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martes, 10 de julio de 2018


Replanteando una historia construida sobre el genocidio,  la colonización y la discriminación
Introducciòn al libro "Los Pueblos del Jaguar"

Las observaciones y estudios de las culturas actuales o pasadas siempre están teñidos por la cultura propia del observador.
Para disminuir este efecto (eliminarlo es imposible), se requiere un esfuerzo especial, un cuidadoso uso del lenguaje, y sobre todo, filtrar meticulosamente la información para despojarla de prejuicios. La historia, la antropología, la arqueología y sus ramas conexas son disciplinas profundamente influenciadas por la discriminación cultural. El origen de estas ciencias se relacionó con la expansión territorial de los imperios europeos y, en tanto que tales, sirvieron, y aún sirven, para realizar los objetivos de dominio, subestimación y explotación de las sociedades depredadas por parte de las «metrópolis». Toda la estructura conceptual, clasificatoria y taxonómica del modelo histórico, antropológico y social « moderno» está construida sobre categorías que sirvieron y sirven a los conquistadores imperiales y sus descendientes y continuadores. Las tipologías utilizadas, a veces deshonestamente calificadas como científicas, se basan en la noción de progreso histórico, que ubica los imperios en la cima y los pueblos dependientes en los escaños inferiores. Así , se habla de pueblos «primitivos», «prehistóricos», «cazadores y recolectores», «agricultores incipientes» y «neolíticos» en contraposición con las sociedades «civilizadas». Todas estas afirmaciones tipológicas pueden ser rebatidas, o al menos, puestas en duda. Las culturas de los pueblos llamados «paleolíticos», que utilizaban la piedra en mayor o menor medida son clasificadas por el uso de la piedra.
Hay que tener en cuenta que a menudo la piedra es el único material que perdura,
No sabemos muchas cosas de estas culturas pues tanto los aspectos culturales como arqueològicos aparecen deformados o insuficientees para una categorizaciòn cientìfica rigurosa.
Los criterios utilizados para la tipificacion se basaron en concepciones sociales, filosóficas y espirituales muy diversas y complejas, que es no es fácil evaluar objetivamente desde el punto de vista de las culturas «occidentales» y «modernas».
Similares conceptos pueden aplicarse a las sociedades tituladas «cazadoras y recolectoras», «agricultoras incipientes», «neolíticas» y «prehistóricas». Estos calificativos se utilizan para definir las sociedades dominadas o que se desea conquistar, en los términos más convenientes para justificar esa conquista. El uso y abuso de palabras y juicios de valor con fines discriminatorios dificulta emplear estos conceptos en forma objetiva. Por esa razón seremos muy cuidadosos con las tipologías, tan frecuentemente cargadas de prejuicios culturales. En América no hay ni hubo «prehistoria». Desde el comienzo del poblamiento, e incluso antes, este continente vivió su historia. Tampoco existieron «indios». Hubo charrúas, mapuches, guaraníes, quechuas y aymaras, pero no hubo «indios». Este apelativo se aplica a los habitantes de la India, pero no de América. No es posible que millones de personas con identidades ancestrales sigan siendo víctimas del error de interpretación de un marino empecinado. En resumen, ni «paleolíticos», ni «prehistóricos», ni «indios». Tampoco «primitivos», o sus frases casi sinónimas, bastante eufemísticas, «cazadores y recolectores», «neolíticos», «agricultores incipientes» y toda la retahila con que nos enEstos calificativos se utilizan para definir las sociedades dominadas o que se desea conquistar, en los términos más convenientes para justificar esa conquista. El uso y abuso de palabras y juicios de valor con fines discriminatorios dificulta emplear estos conceptos en forma objetiva. Por esa razón seremos muy cuidadosos con las tipologías, tan frecuentemente cargadas de prejuicios culturales. En América no hay ni hubo «prehistoria». Desde el comienzo del poblamiento, e incluso antes, este continente vivió su historia. Tampoco existieron «indios». Hubo charrúas, mapuches, guaraníes, quechuas y aymaras, pero no hubo «indios». Este apelativo se aplica a los habitantes de la India, pero no de América. No es posible que millones de personas con identidades ancestrales sigan siendo víctimas del error de interpretación de un marino empecinado. En resumen, ni «paleolíticos», ni «prehistóricos», ni «indios». Tampoco «primitivos», o sus frases casi sinónimas, bastante eufemísticas, «cazadores y recolectores», «neolíticos», «agricultores incipientes» y toda la retahila con que nos endilgan algunos académicos y estudiosos. Los charrúas, los guenoas, los chanáes y guaraníes no han salido indemnes de estas clasificaciones pre-supuestas. Procuraremos evitar o reducir a un mínimo estas clasificaciones culturales que encierran, a veces disimuladamente, las escalas de valores de los centros de dominio coloniales o neo-coloniales. En esta versión de «El Pueblo Jaguar», ahora retitulada «Los Pueblos del Jaguar», hemos incorporado nueva información en interpretaciones revisadas. Procuraremos desentrañar las identidades, tradiciones, territorios ancestrales y parentescos de todas estas naciones, rescatándolas del olvido forzado al que fueron condenados luego de siglos de ocultamientos y genocidios-

