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miércoles, 9 de mayo de 2018

Fragmento de la novela histórica "De todas partes vienen"
Sangre y coraje
El dominio de gauchos y guanoás sobre la campaña del este no duró mucho. El Virrey Pedro Melo de Portugal y Villena decidió crear  una fuerza militar para atender la zona fronteriza de los dominios coloniales de los dos imperios. En ese momento se constituyó el Cuerpo Veterano de Blandengues de la Frontera de Montevideo que pasó a ejercer el control fronterizo.
José Artigas, jefe de gauchos, decidió enrolarse en el nuevo cuerpo militar y ya por 1798 había sido promovido al rango de teniente.
Si bien José Artigas, al mando de su destacamento, cumplía profesionalmente sus funciones militares de vigilancia, al mismo tiempo procuraba evitar enfrentamientos con sus antiguos compañeros de faena y con los guanoás y charrúas,“los indios bravos” como a él le gustaba nombrarlos.
Una mañana de 1799 la partida de Blandengues de Artigas compuesta por unos cuarenta hombres se encontró con la toldería guanoá de Isa-astaut que estaba acampada a orillas de río Tacuary.
Envió dos soldados que hablaban guaraní a la toldería. Llevaban una rama de ceibo en alto en señal de paz.
Los guanoás los recibieron con cierta desconfianza pero al saber que era José Artigas quien estaba al mando relajaron su actitud.
Luego de asegurarse que no habría enfrentamiento, Artigas se aproximó al campamento indígena para reunirse con los líderes guanoás.
Allí les informó los riesgos que correrían si se dirigían al sur, les aconsejó alejarse de San Fernando y permanecer en la zona de la Laguna Merin  y luego, tras dejarles algunas provisiones de yerba y tabaco, se retiró por el  mismo camino por donde había venido. Esta vez se fue acompañado por el africano Joaquín que durante el encuentro le pidió si podía continuar con él, a lo que Artigas accedió.
Desde entonces el ovimbundo Joaquín, que sería conocido más tarde como Ansina le habría de acompañar por muchos años, hasta su propia muerte.
Isa-istaut lideró  la toldería durante varios años. Su estrategia era evitar los enfrentamientos con los cuerpos de blandengues y otras patrullas españolas.
De todas  maneras, esto no siempre fue posible. La comunidad fue atacada dos veces, en un caso (1798) fue en el paraje de Aceguá cuando estaban acampados en las faldas de la sierra. Habían llegado allí para realizar prácticas ceremoniales en el lugar sagrado guanoá de homenaje a los muertos en batalla.
El ataque español se produjo temprano en la mañana. Los guerreros pudieron distraer a los agresores hasta que mujeres y niños se retiraron.
En ese encuentro murieron dos guerreros y un tercero salió mal herido. Este último fue ayudado a escapar y luego, ya a salvo del enemigo, fue atendido hasta que se repuso.
Al año siguiente un nuevo ataque a la comunidad ocurrió cuando se habían establecido a  orillas del río Tacuarembó. Este fue más grave, en el enfrentamiento murieron cinco hombres y dos mujeres que se habían incorporado a la lucha. Los agresores se llevaron secuestrados ocho mujeres y varios niños. Entre ellas se llevaron a Sacangi, la esposa de Isa- Istaut y los dos hijos pequeños de ambos.
No fue fácil recomponerse, era una toldería relativamente pequeña con menos de un centenar de integrantes adultos. Para buscar sitios más protegidos el grupo se trasladó al oeste hasta la costa del río Uruguay donde permanecieron los siguientes meses.
Isa-itaut formó una nueva pareja con una joven guanoá llamada Ilati-ma.
En 1802 ambos tuvieron un hijo que llamaron Aratá y tres años después una niña de nombre Mbini.
La vida se fue haciendo más difícil en las praderas de la banda de los guanoás. Cada vez había menos comunidades con menor población. Muchos guerreros habían muerto en batalla y un buen número de mujeres con sus hijos habían sido apresadas y trasladadas a Buenos Aires o Montevideo. En esa época no había más de diez tolderías guanoás y otras tantas charrúas. Ya no se veían tolderías de yaros y prácticamente habían desaparecido los bohanes,  Los “indios bravos” a los que se refería Artigas no sumaban más de trescientos guerreros que con sus familias no llegaban a mil personas. En otras épocas tan solo los guanoás eran más de 10,000 y los charrúas una población similar.
La situación empeoró aún más cuando estallaron las guerras revolucionarias. Para los guanoás el principal problema era la disminución de ganado cimarrón. Los ejércitos, tanto revolucionarios como realistas, carneaban ganado para sus tropas indiscriminadamente y el ganado era la principal, a veces única, fuente de alimentación de las comunidades nativas.
De todas maneras, desde el punto de vista estrictamente militar, el desarrollo de la revolución en la Banda Oriental permitió una tregua en la decadencia de las comunidades guanoás.
"De todas partes vienen!, D.Antón, Piriguazú Ediciones

sábado, 13 de enero de 2018


Fragmento del capítulo 5 de la novela histórica "De todas partes vienen"

