Del libro "MISTERIOS DE AMÉRICA"
Capítulo 1
Ídolos, dioses y diablos
Aunque tú no los veas,
están allí.
Desde que llegas a
Chontales, ellos te miran. La mayor parte de los ídolos de piedra están muy
bien escondidos entre una multitud de bloques esparcidos a lo largo de la
sierra.
Son innumerables. Nadie
sabe cuántos se encuentran aún erguidos a través de la superficie áspera de las
montañas.
Sin embargo, si tú quieres
verlos a ellos, debes ir a Juigalpa.
Juigalpa es la capital del
departamento de Chontales en la República de Nicaragua. Es una población de
algunas decenas de miles de habitantes situada en el pie de monte de la
cordillera de Amerrique. Fue fundada hace unos tres siglos y desde entonces se
ha transformado en el principal centro comercial del país montañoso de
Chontales. Aunque es una ciudad relativamente pequeña, se trata de un sitio muy
concurrido, con gente que transporta productos agrícolas o animales desde las
quintas y ranchos cercanos, o de personas provenientes de ciudades más lejanas, como
Matagalpa, Granada e incluso la capital del pais, la metropolitana ciudad de
Managua.
Gregorio Aguilar
Gregorio Aguilar era
chontaleño y sabía muy bien donde hallar los ídolos de piedra. Descubrió su
existencia en las montañas durante su juventud.
Desde entonces dedicó gran
parte de su vida a recolectarlos e instalarlos en un pequeño museo que logró
construir con gran esfuerzo
en el corazón de la ciudad.Gregorio viajó a través de la Sierra con sus
estudiantes de secundaria y algunos colegas, y durante poco más de una década
se las ingenió para hallar muchos objetos únicos, entre ellos unas cincuenta
estatuas de piedra.
Algunos años más tarde, en
uno de sus viajes habituales, cuando Aguilar transportaba un gran ídolo que había sido encontrado hacía
un tiempo, ocurrió un accidente.
De acuerdo a algunos
testigos, Gregorio perdió el control de su vehículo, este volcó, y el ídolo de
piedra le cayó encima. Murió
instantáneamente.
Ese día, la ciudad de
Juigalpa, que se preparaba para una gran fiesta, se vistió de luto. Desde
entonces, el nombre de Gregorio
Aguilar es pronunciado por los juigalpeños con el más profundo de los respetos.
Treinta años más tarde, el
Museo de Juigalpa, bautizado Gregorio Aguilar, se ha transformado en una
atracción turística creciente y los ídolos de piedra son un símbolo de la
ciudad. Sin embargo, se conoce muy poco de las mujeres y hombres de carne y
hueso que esculpieron las figuras de piedra, del pueblo antiguo que nos
acompaña, de alguna manera, cuando recorremos las anfractuosidades de la
sierra.
Palabras, dioses y
diablos
¿Cómo fue posible? En pocos
años, unas décadas apenas, numerosos pueblos y antiquísimas culturas fueron sepultados por un
alud difícil de entender.
Desde las tierras del
albatros, en los confines australes, a las selvas húmedas siempre verdes, con
sus ríos serpenteantes; desde las cimas escarpadas, donde anida el cóndor y la
nieve permanece incrustada en las paredes sombrías de los cerros; hasta las
costas de palmas y cangrejos, el mundo americano pareció paralizado frente al
avance de aquellos hombres acorazados y agresivos. Traían perros feroces,
caballos, hierro y armas de fuego. Tenían sed de oro y de poder. Parecían no
conocer la misericordia. Venían sin mujeres. Llegaron embarcados en extrañas
naves de cuerdas, madera y lienzos, hablaban un lenguaje incomprensible, enarbolaban
curiosos estandartes y por todas partes clavaban sus cruces para tomar posesión
de territorios y personas.
No preguntaron por los
nombres nativos de la tierra. Cuando preguntaron no se les entendió. Cuando se
les respondió no comprendieron. En el fondo no les importaban los nombres
ancestrales. Los sustituyeron con
los propios cada vez que
pudieron. Y así quedó la cosa.
Un mundo de lugares
rebautizados con sonoridades extranjeras.
Identidades perdidas,
arrebatadas, avasalladas.
