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miércoles, 16 de octubre de 2019

Yacaré Cururú, la última resistencia de la nación charrúa
Después de la emboscada de Salsipuedes en que fueron muertos o hechos prisioneros  los remanentes de la nación charrúa, le tocó al jefe Venado sufrir la traición del presidente de la novel República Oriental,  Fructuoso Rivera. 
Atraído por Bernabé Rivera (hermano o sobrino de Fructuoso) a un casco de estancia donde se suponía se iban a tratar los términos de la devolución de los prisioneros, fue también ultimado sin poder defenderse.
Ante esta nueva derrota, los grupos charrúas sobrevivientes bajo el liderazgo de Polidoro se trasladaron al norte alejándose de la
peligrosa cercanía de «los Rivera»
Confiado por sus sucesivas victorias, Bernabé Rivera decidió terminar con su tarea exterminando los últimos sobrevivientes de la heroica nación de los charrúas. Su persecución lo llevó a las cercanías del río Cuareim, sobre el arroyo Yacaré Cururú. Desafortunadamente para Bernabé, esta vez no le sonrió la fortuna, fue derribado de una boleada y hecho prisionero por Polidoro y los suyos. Lo demás es leyenda. Bernabé fue ejecutado a la manera charrúa. Se hizo justicia.
22 charrúas derrotan un ejército
Tres años después de la matanza de Salsipuedes, el 16 de mayo de 1834 Fructuoso Rivera se encontraba acampado sobre el río Cuareim en el Potrero del Yarao. Desde allí escribió:
«El infrascripto Gral en Gefe del Ex.to tiene la satisfacción de anunciar... que después de insesantes y penosas marchas p.r terrenos escabrosos y desiertos, logró finalmente ayer al aclarar el día, sorprehender en este punto a los Salvages q.e en clase de puesto avanzado del Caudillo Lavalleja se hallaban a muy poca distancia de su campo; pr.o como se hallase guarecidos de un fuerte y espeso monte lograron escaparse a pie p.r dentro de este hasta incorporarse al caudillo de los Anarquistas.» Luego continuaba: «Los restos de los salvages en no poco mas o menos de 20 la mayor parte mugeres vagan errantes y a pie p.r esta desierta  Campaña y es de suponer q.e muy pronto seran tomados pues se persiguen en todas direcciones».
Se aprecia aquí la saña de Fructuoso Rivera en su empeño de exterminar  a sus antiguos aliados, aún a «unas pocas mujeres errantes». Sin embargo, todavía quedaban una veintena de guerreros dispuestos a vender cara sus vidas. Su decisión y arrojo puede ser aquilatado en
el siguiente relato de Ramón de Cáceres en 183411 mostrando a las claras el poderío que efectivamente tenían estos pocos remanentes de la antigua nación charrúa a pesar de su escasísimo número.
Veintidos charrúas derrotan a un ejército
En la crónica de Cáceres se describe como tan solo 22 charrúas con lanzas, arcos y bolas lograron derrotar a un ejército de más de 300 hombres con armas de fuego. Al fin de la  batalla, habían muerto siete soldados, treinta caballos habían sido derribados mientras que el resto de los soldados de la tropa se habían visto obligados a «poner los pies en polvorosa». Los charrúas experimentaron una sola baja.
A continuación extraemos algunos pasajes del documento que vale la pena leer cuidadosamente:
«Serían las dos de la tarde, cuando 22 indios q.e era toda la gente de armas llevar q.e tenían n aquella epoca, se presentaron á 6 cuadras de nuestro campo, provocandonos á la pelea; Raña me consultó, y yo le dije q.e en mi concepto nada podíamos hacerles, y q.e era mejor dejarlos pues q.e ellos tampoco podían incomodarnos; pero Raña dijo q.e era una verguenza, y se resolvió á perseguirlos.»... «Nombré... la guerrilla (tal como lo había solicitado Raña) a las ordenes del Capitan Dn. Ventura Coron.l y le dije q.e yo marchaba en su protección mas q.e p.r ningun pretexto se me separase arriba de 4 a 6 cuadras, y q.e procurase llevar gente bien ordenada,pues en la muerte de Dn Bernabé Rivera nos habían dado á conocer los indios de lo q.e eran capazes- Raña seguía con el resto de la fuerza á retaguardia, eramos entre todos mas de 300 hombres.
Luego q.e nos movimos los indios se pusieron en retirada- extendidos en ala como en tiradorers- a mi guerrilla se incorporaron algunas ordenanzas de Raña... mi pasaron los indios un arroyo pantanoso, siguieron hasta la cuspide de una cuchilla q.e estaba del otro lado toda minada de tucú tucú- y cuando habían pasado los nuestros el principal obstaculo y subían medios desordenados á la cumbre de la cuchilla; bolvieron cara, dos indios flecheros q.e era toda su infanteria echaron pie a tierra, y cargaron todos con tal brío y rapidez, q.e trajeron mi guerrilla y agregados envueltos hasta el arroyo Pantanoso en circunstancias q.e yo llegaba á él con mi fuerza organizada, á cuya presencia los indios continuaron su retirada golpeándose en la boca- En un abrir, y cerrar de ojos nos habian muerto siete hombres, no habia uno de los de la guerrilla, q.e no tubiese dos ó tres pares de bolas en el caballo ó en el cuerpo-Luna, y Mieres, escaparon milagrosam.te con los caballos boleados, De los indios no murió mas q.e uno, q.e fué el q.e nos hizo el mayor destrozo, y q.e de golozo recibió un balazo. Entonces le pesaba a Raña no haber seguido mi consejo, fué este el ultimo encuentro q.e tubimos los cristianos con esa raza indomita...»
 Reproducido de “Los Pueblos del Jaguar”, Danilo Antón, Piriguazú Ediciones