Montevideo, año 1806
Era un momento de solaz para los más de 2000 negros esclavos que había en la ciudad. También era una oportunidad de juntarse para revivir antiguas ceremonias africanas, en particular de Congo, Angola y Mozambique, que eran los lugares de proveniencia de la mayor parte de los esclavos de la ciudad.
Jacinta, que se había criado en Río de Janeiro, y por tanto tenía una experiencia en candomblés cariocas, procuraba no faltar a ninguna de las sesiones de tangos que se organizaban en las afueras de la ciudad en los últimos días de diciembre y primera semana del mes de enero.
Los negros de Montevideo hablaban una especie de jeringoza, un “creole” propio que era una mezcla de español, portugués y varios idiomas africanos, sobre todo del Congo y Angola.  Se le llamaba “bozal”. 
En Río tenían un “bozal” diferente, porque al portugués y al vocabulario y modismos africanos, se agregaban expresiones  y formas gramaticales de la “lingua geral”, proveniente  del idioma tupinambá.
Jacinta hablaba este dialecto carioca y necesitó adaptarse al bozal montevideano. Lo hizo muy rápido. 
En poco tiempo, Jacinta se incorporó de hecho y de derecho a los tangos de extramuros e incluso fue una “mama vieja”, o “mae de santo” como decían en Río, del candomblé montevideano que más tarde se denominaría “candombe”.
Por el año 1806, al cabo de varios años de estadía de la familia Fontoura en Montevideo, la situación política se complicó considerablemente en la ciudad.
Un mediodía de fines del mes de junio de ese año, llegaron mensajeros de Buenos Aires con la noticia que dicha ciudad había sido tomada por una flota inglesa. 
Ya hacía unas tres semanas que se había visto navíos ingleses frente a Montevideo, aparentemente con rumbo a Buenos Aires. Tripulantes de un buque español habían podido divisar varias embarcaciones británicas que se dirigían al oeste. Por esa razón, la noticia no fue una total sorpresa, pero de todos modos implicaría un profundo  cambio en la vida de todos los montevideanos.

Desde el momento que se supo que Buenos Aires había caído en poder de los ingleses, los españoles de Montevideo y algunos otros que llegaron de Buenos Aires comandados por el capitán Santiago de Liniers, se organizaron con el fin de reconquistar la capital virreinal.
Finalmente, la misión se cumplió. Las fuerzas lideradas por Liniers,  compuestas de 23 navíos y 10,000 hombres, lograron la victoria. 
Luego de varios días de combates, se forzó la rendición de los invasores ingleses el 20 de agosto de ese mismo año.
La retirada inglesa de Buenos Aires habría de tener consecuencias dramáticas para la propia ciudad de Montevideo.
Unos meses después, en la madrugada del 5 de enero de 1807, se divisó a la distancia la silueta de varios barcos ingleses que parecían volver por una revancha. En los hechos se pudo comprobar que así era. Un mes después, el 2 de febrero de 1807, se produjo el desembarco.
Los marinos ingleses bajaron a tierra a unas dos leguas de la ciudad para continuar avanzando hacia las gruesas murallas de la plaza fuerte.
Luego de intensos enfrentamientos, en donde participaron
las fuerzas españolas locales organizadas, en las que se integraron muchos vecinos montevideanos, Montevideo cayó el 3 de febrero de 1807,
Más de 300 defensores murieron en la toma de la ciudad,
y otros cientos quedaron heridos sobrepasando con creces
la capacidad del Hospital de Caridad. Los marinos ingleses establecieron su gobierno, facilitando incluso el desembarco de comerciantes y mercaderías ya previstas en los planes del Almirantazgo.
Ni el señor Fontoura ni sus hijos, y mucho menos sus esclavos, participaron en los enfrentamientos. En realidad,
Fontoura veía con buenos ojos la presencia de las tropas
de ocupación británicas. Seguramente se abrirían nuevas
oportunidades en materia comercial, que Paulo Fontoura
podría aprovechar para mayor beneficio. No hay que olvidar que una de las principales banderas de la expansión inglesa, era promover e incluso forzar la apertura comercial en sus colonias y protectorados.
Cuando en septiembre de 1807, como consecuencia de un
acuerdo firmado en Buenos Aires, los ingleses abandonaron la plaza, el señor Paulo Fontoura quedó en una posición incómoda. Si bien había logrado adquirir bienes que los comerciantes británicos habían malbaratado en su retirada, lo cual le reportaría beneficios, por otro lado su posición a favor de los invasores hacía que, desde entonces, las autoridades
españolas no lo miraran con buenos ojos.
Tres años más tarde, en mayo de 1810, llegó la noticia  que el Virrey había sido depuesto y que una junta había tomado su lugar en Buenos Aires. Al año siguiente, se agregó el hecho que la rebelión iniciada en la otra orilla del Plata, se había extendido a la campaña oriental, y un ejército de criollos al mando de José Artigas, avanzaba hacia la ciudad. 
La situación se hizo tan compleja, que Paulo Fontoura decidió que era tiempo de volver a Río de Janeiro antes que perder toda la fortuna que había hecho durante su estada en el país.
Apresuradamente se embarcó con toda su familia en mayo de 1811, precisamente unos pocos días antes que las tropas artiguistas pusieran sitio a la ciudad.
Salvador, Manoel, Pedro y Jacinta, decidieron no acompañar a su amo, y por más que él insistiera con las autoridades para que los obligaran a seguirlo, porque eran sus esclavos, el gobierno de la ciudad, que no tenía ninguna simpatía por el Sr. Paulo Fontoura, demoró en tramitar su solicitud, resultando en los hechos que sus esclavos permanecieran en la ciudad. Finalmente, Paulo Fontoura, forzado por la premura y las circunstancias, emprendió viaje sin ulteriores reclamaciones.
(continúa)
"De todas partes vienen", D.Antón, Piriguazú Ediciones