No sabemos si existió una
denominación para todo el continente. Un nombre que nos pudiera identificar de sur a norte, de este a
oeste, arriba y abajo, de los mares al desierto. Hoy, aún lo estamos buscando:
Abya Yala,
la Isla-Tortuga, el hogar
de la Pachamama, América. Tal vez esa designación que procuramos no haya
existido nunca. No lo sabemos.
La Gran Identidad
La Gran Identidad se
expresa de muchas formas. En las ceremonias ancestrales, en el tabaco, en la
coca, en el teonanacatl y la ayahuasca,
en los cultivos sagrados, en el respeto a la naturaleza, en el humo de los
fogones,
en las danzas, en el sonar
de las flautas y tambores, en los cantos, en los sueños. Nuestro continente
lleva su razón de ser en las miradas
de los ancianos que parecen ver más allá del tiempo. En los paisajes de agua y
luz.
En las hojas de los
árboles. En las raíces que maman de la tierra. En las plumas de las aves. Y en
las escamas relucientes de los peces.
Nuestro hogar es todo eso.
Innumerables destellos de
todas las olas de los mares y las correntadas de los ríos. Las noches de luna
llena en el Gran Lago y los días de
sol en las islas del calor y la alegría.
También somos palabras
Pero además de todo eso, y
de alguna manera integrando cada una de sus emociones, matices y
voluptuosidades, nuestra tierra también está hecha de palabras...
En algún lugar de nuestras
esencias, lo que se llama alma, estamos construidos con palabras. Con muchas voces. De sonoridades
diversas. A veces mutuamente incomprensibles. Cuando nos escamotearon sus
sonidos
perdimos una parte
importante de nosotros mismos. Entre esas palabras hay una que tuvo un
contenido especial, pero, de alguna forma, se ha olvidado.
Es el nombre que
pronunciamos cada día y que nos identifica a todos: América.
En el principio fue el
huracán
Los vapores del océano le
fueron dando forma. Primero se formaron unas humildes nubes, casi
imperceptibles. Luego, el humeante mar tropical las alimentó hasta transformarlas
en una espiral de viento y lluvia, de esas que meten miedo.
Fue avanzando hacia el
oeste lentamente, sin apuro.
Más allá, las esperaban las
tierras llanas de las Bahamas y otras islas próximas. El viento se fue
acelerando cada vez más. El oleaje
salpicaba las filas de palmas flexibles. Volaban hojas, ramas, chapas y
animales.
Las sirenas sonaban, pero
no se escuchaban, el viento aullaba con mucha más fuerza. A su paso por las
islas planas fue dejando su
tendal de destrucción. Como en los tiempos antiguos, los espíritus de los
elementos se
desencadenaron a su manera,
imponiendo respeto. Luego del viento y la lluvia, la gente volvió a sus casas semidestruidas, arreglaron
techos y paredes, limpiaron las calles y la vida siguió. La mayoría no
comprendió el mensaje.
En otros tiempos, antes,
las cosas eran distintas. Los pueblos lucayos de las islas le rendían
reverencia. Lo calmaban con yuca, maíz y
carne de langosta. En esa época, los huracanes y los seres humanos vivían en
una comunión total. Cuando
soplaba el viento y las correntadas entraban tierra adentro, los lucayos se
sentían más que nunca, una parte de la
naturaleza, como los peces del mar o las aves del aire. Este nuevo huracán se
expresa en forma parecida.
Sólo que ya no están más los pueblos antiguos que lo reverenciaban y lo
trataban como un hermano poderoso,
tal vez como un padre.
Cuando pasaba el temporal
aquellos pueblos reconstruían sus bohíos hechos de madera, paja y hojas de palma. Y la vida seguía.
Este huracán que sopla hoy se ha encontrado con pueblos nuevos, que viven en
casas de cemento, conducen vehículos de metal y parecen haber olvidado el valor
sagrado de las olas y el viento.
Los medios de comunicación
les llaman con nombres ajenos. Los lucayos podrían decirnos muchas cosas que hoy no sabemos acerca
del pasaje anual de los huracanes por las islas.
Pero los lucayos no están más.
0 tal vez no están de la
misma forma como entonces.