lunes, 27 de agosto de 2018


El tronco lingüístico wichí-nivaclé-charrúa

Las lenguas de la familia wichí, también llamada “mataca” o “mataguaya” incluyen varios idiomas y dialectos chaqueños, entre ellos el vejoz, el mataguayo propiamente dicho, el nivaclé o chulupí, el chorote y el macá. Luego de un estudio comparativo, pensamos que la lengua charrúa debería también ser incluida en esta familia (ver tabla 5.1).
Es un complejo bien diferenciado que muestra alguna influencia de los troncos lingüísticos vecinos. En algunas voces se nota influencia arawak, en otras similitudes con las lenguas namkom y hay también ciertos elementos que parecen ser de procedencia andina (sobre todo quechua).
Características de la lengua wichi
Las lenguas de la familia wichí son intermedias entre las lenguas eufónicas de tipo arawak y las duras de la familia guaycurú. En el idioma mataguayo se pronuncian diez sonidos de vocales (las 5 españolas a, e, i, o, u que pueden ser cortas o largas), más tres diptongos (ai, oi, au) y
dos sonidos nasales (n, m). Hay muchos finales duros en ic, ec, oc, ac, ag, eg, ig, at y et, y sonidos de consonantes combinadas tipo zl, dl, gt, mb y nd.
Relaciones lingüísticas del wichi-vejoz con el charrúa
En el estudio del dialecto wichi-vejoz de Richard J. Hunt (1913)1 se analiza la gramática y se presenta un diccionario vejoz-español-inglés muy completo que nos ha permitido compararlo con los limitados vocabularios charrúa, guenoa y chaná recopilados en la primera mitad del siglo XIX.
De dicha comparación se puede inferir que existen importantes semejanzas entre el wichi-vejoz y el charrúa. Si se extiende la comparación a otras lenguas de la familia wichi estas similitudes se mantienen.
Las principales palabras que permiten sostener esta relación lingüística se presentan en la Tabla 5.1.  En particular se destacan las similitudes entre las raíces hue (charrúa) y guaj (wichi vejoz) (=agua), it (charrúa) e itoj (wichí) (=fuego), in-chala (charrúa) y chila (=hermano, hermano mayor), guar (charrúa) y kue (wichi)(=mano), au (charrúa) y aj (wichi) (=matar, pegar), lojan (charrúa) y lohot (wichí) (=perro, lobo o aguará guazú), na (charrúa) y naj (wichi) (=traer, recibir). Hay otras palabras cuyo parentesco es más hipotético pero probablemente el total de palabras relacionadas reconocibles asciende a unas 10/50 (20%).
De ello sería posible deducir que ambas lenguas pertenecen al mismo tronco original que comenzó a diferenciars en tiempos remotos, tal vez 3 o 4,000 años atrás o más. No hay suficiente información acerca de la filiación lingüística de los yaros y bohanes, pero, de acuerdo a los datos existentes (nombres de caciques), es probable que hablaran lenguas similares o dialectos del charrúa.
                                Tabla  5.1
Comparación de las lenguas de la familia wichi-nivaclé-charrúa


