil de entender.
Desde las tierras del albatros, en los confines australes, a las selvas húmedas siempre verdes, con sus ríos serpenteantes; desde las cimas escarpadas, donde anida el cóndor y la nieve permanece incrustada en las paredes sombrías de los cerros; hasta las costas de palmas y cangrejos, el mundo americano pareció paralizado frente al avance de aquellos hombres acorazados y agresivos. Traían perros feroces, caballos, hierro y armas de fuego. Tenían sed de oro y de poder. Parecían no conocer la misericordia. Venían sin mujeres. Llegaron embarcados en extrañas naves de cuerdas, madera y lienzos, hablaban un lenguaje incomprensible, enarbolaban curiosos estandartes y por todas partes clavaban sus cruces para tomar posesión de territorios y personas.

No preguntaron por los nombres nativos de la tierra. Cuando preguntaron no se les entendió. Cuando se les respondió no comprendieron. En el fondo no les importaban los nombres ancestrales. Los sustituyeron con
los propios cada vez que pudieron. Y así quedó la cosa.
Un mundo de lugares rebautizados con sonoridades extranjeras.
Identidades perdidas, arrebatadas, avasalladas.
No sabemos si existió una denominación para todo el continente. Un nombre que nos pudiera identificar de sur a norte, de este a oeste, arriba y abajo, de los mares al desierto. Hoy, aún lo estamos buscando: Abya Yala,
la Isla-Tortuga, el hogar de la Pachamama, América. Tal vez esa designación que procuramos no haya existido nunca. No lo sabemos.

La Gran Identidad
La Gran Identidad se expresa de muchas formas. En las ceremonias ancestrales, en el tabaco, en la coca, en el teonanacatl y la ayahuasca, en los cultivos sagrados, en el respeto a la naturaleza, en el humo de los fogones,
en las danzas, en el sonar de las flautas y tambores, en los cantos, en los sueños. Nuestro continente lleva su razón de ser en las miradas de los ancianos que parecen ver más allá del tiempo. En los paisajes de agua y luz.
En las hojas de los árboles. En las raíces que maman de la tierra. En las plumas de las aves. Y en las escamas relucientes de los peces.
Nuestro hogar es todo eso.
Innumerables destellos de todas las olas de los mares y las correntadas de los ríos. Las noches de luna llena en  el Gran Lago y los días de sol en las islas del calor y la alegría.

También somos palabras
Pero además de todo eso, y de alguna manera integrando cada una de sus emociones, matices y voluptuosidades, nuestra tierra también está hecha de palabras...
En algún lugar de nuestras esencias, lo que se llama alma, estamos construidos con palabras. Con muchas voces. De sonoridades diversas. A veces mutuamente incomprensibles. Cuando nos escamotearon sus sonidos
perdimos una parte importante de nosotros mismos. Entre esas palabras hay una que tuvo un contenido especial, pero, de alguna forma, se ha olvidado.
Es el nombre que pronunciamos cada día y que nos identifica a todos: América.

En el principio fue el huracán
Los vapores del océano le fueron dando forma. Primero se formaron unas humildes nubes, casi imperceptibles. Luego, el humeante mar tropical las alimentó hasta transformarlas en una espiral de viento y lluvia, de esas que meten miedo.
Fue avanzando hacia el oeste lentamente, sin apuro.
Más allá, las esperaban las tierras llanas de las Bahamas y otras islas próximas. El viento se fue acelerando cada vez más. El oleaje salpicaba las filas de palmas flexibles. Volaban hojas, ramas, chapas y animales.
Las sirenas sonaban, pero no se escuchaban, el viento aullaba con mucha más fuerza. A su paso por las islas planas fue dejando su tendal de destrucción. Como en los tiempos antiguos, los espíritus de los elementos se
desencadenaron a su manera, imponiendo respeto. Luego del viento y la lluvia, la gente volvió a sus casas semidestruidas, arreglaron techos y paredes, limpiaron las calles y la vida siguió. La mayoría no comprendió el mensaje.
En otros tiempos, antes, las cosas eran distintas. Los pueblos lucayos de las islas le rendían reverencia. Lo calmaban con yuca, maíz y carne de langosta. En esa época, los huracanes y los seres humanos vivían en una comunión total. Cuando soplaba el viento y las correntadas entraban tierra adentro, los lucayos se sentían más que nunca, una parte de la naturaleza, como los peces del mar o las aves del aire. Este nuevo huracán se expresa en forma parecida. Sólo que ya no están más los pueblos antiguos que lo reverenciaban y lo trataban como un hermano poderoso, tal vez como un padre.
Cuando pasaba el temporal aquellos pueblos reconstruían sus bohíos hechos de madera, paja y hojas de palma. Y la vida seguía. Este huracán que sopla hoy se ha encontrado con pueblos nuevos, que viven en casas de cemento, conducen vehículos de metal y parecen haber olvidado el valor sagrado de las olas y el viento.
Los medios de comunicación les llaman con nombres ajenos. Los lucayos podrían decirnos muchas cosas que hoy no sabemos acerca del pasaje anual de los huracanes por las islas.
Pero los lucayos no están más.
0 tal vez no están de la misma forma como entonces.