Llegaron del Oriente
Los invasores venían del
Oriente. Llegaron en embarcaciones y ocuparon las islas tainas, caribes,
ciboneyes y guanatabeyes. Se apoderaron
de tierras y personas. Desde las cimas de sus montañas y volcanes Amerrique fue
testigo de su llegada.
Amerrique no era solo
tierra de vientos, era además la Costa Rica10, o como se dice en alguna
lengua nativa de la región, la huzgalpa o
juigalpa, la “Patria del Oro"11.
Colón, Vespucci y otros
europeos que allí llegaron fueron atraídos por el brillo del metal, por el oro
abundante, proveniente de los múltiples yacimientos que existían en el
interior. Decía el propio Almirante en su Diario del Cuarto Viaje: "El
oro es excelentisimo, del oro se hace tesoro, con quien lo tiene, hace cuanto
quiere en el mundo, y llega a que echa las ánimas al Paraiso."
Y así, a los pocos años de
arribar al país de los lucayos y Haiti, los españoles se dirigieron a la costa
del oro, y aún más allá, al origen del
oro, localizado en el interior de la tierra, en el corazón de la sierra,
territorio ancestral de la nación Amerrique, el lugar donde sopla el viento.
El pueblo Amerrique ya no
existe, la Sierra de Amerrique es conocida por el nombre de Cordillera Chontaleña
y las minas de oro tienen nombres españoles: Santo Domingo y La Libertad. A
pesar de todo, aún hoy, en las cimas de los montes Mombachito y Cuizaltepe, en
plenas serranías amerricanas, todavía sopla el viento fuerte y purificador. Con
persistencia y sin olvido.
¿Donde están?
Antes que fuera llamado
Nicaragua por los mestizos y Cocibolca por los chorotegas, la "Gran Cuna
de Agua" era conocida como
Ukurikitucara por la antigua gente de la tierra.
Ukurikitucara recibe el
viento de la vida y sus chispas doradas de las tierras altas próximas de
Amerrique.
Ella habla fuerte a través
de sus bocas de cráteres en Ometepe y extiende sus brazos para alcanzar Cariari
y Amerisco, más allá de las
montañas, sobre el mar.
Las riquezas del agua están
protegidas por mil y un tiburones con dientes afilados y aletas lustrosas. Noche y día, vive el
espíritu de Ukurikitucara, hermana de huracanes. Aunque mucha gente piense que
no tiene memoria, ella recuerda todas y cada una de las imágenes que se
reflejaron en sus aguas.
Y más especialmente, los
recuerda a ellos. El pueblo antiguo. Aquellos que vinieron a sus orillas con
sentimientos de amor y respeto, trayendo frutas, maíz y tabaco.
Ella sabe demasiado bien
que un día, muy pronto, volverán de la niebla del tiempo, los ídolos sagrados
se erguirán una vez más, y el
cielo limpio y ancho será de nuevo su templo, nuestro templo.
Aún están aquí.
Dicen que los amerriques se
han ido. Que han desaparecido. Sin embargo, si se recorren atentamente los
picos y valles de Amerrique, es
posible sentirlos. En las rocas silenciosas. En las laderas empinadas. En los
acantilados legendarios. En los corazones de las gentes de Juigalpa y La
Libertad. En todos nosotros. Algunos los llaman matagalpas, otros chontales.
En realidad es lo mismo.
Los pueblos sabios que esculpieron los ídolos no necesitan un nuevo nombre.
Ellos tienen sus formas
antiguas, únicas, de llamarse a sí mismos. Simplemente no las conocemos. O tal
vez las usemos cada día sin
darnos cuenta.
Llegó el Diablo
Llegó el Diablo. No cabe la
menor duda. En toda América se propagó la noticia.
El Diablo con piel pálida y
trajes de hierro.
Aquellos que pensaron que
eran los Dioses Buenos estaban equivocados. En realidad, son demonios que adoran los metales que crecen
en las profundidades de la tierra. Se rumorea que se alimentan de plata y oro,
que cambian su piel de
hierro cada año y que no conocen el amor ni la ternura. En las entrañas de la
meseta andina, donde nunca llega
la luz del sol ni las brisas refrescantes, en el fondo de las galerías de donde
se extrae la plata y el
estaño, los mineros quechuas y aymaras preparan sus ofrendas para el Tío-Diablo
y su esposa, la China Supay.