La lengua minuán-guenoa
La otra lengua significativa de la zona uruguaya era el guenoa o minuán. Se conservan muy pocas palabras de dicho lenguaje y en algunos casos no se conoce su significado con precisión.
De acuerdo a estos pocos datos se deduce que la lengua guenoa tenía algunas relaciones con la charrúa. Los numerales 1 y  3 eran casi idénticos (uno= yu en charrúa = yut en guenoa; tres= deti en charrúa=detit en guenoa). Sin embargo, no es seguro que ambos idiomas hayan sido mutuamente inteligibles.
En el capítulo 6 (del libro “Los pueblos del jaguar”) se desarrollan con mayor profundidad las características de esta relación.
No sabemos si la lengua guenoa tenía alguna similitud con el wichi, aunque hay algunos datos que permiten suponer que así era. Por ejemplo, una de las principales ceremonias conocidas de los guenoas se llamaba ajaba. Curiosamente las palabras wichis para sol y jaguar suenan sospechosamente parecidas: en mataco  sol se dice: eyaba, mientras que en mataguayo jaguar se traduce: ijuaba. Es probable que ambas entidades fueran consideradas espíritus sagrados en la cosmovisión guenoa y núcleo central de sus experiencias ceremoniales.
Del libro "Los Pueblos del Jaguar", D.Antón, Piriguazú Ediciones