Llegaron del Oriente
Los invasores venían del Oriente. Llegaron en embarcaciones y ocuparon las islas tainas, caribes, ciboneyes y guanatabeyes. Se apoderaron de tierras y personas. Desde las cimas de sus montañas y volcanes Amerrique fue testigo de su llegada.
Amerrique no era solo tierra de vientos, era además la Costa Rica10, o como se dice en alguna lengua nativa de la región, la huzgalpa o juigalpa, la “Patria del Oro"11.
Colón, Vespucci y otros europeos que allí llegaron fueron atraídos por el brillo del metal, por el oro abundante, proveniente de los múltiples yacimientos que existían en el interior. Decía el propio Almirante en su Diario del Cuarto Viaje: "El oro es excelentisimo, del oro se hace tesoro, con quien lo tiene, hace cuanto quiere en el mundo, y llega a que echa las ánimas al Paraiso."
Y así, a los pocos años de arribar al país de los lucayos y Haiti, los españoles se dirigieron a la costa del oro, y aún más allá, al origen del oro, localizado en el interior de la tierra, en el corazón de la sierra, territorio ancestral de la nación Amerrique, el lugar donde sopla el viento.
El pueblo Amerrique ya no existe, la Sierra de Amerrique es conocida por el nombre de Cordillera Chontaleña y las minas de oro tienen nombres españoles: Santo Domingo y La Libertad. A pesar de todo, aún hoy, en las cimas de los montes Mombachito y Cuizaltepe, en plenas serranías amerricanas, todavía sopla el viento fuerte y purificador. Con persistencia y sin olvido.

¿Donde están?
Antes que fuera llamado Nicaragua por los mestizos y Cocibolca por los chorotegas, la "Gran Cuna de Agua" era conocida como Ukurikitucara por la antigua gente de la tierra.
Ukurikitucara recibe el viento de la vida y sus chispas doradas de las tierras altas próximas de Amerrique.
Ella habla fuerte a través de sus bocas de cráteres en Ometepe y extiende sus brazos para alcanzar Cariari y Amerisco, más allá de las montañas, sobre el mar.
Las riquezas del agua están protegidas por mil y un tiburones con dientes afilados y aletas lustrosas. Noche y día, vive el espíritu de Ukurikitucara, hermana de huracanes. Aunque mucha gente piense que no tiene memoria, ella recuerda todas y cada una de las imágenes que se reflejaron en sus aguas.
Y más especialmente, los recuerda a ellos. El pueblo antiguo. Aquellos que vinieron a sus orillas con sentimientos de amor y respeto, trayendo frutas, maíz y tabaco.
Ella sabe demasiado bien que un día, muy pronto, volverán de la niebla del tiempo, los ídolos sagrados se erguirán una vez más, y el cielo limpio y ancho será de nuevo su templo, nuestro templo.

Aún están aquí.
Dicen que los amerriques se han ido. Que han desaparecido. Sin embargo, si se recorren atentamente los picos y valles de Amerrique, es posible sentirlos. En las rocas silenciosas. En las laderas empinadas. En los acantilados legendarios. En los corazones de las gentes de Juigalpa y La Libertad. En todos nosotros. Algunos los llaman matagalpas, otros chontales.
En realidad es lo mismo. Los pueblos sabios que esculpieron los ídolos no necesitan un nuevo nombre.
Ellos tienen sus formas antiguas, únicas, de llamarse a sí mismos. Simplemente no las conocemos. O tal vez las usemos cada día sin darnos cuenta.