El Tío prefiere las hojas
de coca, el tabaco y la chicha.
A la China le gusta el
azúcar de caña.
El Diablo y su esposa controlan
el mundo de los metales, de donde sale el dinero.
Por eso todos saben que
"el dinero es cosa del Diablo".
El dinero no se obtiene por
medio del trabajo, ni por amor, ni por solidaridad. Se logra a través de un
pacto de sangre con el Diablo: el
k'arakú.
El k'arakú es un
contrato dorado que sólo se hace por dinero.
Así obtuvieron sus fortunas
los españoles que conquistaron estas tierras. Por eso pudieron matar
impunemente a cientos de miles de
personas y, encima de ello, enriquecerse.
A pesar de que Pizarro
prometió respetar la vida de Atahualpa no vaciló en matarlo. Como premio por
este crimen heredó las riquezas del Imperio Inca.
Los traficantes que
negocian con el sufrimiento ajeno ganan millones de dólares con la venta de
cocaína.
Los mineros, que han
aprendido estas verdades en sus propias vidas, corren el riesgo de morir en un
derrumbe o por silicosis, trabajan
duramente y producen mucho mineral. A pesar de ello, ganan muy poco dinero,
no tienen suficiente
comida, ni con que calentarse durante las frías noches del Altiplano.
Mientras tanto, otros que
viven lejos y nunca trabajaron en las minas disfrutan vidas lujosísimas de
millonarios. Estas desigualdades sólo
pueden ser explicadas a través de la magia y de sacrificios al Diablo. Por eso los gringos tienen
plata. Seguramente. No hay otra explicación lógica. Esas personas han logrado
el favor del Tío y de la China
Supay.
No trajeron a Dios sino
al Demonio
El demonio de los mineros
tiene cuernos como las cabras, ojos color de sangre, orejas de mula, dos colmillos negros y dagas en
vez de dientes, que reflejan la escasísima luz de las galerías.
Igual que los reyes
europeos, tiene una corona en su cabeza donde se enrosca una serpiente
venenosa. Las naciones del Altiplano
han aprendido su lección.
Más de cuatro siglos de
opresión y sufrimiento les han enseñado. Los conquistadores no trajeron a Dios,
sino al Diablo.
Y entonces, desde Oruro a
Potosí, los antiguos pueblos de la montaña y de la meseta realizan sus Diabladas puntualmente. No se olvidan
de él en sus ofrendas y ceremonias.
Fuera de las minas, al aire
libre, en la tierra donde sopla el viento y caen lluvias y nevadas, allí reina
el espíritu de la Pachamama, la Madre Tierra. Con la ayuda de la Virgen María y
los Santos, la Pachamama permite que florezcan las plantas, que maduren los
cultivos y nazcan los niños,
La Pachamama no tiene nada
que ver con el dinero.
La Pachamama es Amerrique.
Mensaje de Mancu Inca
Yupanqui (1535)
"Hermanos e hijos, los he reunido para que vean el
nuevo tipo de
gente que se ha venido a
nuestro país, esos barbados que están en esta ciudad. Porque me dijeron que
eran wiraqochas y parecían
serlo de acuerdo a sus vestimentas, les ordené que les sirvieran y obedecieran como servirían mi propia
persona... pensando que eran gente valiosa enviados desde lejos, como siempre
proclamaron, por Tiqsi Wiraqochan, o sea Dios. Pero es claro para mí que todo
resultó lo opuesto de lo que esperaba, por que, sepan esto, mis hermanos, esta
gente ha demostrado muchas veces desde que entraron a mi país que no son los
hijos de Wiraqocha sino del Diablo."12
Las almas baratas de
Marañón
El Padre jesuita Antonio
Vieira llegó a Marañón, Brasil, en 1652. Su vida había sido una lucha constante
por la libertad de los esclavos y la tolerancia racial y religiosa. Además del
idioma portugués, hablaba el tupi de las rimeras Naciones brasileras, el
kimbundu de los esclavos africanos y varias lenguas amazónicas. En Marañón encontró
uno de los panoramas más desoladores de explotación de los esclavos nativos. No
vaciló en enfrentarse a los plantadores y traficantes y recordarles algunos
principios de la religión cristiana que aquellos decían profesar.
“¡Que precio diferente
el Diablo compra las almas comparado a lo que ofrecía por ellas previamente!