viernes, 18 de mayo de 2018


Tolderìas y quilombos: rebeldes en las praderas del Sur de Amèrica

Las tolderías charrúas, por su carácter de rebeldía indoblegable frente al régimen colonial, se transformaron en el principal refugio de todos aquellos que, por diversas razones, estaban enfrentados a las autoridades de los imperios, ya sea los sobrevivientes de las diversas comunidades pampas: yaros, mojanes, mbatidas, guenoas/minuanes y otros, de los grupos guaraníes y chanáes cimarrones, de los esclavos fugados y finalmente de los europeos y criollos rebelados contra las autoridades españolas y portuguesas. Ese carácter multi-étnico de las tolderías se fue incrementando con el tiempo, y como consecuencia de ello se fueron también modificando su cultura y enfoques.
Es casi seguro que cuando se enfrentaron en 1536 los españoles (bajo la jefatura de Pedro de Mendoza) con la alianza de querandíes, charrúas, chanas y guaranís que los enfrentó en la zona de Buenos Aires, las naciones aliadas se encontraban claramente diferenciadas, los querandí, los guaraníes, los charrúas y los chanás se integraron a la lucha manteniendo en todo momento sus individualidades. La mancomunión de fuerzas tenía meramente un carácter táctico. Similar razonamiento se puede hacer con relación a las batallas libradas entre las fuerzas españolas y los ejércitos charrúas en las costas de los actuales departamentos de Colonia y Soriano en la década de 1570 que terminaron con la victoria de los invasores y el repliegue de las comunidades nativas hacia el interior del territorio..
El desplazamiento charrúa lejos de la costa se convirtió en un hecho permanente debido a la aparición cada vez más frecuente de numerosas embarcaciones europeas y a la creación paulatina de nuevos establecimientos, sobre todo en la franja costera.
La integración de las varias Primeras Naciones uruguayas fue gradual. En primer lugar tuvo lugar bajo la forma de alianzas tácticas y luego a través de confederaciones multi-étnicas, tal como se vió en los años anteriores a la batalla del Yí de 1701.
Para ese entonces, las condiciones de vida de las Primeras Naciones uruguayas habían cambiado sustancialmente. En primer lugar, el crecimiento cuantitativo de la población vacuna introducida a principios del siglo XVII proporcionó un nuevo animal mucho más accesible y con mayor rendimiento que la fauna de herbívoros nativos: venados y ciervos criollos. En segundo lugar, y con trascendencia aún mayor, se produjo la irrupción del caballo.
El caballo no era totalmente extraño al continente americano. Se le encuentra a lo largo del registro paleontológico y arqueológico en casi todo el continente, aunque su extinción había ocurrido hacía ya varios milenios, mucho antes de la llegada de los europeos.
Hay autores que han sostenido la posibilidad de la sobrevivencia de ciertas poblaciones equinas en algunas regiones del continente de difícil acceso. La opinión de los paleontólogos que han trabajado el tema en profundidad es de que ello no es posible pues los equinos americanos, si bien pertenecían al mismo género: equus, correspondían a especies diferentes de la europea1 .
A pesar de la inexistencia de caballos americanos y de la ausencia de una cultura ecuestre asociada en la época del advenimiento europeo, la mayor parte de los pueblos nativos se adaptaron muy rápidamente al nuevo animal. Tal vez el caso de los mapuches de la costa del Pacífico austral sea el más sintomático. Las primeras referencias sobre los mapuches ya los muestran como criadores de caballos, animales éstos que rápidamente se constituyeron en un componente central de su dieta.
En las regiones de pastizales de América, incluyendo las praderas uruguayas, tanto los pueblos locales, como aquellos desplazados a ellas por el avance invasor, adoptaron rápidamente el caballo como parte esencial de su cultura. En todas ellas el caballo fue inmediatamente utilizado como medio de transporte, para la caza, para el manejo del ganado y para la guerra.
Este fenómeno ocurrió en las Pampas con los charrúas, minuanes, yaros y otros, en el Chaco con los tobas, abipones, mocovíes y mbayás, y en América del Norte con los cheyennes, lakotas, apaches y grupos similares.
Apenas se reprodujeron las primeras caballadas salvajes en las praderas uruguayas, los charrúas y otros pueblos emparentados lograron domar al nuevo animal en forma muy eficaz, se volvieron excelentes jinetes y adquirieron una movilidad mucho mayor.
La adaptación de los pueblos pampas al caballo fue extremadamente rápida. Los charrúas y otros pueblos pampeanos tenían una actitud de profundo respeto para con los animales que aplicaron en su relación con la nueva especie. Al poco tiempo, podían montar en pelo, sin espuelas y con mínimo castigo. Hay referencias de charrúas que hablaban al oído a sus caballos para «manejarlos». Las crónicas de sus hazañas ecuestres no dejan ninguna duda sobre esta habilidad.
Los pueblos uruguayos originarios se hicieron verdaderamente nómades cuando se volvieron jinetes; en ese momento pudieron desplazarse rápidamente a mayores distancias. Es también a partir de entonces, que se justifica plenamente la denominación genérica de «pueblos pampas» con que fueron conocidos en tiempos coloniales.
La confederación pampa que enfrentó a los españoles a orillas del río Yí en 1701 era un ejército de a caballo, con sus grupos claramente identificados desde el punto de vista étnico. Este hecho se reconoce repetidamente en los partes de batalla españoles. Sin embargo, es a partir de la batalla del Yí (en la que fueron derrotados) que los sobrevivientes debieron recomponerse formando nuevas tolderías dando lugar a cambios en los nombres de las parcialidades y produciéndose seguramente su realineamiento étnico.
Durante la primera parte del siglo XVIII, varios grupos desaparecieron del escenario uruguayo, algunos por haber migrado hacia el Entre Ríos (como fue el caso de los charrúas), el Chaco o los campos del Río Grande, o tal vez por haberse integrado a los nuevos grupos sincréticos bajo otra denominación étnica..

viernes, 6 de abril de 2018

Prólogo del libro "Los Pueblos del Jaguar"  