Llegó el Diablo
Llegó el Diablo. No cabe la menor duda. En toda América se propagó la noticia.
El Diablo con piel pálida y trajes de hierro.
Aquellos que pensaron que eran los Dioses Buenos estaban equivocados. En realidad, son demonios que adoran los metales que crecen en las profundidades de la tierra. Se rumorea que se alimentan de plata y oro,
que cambian su piel de hierro cada año y que no conocen el amor ni la ternura. En las entrañas de la meseta andina, donde nunca llega la luz del sol ni las brisas refrescantes, en el fondo de las galerías de donde
se extrae la plata y el estaño, los mineros quechuas y aymaras preparan sus ofrendas para el Tío-Diablo y su esposa, la China Supay.
El Tío prefiere las hojas de coca, el tabaco y la chicha.
A la China le gusta el azúcar de caña.
El Diablo y su esposa controlan el mundo de los metales, de donde sale el dinero.
Por eso todos saben que "el dinero es cosa del Diablo".
El dinero no se obtiene por medio del trabajo, ni por amor, ni por solidaridad. Se logra a través de un pacto de sangre con el Diablo: el k'arakú.
El k'arakú es un contrato dorado que sólo se hace por dinero.
Así obtuvieron sus fortunas los españoles que conquistaron estas tierras. Por eso pudieron matar impunemente a cientos de miles de personas y, encima de ello, enriquecerse.
A pesar de que Pizarro prometió respetar la vida de Atahualpa no vaciló en matarlo. Como premio por este crimen heredó las riquezas del Imperio Inca.
Los traficantes que negocian con el sufrimiento ajeno ganan millones de dólares con la venta de cocaína.
Los mineros, que han aprendido estas verdades en sus propias vidas, corren el riesgo de morir en un derrumbe o por silicosis, trabajan duramente y producen mucho mineral. A pesar de ello, ganan muy poco dinero,
no tienen suficiente comida, ni con que calentarse durante las frías noches del Altiplano.
Mientras tanto, otros que viven lejos y nunca trabajaron en las minas disfrutan vidas lujosísimas de millonarios. Estas desigualdades sólo pueden ser explicadas a través de la magia y de sacrificios al Diablo. Por eso los gringos tienen plata. Seguramente. No hay otra explicación lógica. Esas personas han logrado el favor del Tío y de la China Supay.

No trajeron a Dios sino al Demonio
El demonio de los mineros tiene cuernos como las cabras, ojos color de sangre, orejas de mula, dos colmillos negros y dagas en vez de dientes, que reflejan la escasísima luz de las galerías.
Igual que los reyes europeos, tiene una corona en su cabeza donde se enrosca una serpiente venenosa. Las naciones del Altiplano han aprendido su lección.
Más de cuatro siglos de opresión y sufrimiento les han enseñado. Los conquistadores no trajeron a Dios, sino al Diablo.
Y entonces, desde Oruro a Potosí, los antiguos pueblos de la montaña y de la meseta realizan sus Diabladas puntualmente. No se olvidan de él en sus ofrendas y ceremonias.
Fuera de las minas, al aire libre, en la tierra donde sopla el viento y caen lluvias y nevadas, allí reina el espíritu de la Pachamama, la Madre Tierra. Con la ayuda de la Virgen María y los Santos, la Pachamama permite que florezcan las plantas, que maduren los cultivos y nazcan los niños,
La Pachamama no tiene nada que ver con el dinero.
La Pachamama es Amerrique.
Mensaje de Mancu Inca Yupanqui (1535) 
"Hermanos e hijos, los he reunido para que vean el nuevo tipo de
gente que se ha venido a nuestro país, esos barbados que están en esta ciudad. Porque me dijeron que eran wiraqochas y parecían serlo de acuerdo a sus vestimentas, les ordené que les sirvieran y obedecieran como servirían mi propia persona... pensando que eran gente valiosa enviados desde lejos, como siempre proclamaron, por Tiqsi Wiraqochan, o sea Dios. Pero es claro para mí que todo resultó lo opuesto de lo que esperaba, por que, sepan esto, mis hermanos, esta gente ha demostrado muchas veces desde que entraron a mi país que no son los hijos de Wiraqocha sino del Diablo."12