No hay mercado en el
mundo donde pueda conseguirlas más barato que aquí en nuestra propia tierra. En los Evangelios, ofrecía
todos los reinos del mundo por un alma; en Marañón, el diablo no necesita
ofrecer ni
siquiera un décima parte
por todas las almas. No es necesario ofrecer mundos, ni reinos; no es necesario ofrecer ciudades, ni
pueblos, ni aldeas. Todo lo que tiene que hacer es ofrecer un par de indios
tapuya e inmediatamente es adorado de rodillas. ¡Que mercado barato! ¡Un indio
por un alma! Ese indio será tu esclavo por los pocos días que sobreviva, pero
tu alma será esclavizada por la eternidad, mientras exista Dios. Este es el
contrato que el Diablo hace con ustedes. No sólo lo aceptan sino que le pagan
dinero por añadidura.”
Cristianos, nobles y
gente de Marañón ¿saben ustedes lo que Dios quiere de ustedes durante la
Cuaresma?
Que rompan las cadenas
de la injusticia y liberen a aquellos a quienes tienen cautivos y oprimidos.
Estos son los pecados de
Marañón. Esto es lo que Dios me ordenó denunciarles. Cristianos, Dios me ordenó
aclararles estos temas y
así lo hago. Todos ustedes están en pecado mortal; todos ustedes viven en
estado de condena; y todos ustedes
irán directamente al Infierno.
En verdad, ya hay muchos
allí ahora mismo y ustedes se reunirán con ellos si no cambian vuestras
vidas... Cualquier hombre que
priva a otro de su libertad y pudiendo restaurársela no lo hace está condenado.
Todos
o casi todos están por
tanto condenados. Ustedes pueden decirme que incluso si esto fuera verdad, no
lo pensaron o no sabían y
que su buena fe los salvará. Lo niego. Ellos pensaron y sabían del mismo modo
que
lo piensan y lo saben
ahora. Y si no lo pensaron o no lo sabían debieron haberlo pensado y sabido.
Algunos están condenados por su
conocimiento, otros por su duda y todavía otros por su ignorancia. "13
Algunos años más tarde, en
1661, Vieira fue expulsado de Brasil y al llegar a Portugal fue apresado por la
Inquisición y acusado de cometer herejías "igualitarias". Seis años después,
ya liberado, reinició su lucha por los derechos de los esclavos que habría de
continuar hasta su muerte el 18 de julio de 1697.
Purificación más allá
del océano
Pachamama también se llama
Ñandesy. Entre los m'bya, los pai taviterá, los caiová y los ava chiripá14, la tierra es la abuela, madre de
madres, que ayudó a formar el mundo. Igual que la Pachamama, ella también ama a sus hijos. Ñandesy está
triste porque el pueblo ava ha sido sometido a la esclavitud, porque muchos han muerto' injustamente. Los
pa'i le han contado que las muertes han de continuar. Ñandesy es buena, pero
también es justa y poderosa.
Habían transcurrido más de dos
siglos desde la llegada de los portugueses a Brasil. Durante este tiempo,
murieron más de dos millones de pobladores originarios por todos los confines
del territorio.
Miles de tupinambá, ateté,
tupinikín, carijó, tupaiá y de individuos de otras naciones americanas del sur fueron esclavizados,
despojados de sus tierras y de sus derechos más elementales. Aún más tiempo
hacía que los agentes del gobierno
portugués habían desembarcado en Africa.
Allí, con complicidades
locales, también secuestraron pueblos enteros: kimbundu, congo, yoruba, hausa.
Los maltrataron, los
llevaron muy lejos, los vendieron, les quitaron los hijos a las madres, les
prohibieron sus dioses, les ocultaron
sus verdaderos nombres. La riqueza de Lisboa se basaba en el sufrimiento de
mucha
gente durante largo tiempo.
Trabajo forzado en las plantaciones de caña de azúcar y en las minas de oro, servidumbre obligatoria
para mantener una casta de parásitos.
A mediados del siglo
dieciocho, allá por 1755, los agentes de Portugal seguían matando y
esclavizando, abriendo las entrañas de la tierra para extraer oro y diamantes.