Ellos están aquí. Por todas partes. En las costas del arroyo Salsipuedes, en la sierra de Carapé y hasta en las calles de Montevideo cuando cae la noche más profunda. Presentes en las lluvias vivificadoras del verano. En los atardeceres de las lunas nuevas. En las aguas del río Uruguay y en las cascadas que bajan de cerros y cuchillas. En el oleaje que golpea las rocas a orillas del mar-océano. En las copas de talas y coronillas. En el brillo plateado de las tarariras. Y adentro de nosotros mismos. Especialmente adentro de nosotros mismos, inolvidablemente iluminados dentro del enjambre de sentimientos y recuerdos.
A veces da la impresión que están dormidos, como ausentes. Y entonces, parecería que este país pudiera ser dividido en propiedades, vendido y comprado, que los únicos modos normales de vivir debieran de estar basados en el desapego y la ansiedad.
En ocasiones se despiertan. Tal vez después del chubasco de febrero o cuando se pone el sol formando llamaradas. A veces se asoman en el disco blanco de la luna llena y nos observan detenidamente enmarcados en el gran halo ceniciento.
Entonces reaparecen. Son los espíritus renacidos de la tribu muerta. Son muchos. Algunos vienen de tiempos muy antiguos. Otros aparentan una muerte reciente, todavía con un hálito de aliento en sus semblanzas.
Es difícil darse cuenta si están tristes o alegres. Los espíritus no lloran ni sonríen de la misma manera que los vivos.
Por eso quienes no los conocen bien, piensan que están tristes. En cierto modo, parecería lógico suponer, que al recordar el pasado de su muerte injusta deberían derramar lágrimas de pesar e incluso implorar venganza.Por alguna razón que no puedo explicar, siento que no es así. Que no están ni tristes ni apesadumbrados. Que no albergan odios en sus entrañas.
Pienso que a pesar de todo lo que pasó, desde el monte, desde el viento o desde el río, los charrúas nos sonríen cada día.
Sonríen cuando sale el sol, cuando el cielo se vuelve más celeste y se iluminan las nubes altas con reflejos amarillentos y ondulados.
Sonríen cuando nacen los pichones de teru teru o llegan las bandadas de patos para pasar un nuevo invierno.
Sonríen cuando florecen el ceibo y la acacia de bañado y cuando grazna el pájaro urú.
Sonríen al ver su tierra-madre llena de vida renovada.
Y sonríen cuando los habitantes actuales del paisaje se deciden a amarlo un poco más intensamente cada día.
Y henos aquí, pensando e imaginando ese pasado que no es tal, pidiendo ayuda a nuestros abuelos charrúas para buscar caminos nuevos. La sabiduría de cientos de generaciones no se perdió totalmente. De alguna manera está muy cerca nuestro. Basta saber verla. Y en esta tarea necesitamos de la tribu muerta. Las mujeres y los hombres sabios de la Sierra de las Ánimas, las plantadoras de maíz del Hum, los pescadores de Arazatí y los luchadores inmolados en Salsipuedes nos van a respaldar porque saben que, al igual que ellos, amamos esta tierra. Como decía el viejo jefe Sealth “Los muertos no están faltos de poder»”. Todos nosotros, y ellos, queremos que reviva nuestro suelo. Que vuelen nuevamente las águilas cimarronas hasta el horizonte de las lomas. Que en primavera florezca el macachín. Que el agua clara llene ríos y lagunas.
Queremos un futuro de praderas verdes, de lluvias de purificación y de amaneceres despejados.
Un futuro de luz, de naturaleza, de verdor.
Y a ustedes, abuelas y abuelos, hermanas y hermanos, queridos Guyunusa, Venado, Zapicán, Polidoro, Vaimaca Pirú, Senaqué, Sepé, Tacuabé, muchachas minuanes de las costas arenosas del Para Guazú, guerreros de la estirpe del bohán, niñas y niños que nunca llegaron a ser grandes. Aquí estamos por fin los uruguayos. Todos. Yaros, criollos, minuanes, africanos de América, charrúas, chanáes, guaraníes. Los uruguayos de todos los tiempos, juntos para defender la vida aquí, en esta tierra, que es a la vez nuestra cuna y nuestra tumba.


sábado, 28 de octubre de 2017

El  país charrúa

Es atardecer de verano en los países del Sur.
El sol se ha puesto por detrás de nubarrones arremolinados y densos que dejan pasar algunos últimos rayos solares entre sus grises formas aborregadas.
Las luces del atardecer se proyectan en la bóveda crepuscular generando una gran diversidad de colores cambiantes y de figuras sugestivas.
Comienza a soplar el viento sobre la vasta superficie acuática, se levanta el oleaje, los árboles inclinan sus copas levemente.
A la distancia se puede apreciar el resplandor de relámpagos esporádicos que anuncian que se acerca una nueva tormenta al país del jaguar.
Los pescadores del río-mar recogen sus redes y retroceden a sus ensenadas y aldeas.
Mañana, cuando todo amaine, será posible volver a salir al mar.
Desde las costas de las grandes barrancas hasta las tierras anegadizas del Paraná hay otros pescadores que también vuelven a sus campamentos y caseríos por esta noche.