Las almas baratas de Marañón
El Padre jesuita Antonio Vieira llegó a Marañón, Brasil, en 1652. Su vida había sido una lucha constante por la libertad de los esclavos y la tolerancia racial y religiosa. Además del idioma portugués, hablaba el tupi de las rimeras Naciones brasileras, el kimbundu de los esclavos africanos y varias lenguas amazónicas. En Marañón encontró uno de los panoramas más desoladores de explotación de los esclavos nativos. No vaciló en enfrentarse a los plantadores y traficantes y recordarles algunos principios de la religión cristiana que aquellos decían profesar.
“¡Que precio diferente el Diablo compra las almas comparado a lo que ofrecía por ellas previamente!
No hay mercado en el mundo donde pueda conseguirlas más barato que aquí en nuestra propia tierra. En los Evangelios, ofrecía todos los reinos del mundo por un alma; en Marañón, el diablo no necesita ofrecer ni
siquiera un décima parte por todas las almas. No es necesario ofrecer mundos, ni reinos; no es necesario ofrecer ciudades, ni pueblos, ni aldeas. Todo lo que tiene que hacer es ofrecer un par de indios tapuya e inmediatamente es adorado de rodillas. ¡Que mercado barato! ¡Un indio por un alma! Ese indio será tu esclavo por los pocos días que sobreviva, pero tu alma será esclavizada por la eternidad, mientras exista Dios. Este es el contrato que el Diablo hace con ustedes. No sólo lo aceptan sino que le pagan dinero por añadidura.”
Cristianos, nobles y gente de Marañón ¿saben ustedes lo que Dios quiere de ustedes durante la Cuaresma?
Que rompan las cadenas de la injusticia y liberen a aquellos a quienes tienen cautivos y oprimidos. Estos son los pecados de Marañón. Esto es lo que Dios me ordenó denunciarles. Cristianos, Dios me ordenó
aclararles estos temas y así lo hago. Todos ustedes están en pecado mortal; todos ustedes viven en estado de condena; y todos ustedes irán directamente al Infierno.
En verdad, ya hay muchos allí ahora mismo y ustedes se reunirán con ellos si no cambian vuestras vidas... Cualquier hombre que priva a otro de su libertad y pudiendo restaurársela no lo hace está condenado. Todos
o casi todos están por tanto condenados. Ustedes pueden decirme que incluso si esto fuera verdad, no lo pensaron o no sabían y que su buena fe los salvará. Lo niego. Ellos pensaron y sabían del mismo modo que
lo piensan y lo saben ahora. Y si no lo pensaron o no lo sabían debieron haberlo pensado y sabido. Algunos están condenados por su conocimiento, otros por su duda y todavía otros por su ignorancia. "13
Algunos años más tarde, en 1661, Vieira fue expulsado de Brasil y al llegar a Portugal fue apresado por la Inquisición y acusado de cometer herejías "igualitarias". Seis años después, ya liberado, reinició su lucha por los derechos de los esclavos que habría de continuar hasta su muerte el 18 de julio de 1697.

Purificación más allá del océano
Pachamama también se llama Ñandesy. Entre los m'bya, los pai taviterá, los caiová y los ava chiripá14, la tierra es la abuela, madre de madres, que ayudó a formar el mundo. Igual que la Pachamama, ella también ama a sus hijos. Ñandesy está triste porque el pueblo ava ha sido sometido a la esclavitud, porque muchos han muerto' injustamente. Los pa'i le han contado que las muertes han de continuar. Ñandesy es buena, pero también es justa y poderosa.
Habían transcurrido más de dos siglos desde la llegada de los portugueses a Brasil. Durante este tiempo, murieron más de dos millones de pobladores originarios por todos los confines del territorio.
Miles de tupinambá, ateté, tupinikín, carijó, tupaiá y de individuos de otras naciones americanas del sur fueron esclavizados, despojados de sus tierras y de sus derechos más elementales. Aún más tiempo hacía que los agentes del gobierno portugués habían desembarcado en Africa.
Allí, con complicidades locales, también secuestraron pueblos enteros: kimbundu, congo, yoruba, hausa.
Los maltrataron, los llevaron muy lejos, los vendieron, les quitaron los hijos a las madres, les prohibieron sus dioses, les ocultaron sus verdaderos nombres. La riqueza de Lisboa se basaba en el sufrimiento de mucha
gente durante largo tiempo. Trabajo forzado en las plantaciones de caña de azúcar y en las minas de oro, servidumbre obligatoria para mantener una casta de parásitos.
A mediados del siglo dieciocho, allá por 1755, los agentes de Portugal seguían matando y esclavizando, abriendo las entrañas de la tierra para extraer oro y diamantes.
Las guerras de conquista se sucedían. Los ejércitos portugueses aliados a los españoles estaban enfrentando a los guaraníes y tapes en las antiguas misiones del Alto Uruguay. Por acción u omisión, el Imperio de Portugal
era responsable por la muerte de muchos millones de personas inocentes. Ni la aristocracia portuguesa, ni los bandeirantes, que eran avanzadas del imperio, ni los traficantes de esclavos parecían sentir remordimientos
por sus crímenes... La Gran Matanza continuaba.