Las guerras de conquista se
sucedían. Los ejércitos portugueses aliados a los españoles estaban enfrentando
a los guaraníes y tapes en
las antiguas misiones del Alto Uruguay. Por acción u omisión, el Imperio de
Portugal
era responsable por la
muerte de muchos millones de personas inocentes. Ni la aristocracia portuguesa,
ni los bandeirantes, que eran
avanzadas del imperio, ni los traficantes de esclavos parecían sentir
remordimientos
por sus crímenes... La Gran
Matanza continuaba.
Primero de noviembre,
Día de Todos los Santos.
Hace dos horas que ha
salido el sol en Lisboa, capital imperial portuguesa. Los habitantes se dirigen
a las iglesias y cementerios para conmemorar a sus muertos.
Mientras tanto, del otro
lado del mundo, en los bosques del Alto Uruguay, donde los guaraní se han
alzado en rebelión, recién aparecen
las primeras luces del nuevo día. Los pa'i se preparan para recibir a Quarahy
con danzas y canciones. Agitan
las m'baracá, golpean sus tacuaras.
Piden a Ñandesy y a la
Virgen la purificación de la maldad en el mundo.
En la otra orilla del
Mar-Océano el mar se agita, tiembla y ruge. Las aguas del río Tajo se salen de
su cauce y avasallan la ciudad destruyéndola totalmente.
Luego viene el fuego.
Treinta mil muertos, diez mil edificios y casas derruídos. Uno de los
terremotos más grandes de la historia.
Ya no existe más aquella Lisboa.
La Madre-Montaña
Todos los años las mujeres
y los hombres de Iximché venían al pie de la Madre-Montaña a presentar sus
ofrendas. De vez en cuando, ella también hablaba por sus bocas de cráteres para
retribuir el homenaje. Los habitantes de Iximché
respondían con nuevas ceremonias, ofreciendo maíz, cacao y frijoles. Este
amigable diálogo duró por mucho
tiempo.
Pero un día llegaron aquellos
hombres extraños, montados en grandes bestias. Vestían corazas metálicas y
usaban cañas de fuego.
Entraron a Iximché matando
y destruyendo. Se apoderaron de la gente y de las casas.
A partir de ese
momento ya no hubo ceremonias al
pie de la montaña. El sol dio una vuelta, y luego otra y nadie vino a saludar a
la montaña como antes. Los invasores no se lo permitieron. Y entonces la
Madre-Montaña tembló. Rugió muy fuerte.
Como una hembra jaguar
defendiendo sus cachorros. Muchos invasores murieron. Los restantes se
marcharon al pie del Volcán de Agua,
desplazaron a las comunidades que allí vivían, las esclavizaron y maltrataron de la misma manera como lo
habían hecho en Iximché.
Luego construyeron sus
casas y establecieron sus plantaciones.
Al Padre-Volcán-de-Agua
tampoco le gustó esta nueva gente. Los pueblos cakchikel acostumbraban llevarle regalos cada año.
A partir del momento que
ellos llegaron se terminaron las ofrendas. Transcurrieron varios años. El
Padre-Volcán se enojó, llenó de agua su lomo y con un corcovo gigantesco les
tiró un lago entero a los recién llegados. Allí muchos perecieron. Otros continuaron
su tarea de muerte y destrucción. Desde entonces la Madre-Montaña y el
Padre-Volcán continuaron temblando y tronando. Todavía lo hacen.
A veces se quedan quietos
por mucho tiempo pues no tienen apuro. Saben que muy pronto, dentro de apenas
unos cincuenta soles, se ha de terminar el Ciclo de la Muerte. Los cakchikel y
los quiché también lo saben.
Los Guanches, lemanjá y
la Virgen de la Candelaria
Tenerife, la más grande de
las Islas Canarias, es una de las tierras insulares más occidentales, ubicadas
a 500 kilómetros de la costa
continental. Tiene una superficie de poco más de dos mil kilómetros cuadrados y
se eleva a unos 3,700 metros sobre el nivel del mar en el Pico de Teide.
Igual que la costa africana
próxima, Tenerife presenta un clima relativamente seco, particularmente en la porción sur de la isla.