La mayor parte de la gente del río-mar pertenece a la nación charrúa.
Por más de cien generaciones y miles de soles nuevos los charrúas habitaron las orillas e islas del río-mar.
Navegaban el oleaje en sus imponentes canoas, que podían albergar hasta cuarenta remeros de pie, para pescar corvinas, sábalos y otros peces, para comerciar o para combatir sus amigos-enemigos.
Estamos hablando de un pueblo antiguo, hecho a la semejanza del río como mar.
Ellos también cazaban y recogían frutos y semillas de praderas y bosques, y donde era posible plantaban sus cultivos, el maíz, los porotos, los zapallos, el tabaco, y hacia el norte, la mandioca y el algodón.
Comerciaban periódicamente con los pueblos vecinos. Intercambiaban productos del mar, frutos, granos y semillas, productos de la caza, sal y minerales, tinturas, plumas, amuletos y objetos de metal provenientes de las montañas lejanas.
Las guerras no eran frecuentes. Los charrúas eran hombres y mujeres fuertes y decididos, buenos remeros, rápidos en la carrera y el nado, diestros en el manejo del arco, la lanza, la maza y las boleadoras. Eran defensores encarnizados de sus territorios ancestrales.
Además eran muchos. En toda su zona de influencia había más de cincuenta comunidades que podían albergar a uno o dos centenares de familias cada una.
Se extendían desde el extremo oeste de su país, en las tierras bajas del Paraná, lindando con los timbúes, hasta las puntas rocosas en el este del río-mar donde solían acampar los goanoás durante la época de la corvina.
A veces las comunidades charrúas tenían conflictos entre sí.
Algunos grupos que intentaban ingresar sin autorización en el territorio reconocido de otros podían provocar tensiones y reacciones, incluso enfrentamientos.
Claro, que se procuraba reducir la violencia a un mínimo. En muchos casos se pactaban batallas rituales que rara vez terminaban con la muerte de alguno de los contendientes. Estas batallas podían realizarse en el río, entre canoeros, o en tierra usando las lanzas, mazas y boleadoras.
Más sangrientos podían resultar los enfrentamientos con lanzas, flechas y boleadoras con algunos pueblos guerreros que habían migrado hacia el Sur en los últimos tiempos. En particular hubo guerras duras con algunas comunidades guaraníes que procuraron instalarse por la fuerza en costas charrúas.
También hubo combates con los goanoás por el control de las pesquerías del este y el marcado y caza de los rebaños de venados y pecaríes en las zonas de praderas.
Al norte, los charrúas desarrollaron una relación generalmente pacífica con las naciones de yaros y bohanes. Sin embargo, más de una vez hubo conflictos con ellos, particularmente cuando estos pueblos del norte pretendieron establecerse en islas y costas que habían sido charrúas por mucho tiempo.
Con los timbúes las relaciones eran más cordiales. Habitualmente canoeros de ambas naciones se visitaban mutuamente trayendo mercaderías y noticias.
Los timbúes eran numerosos y tenían contactos con otros pueblos aguas arriba del gran río de donde venían algunos productos comerciados.
Las aldeas charrúas tenían líderes religiosos, mujeres y hombres, generalmente ancianas y ancianos con ascendencia espiritual, y jefes de guerra cuando se producían conflictos.
En casos extremos, varios grupos se unían para enfrentar al enemigo común.
Las comunidades se convocaban por medio de señales de humo que contenían complejos códigos y mensajes para comunicarse a distancia.
En las aldeas charrúas los individuos desarrollaban numerosas habilidades. Las personas aprendían a fabricar viviendas, herramientas, variados objetos de utilidad práctica y armas. Así en cada comunidad había varios individuos que podían hacer redes y anzuelos, canoas y remos, morteros con sus manos, lanzas, arcos y flechas, boleadoras, encendedores de fuego, adornos plumarios, collares, peines, abrigos y pulseras. Hombres y mujeres estaban capacitados para obtener alimento para sí y su familia, para practicar los ceremoniales religiosos, plantar los principales cultivos y reconocer las plantas y animales útiles y medicinales.
De "Los Pueblos del Jaguar", D. Antón, Piriguazú Ediciones   

martes, 4 de julio de 2017


Charrúas y gauchos (1)