Primero de noviembre, Día de Todos los Santos.
Hace dos horas que ha salido el sol en Lisboa, capital imperial portuguesa. Los habitantes se dirigen a las iglesias y cementerios para conmemorar a sus muertos.
Mientras tanto, del otro lado del mundo, en los bosques del Alto Uruguay, donde los guaraní se han alzado en rebelión, recién aparecen las primeras luces del nuevo día. Los pa'i se preparan para recibir a Quarahy con danzas y canciones. Agitan las m'baracá, golpean sus tacuaras.
Piden a Ñandesy y a la Virgen la purificación de la maldad en el mundo.
En la otra orilla del Mar-Océano el mar se agita, tiembla y ruge. Las aguas del río Tajo se salen de su cauce y avasallan la ciudad destruyéndola totalmente.
Luego viene el fuego. Treinta mil muertos, diez mil edificios y casas derruídos. Uno de los terremotos más grandes de la historia. Ya no existe más aquella Lisboa.

La Madre-Montaña
Todos los años las mujeres y los hombres de Iximché venían al pie de la Madre-Montaña a presentar sus ofrendas. De vez en cuando, ella también hablaba por sus bocas de cráteres para retribuir el homenaje. Los habitantes de Iximché respondían con nuevas ceremonias, ofreciendo maíz, cacao y frijoles. Este amigable diálogo duró por mucho tiempo.
Pero un día llegaron aquellos hombres extraños, montados en grandes bestias. Vestían corazas metálicas y usaban cañas de fuego.
Entraron a Iximché matando y destruyendo. Se apoderaron de la gente y de las casas. 
A partir de ese momento ya no hubo ceremonias al pie de la montaña. El sol dio una vuelta, y luego otra y nadie vino a saludar a la montaña como antes. Los invasores no se lo permitieron. Y entonces la Madre-Montaña tembló. Rugió muy fuerte.
Como una hembra jaguar defendiendo sus cachorros. Muchos invasores murieron. Los restantes se marcharon al pie del Volcán de Agua, desplazaron a las comunidades que allí vivían, las esclavizaron y maltrataron de la misma manera como lo habían hecho en Iximché.
Luego construyeron sus casas y establecieron sus plantaciones.
Al Padre-Volcán-de-Agua tampoco le gustó esta nueva gente. Los pueblos cakchikel acostumbraban llevarle regalos cada año.
A partir del momento que ellos llegaron se terminaron las ofrendas.  Transcurrieron varios años. El Padre-Volcán se enojó, llenó de agua su lomo y con un corcovo gigantesco les tiró un lago entero a los recién llegados. Allí muchos perecieron. Otros continuaron su tarea de muerte y destrucción. Desde entonces la Madre-Montaña y el Padre-Volcán continuaron temblando y tronando. Todavía lo hacen.
A veces se quedan quietos por mucho tiempo pues no tienen apuro. Saben que muy pronto, dentro de apenas unos cincuenta soles, se ha de terminar el Ciclo de la Muerte. Los cakchikel y los quiché también lo saben.