Durante mucho tiempo, tanto Tenerife como las otras islas Canarias estuvieron
pobladas por los pueblos guanches, quienes desde hacía varios siglos se habían establecido
en el archipiélago,
después de cruzar la
extensión marina que separa las islas del continente. Con el tiempo
desarrollaron una cultura propia adaptada a
las características ambientales de los territorios isleños. La tranquilidad de
la vida de los guanches terminó cuando comenzaron a desembarcar los hombres
acorazados que venían de más allá del mar. Ellos se apoderaban de las tierras,
hacían esclava a la gente, violaban a las mujeres. Los guanches pelearon valientemente.
En Tenerife continuaron la lucha hasta que no había más guerreros.
Al fin, en el año que los cristianos
numeraban como 1496, el país guanche cayó totalmente en manos de los invasores.
La Virgen de la Candelaria
Fue en el año cristiano de
1392 que los guanches del menceyato de Güimar en la isla de Tenerife se
sorprendieron una mañana al encontrar una estatua de mujer que había sido
dejada por el mar sobre la playa.
Identificándola con el
espíritu de la luna, la llevaron a la cueva sagrada de Chinguaro donde pasó a
formar parte de su ceremonial. Algunos
años más tarde cuando el país guanche fue invadido por las fuerzas españolas y sus
habitantes fueron esclavizados y muertos, la imagen quedó en manos de los
frailes que acompañaban a los conquistadores. Los noveles ocupantes identificaron
a la imagen con su propia deidad que llamaban "la Virgen" y
continuaron adorándola.
Sus fiestas se celebraban
el 2 de febrero y el 15 de agosto. La fiesta del 2 de febrero se llamaba
"de la Purificación".
La imagen fue primero
alojada en una ermita y luego en una iglesia. Se le llamó la "Virgen de la
Candelaria".
1826, una tormenta arrasó
la costa Guimareña llevándose a la Candelaria para siempre. El mar la había
traído y se la había llevado.
Todos los años, desde
épocas inmemoriales, los pueblos yorubas del Niger ofrecen al mar imágenes de
Iemanjá con regalos de flores, alimentos, bebidas y adornos, para pedirle por
la salud y fertilidad de mujeres y
tierras. Las imágenes son
recibidas por las corrientes oceánicas y llevadas con rumbos diversos. Algunas
regresan a la costa, otras desaparecen para siempre, como tragadas por el mar,
y otras pocas, son llevadas a otras playas lejanas. Tal vez alguna de ellas
pueda haber llegado a las playas güimareñas de Tenerife.
Corría el año 1830, en la
isla de Itaparica, Bahía de Todos los Santos, costa brasileña de Bahía. Era la
víspera del 2 de febrero. Varias
comunidades dé esclavos yorubas se aprestaban a festejar la fiesta de la
Purificación
en honor a Iemanjá y la
Virgen del Mar como sucedía todos los años.
Esa mañana se sorprendieron
al encontrar una imagen de la Diosa que había sido dejada por el mar durante la noche. Estaba cubierta por
pequeñas valvas y sus colores se habían desvanecido. Pero era ella, el orixá de
la vida y de los mares. No
cabía la menor duda. Esa noche se organizó el más grande batuque que se
recordaba en la zona. La Diosa se incorporó en todos los pães y mães y les
contó muchas cosas...
Los isleños la llamaron
Senhora das Candeias. La imagen fue ubicada mirando el mar en el interior de
una capillita antigua que se
yergue en el extremo oriental de la isla.
Referencias
10. El nombre Costa Rica
que hoy designa una república de América Central es utilizado aquí para
designar una zona que excede los
límites de dicho país incluyendo partes de Nicaragua, Panamá e incluso
Honduras.
11. Huzgalpa según Jules
Marcou (1888) derivó a Juigalpa que querría decir "Patria del Oro".
Galpa quiere decir oro.
Existen además varios lugares en la toponimia de la región que utilizan dicha
raíz: Matagalpa, Tegucigalpa,
etc.
12. Mensaje de Mancu
Inca Yupanqui en 1535 según Titu Kusi (Wright, R.1992, p.180).
13. Sermón condenando la
esclavitud indígena. 1653, Padre Antonio Vieira, traducido de "Latin
American History, The colonial experience, People and Issues" pp 238 y 239.
14. Nombres de algunas
de las principales naciones guaraní.
Del libro "Misterios de América", Danilo Antón, Piriguazú Ediciones


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