Danilo Anton


Changadores y camiluchos


La influencia de las cultura nativas en las primeras poblaciones rurales del Uruguay fue muy grande. Esta influencia se hizo sentir con especial intensidad durante el siglo XVIII cuando unos pocos corambreros y contrabandistas («changadores») y vaqueros misioneros («camiluchos») compartían el territorio con varias decenas de tolderías minuanes y charrúas. La vida en las praderas abiertas requería prácticas y destrezas que habían sido desarrolladas por las comunidades de "indios bravos"(1) como resultado de las persecuciones y guerras a que se vieron obligados por las incursiones de los invasores europeos. Los charrúas, minuanes, yaros y otras naciones de las praderas se hicieron excelentes jinetes, desarrollaron nuevas técnicas de arquería incorporando flechas con puntas de hierro, y perfeccionaron la boleadora como arma de guerra para enfrentar a la caballería enemiga.

Durante las primeras décadas del período llamado colonial (siglos XVI y XVII) la población rural dispersa (excluídas las comunidades indígenas) estaba constituída por pescadores, cazadores, en menor medida agricultores y más tarde corambreros. Entre estos paisanos sueltos, había guaraníes y chanáes cimarrones, collas, charrúas «sueltos», africanos escapados, criollos alzados y europeos rebeldes. Esta población vivía de la pesca, la caza y la recolección y complementariamente de cultivos que escondían en la espesura de los montes fluviales. Más tarde incorporaron las actividades corambreras que habrían de volverse centrales durante el siglo XVII. 

Gauchos y gauderíos

La población rural independiente y sin mayor estructura social de la Banda Oriental o "de los Charrúas" fue aumentando gradualmente hasta formar comunidades autónomas que se establecieron en las zonas más apartadas del territorio. }
En la segunda mitad del siglo XVIII, estos grupos se enriquecieron por el aporte guaraní misionero o tape, sobre todo después de las derrotas que los guaraníes misioneros sufrieron en manos de la alianza hispano-portuguesa. Como resultado de estas influencias culturales guaraní-misioneras aparecieron dos tipos humanos antecesores del gaucho, en primer lugar el «changador» y en segundo lugar el «gauderío». 
Tanto changadores como gauderíos eran individuos, familias o a lo sumo pequeñas comunidades que se dedicaban al contrabando entre Portugal y España, a la corambre de reses cimarronas y a diversas actividades de recolección, caza y pesca. Ya en la década de 1760 hay informes acerca del fuerte crecimiento de algunas de estas comunidades.
Las primeras referencias de los gauderios son de Bougainville y se remontan al año 1766. Señala este autor:
«Se ha formado desde algunos años atrás, en el Norte del río (de la Plata), una tribu de montaraces que podrá convertirse cada vez en más peligrosa para los españoles si no toman medidas prontas para su destrucción. Algunos malhechores escapados de la justicia, se habían retirado al Norte de Maldonado; a ellos se agregaron muchos desertores. Insensiblemente el número acreció y con las mujeres tomadas a los indios han comenzado una raza que no vive sino del pillaje. Se asegura que ellos pasan ya de seiscientos
Unos pocos años más tarde, en 1773, otro viajero de nombre Concolocorvo los describe de la siguiente manera: «Los gauderíos son unos mozos nacidos en Montevideo y en los vecinos pagos. Mala camisa y peor vestido procuran encubrir con uno o dos ponchos, de que hacen camas con los sudaderos del caballo, sirviéndoles de almohada la silla.... Se pasean a su albedrío por toda la campaña y con notable complacencia de aquellos semibárbaros colonos, comen a su costa y pasan las semanas enteras cantando y tocando... Si pierden el caballo o se lo roban, les dan otro o lo toman de la campaña enlazándolo con un cabestro muy largo que llaman rosario. También cargan otro, con dos bolas en los extremos, del tamaño de las regulares con que se juega a los trucos, que muchas veces son de piedra que foran de cuero, para que el caballo se enrede en ellas, como asimismo en otras que llaman ramales, porque se componen de tres bolas..."
(1) Término que usaba José Artigas para designar a Charrùas y Minuanes.
(continuará)

De "Los Pueblos del Jaguar",  Danilo Antón, Piriguazú Ediciones