Los Guanches, lemanjá y la Virgen de la Candelaria
Tenerife, la más grande de las Islas Canarias, es una de las tierras insulares más occidentales, ubicadas a 500 kilómetros de la costa continental. Tiene una superficie de poco más de dos mil kilómetros cuadrados y se eleva a unos 3,700 metros sobre el nivel del mar en el Pico de Teide.
Igual que la costa africana próxima, Tenerife presenta un clima relativamente seco, particularmente en la porción sur de la isla. Durante mucho tiempo, tanto Tenerife como las otras islas Canarias estuvieron pobladas por los pueblos guanches, quienes desde hacía varios siglos se habían establecido en el archipiélago,
después de cruzar la extensión marina que separa las islas del continente. Con el tiempo desarrollaron una cultura propia adaptada a las características ambientales de los territorios isleños. La tranquilidad de la vida de los guanches terminó cuando comenzaron a desembarcar los hombres acorazados que venían de más allá del mar. Ellos se apoderaban de las tierras, hacían esclava a la gente, violaban a las mujeres. Los guanches pelearon valientemente. En Tenerife continuaron la lucha hasta que no había más guerreros.
Al fin, en el año que los cristianos numeraban como 1496, el país guanche cayó totalmente en manos de los invasores.

La Virgen de la Candelaria
Fue en el año cristiano de 1392 que los guanches del menceyato de Güimar en la isla de Tenerife se sorprendieron una mañana al encontrar una estatua de mujer que había sido dejada por el mar sobre la playa.
Identificándola con el espíritu de la luna, la llevaron a la cueva sagrada de Chinguaro donde pasó a formar  parte de su ceremonial. Algunos años más tarde cuando el país guanche fue invadido por las fuerzas españolas y sus habitantes fueron esclavizados y muertos, la imagen quedó en manos de los frailes que acompañaban a los conquistadores. Los noveles ocupantes identificaron a la imagen con su propia deidad que llamaban "la Virgen" y continuaron adorándola.
Sus fiestas se celebraban el 2 de febrero y el 15 de agosto. La fiesta del 2 de febrero se llamaba "de la Purificación".
La imagen fue primero alojada en una ermita y luego en una iglesia. Se le llamó la "Virgen de la Candelaria".
1826, una tormenta arrasó la costa Guimareña llevándose a la Candelaria para siempre. El mar la había traído y se la había llevado.
Todos los años, desde épocas inmemoriales, los pueblos yorubas del Niger ofrecen al mar imágenes de Iemanjá con regalos de flores, alimentos, bebidas y adornos, para pedirle por la salud y fertilidad de mujeres y
tierras. Las imágenes son recibidas por las corrientes oceánicas y llevadas con rumbos diversos. Algunas regresan a la costa, otras desaparecen para siempre, como tragadas por el mar, y otras pocas, son llevadas a otras playas lejanas. Tal vez alguna de ellas pueda haber llegado a las playas güimareñas de Tenerife.
Corría el año 1830, en la isla de Itaparica, Bahía de Todos los Santos, costa brasileña de Bahía. Era la víspera del 2 de febrero. Varias comunidades dé esclavos yorubas se aprestaban a festejar la fiesta de la Purificación
en honor a Iemanjá y la Virgen del Mar como sucedía todos los años.
Esa mañana se sorprendieron al encontrar una imagen de la Diosa que había sido dejada por el mar durante la noche. Estaba cubierta por pequeñas valvas y sus colores se habían desvanecido. Pero era ella, el orixá de la vida y de los mares. No cabía la menor duda. Esa noche se organizó el más grande batuque que se recordaba en la zona. La Diosa se incorporó en todos los pães y mães y les contó muchas cosas...
Los isleños la llamaron Senhora das Candeias. La imagen fue ubicada mirando el mar en el interior de una capillita antigua que se yergue en el extremo oriental de la isla.

Referencias
10. El nombre Costa Rica que hoy designa una república de América Central es utilizado aquí para designar una zona que excede los límites de dicho país incluyendo partes de Nicaragua, Panamá e incluso Honduras.
11. Huzgalpa según Jules Marcou (1888) derivó a Juigalpa que querría decir "Patria del Oro". Galpa quiere decir oro. Existen además varios lugares en la toponimia de la región que utilizan dicha raíz: Matagalpa, Tegucigalpa, etc.
12. Mensaje de Mancu Inca Yupanqui en 1535 según Titu Kusi (Wright, R.1992, p.180).
13. Sermón condenando la esclavitud indígena. 1653, Padre Antonio Vieira, traducido de "Latin American History, The colonial experience, People and Issues" pp 238 y 239.
14. Nombres de algunas de las principales naciones guaraní.
Del libro "Misterios de América", Danilo Antón, Piriguazú Ediciones


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