viernes, 6 de abril de 2018

Prólogo del libro "Los Pueblos del Jaguar"  

Ellos están aquí. Por todas partes. En las costas del arroyo Salsipuedes, en la sierra de Carapé y hasta en las calles de Montevideo cuando cae la noche más profunda. Presentes en las lluvias vivificadoras del verano. En los atardeceres de las lunas nuevas. En las aguas del río Uruguay y en las cascadas que bajan de cerros y cuchillas. En el oleaje que golpea las rocas a orillas del mar-océano. En las copas de talas y coronillas. En el brillo plateado de las tarariras. Y adentro de nosotros mismos. Especialmente adentro de nosotros mismos, inolvidablemente iluminados dentro del enjambre de sentimientos y recuerdos.
A veces da la impresión que están dormidos, como ausentes. Y entonces, parecería que este país pudiera ser dividido en propiedades, vendido y comprado, que los únicos modos normales de vivir debieran de estar basados en el desapego y la ansiedad.
En ocasiones se despiertan. Tal vez después del chubasco de febrero o cuando se pone el sol formando llamaradas. A veces se asoman en el disco blanco de la luna llena y nos observan detenidamente enmarcados en el gran halo ceniciento.
Entonces reaparecen. Son los espíritus renacidos de la tribu muerta. Son muchos. Algunos vienen de tiempos muy antiguos. Otros aparentan una muerte reciente, todavía con un hálito de aliento en sus semblanzas.
Es difícil darse cuenta si están tristes o alegres. Los espíritus no lloran ni sonríen de la misma manera que los vivos.
Por eso quienes no los conocen bien, piensan que están tristes. En cierto modo, parecería lógico suponer, que al recordar el pasado de su muerte injusta deberían derramar lágrimas de pesar e incluso implorar venganza.Por alguna razón que no puedo explicar, siento que no es así. Que no están ni tristes ni apesadumbrados. Que no albergan odios en sus entrañas.
Pienso que a pesar de todo lo que pasó, desde el monte, desde el viento o desde el río, los charrúas nos sonríen cada día.
Sonríen cuando sale el sol, cuando el cielo se vuelve más celeste y se iluminan las nubes altas con reflejos amarillentos y ondulados.
Sonríen cuando nacen los pichones de teru teru o llegan las bandadas de patos para pasar un nuevo invierno.
Sonríen cuando florecen el ceibo y la acacia de bañado y cuando grazna el pájaro urú.
Sonríen al ver su tierra-madre llena de vida renovada.
Y sonríen cuando los habitantes actuales del paisaje se deciden a amarlo un poco más intensamente cada día.
Y henos aquí, pensando e imaginando ese pasado que no es tal, pidiendo ayuda a nuestros abuelos charrúas para buscar caminos nuevos. La sabiduría de cientos de generaciones no se perdió totalmente. De alguna manera está muy cerca nuestro. Basta saber verla. Y en esta tarea necesitamos de la tribu muerta. Las mujeres y los hombres sabios de la Sierra de las Ánimas, las plantadoras de maíz del Hum, los pescadores de Arazatí y los luchadores inmolados en Salsipuedes nos van a respaldar porque saben que, al igual que ellos, amamos esta tierra. Como decía el viejo jefe Sealth “Los muertos no están faltos de poder»”. Todos nosotros, y ellos, queremos que reviva nuestro suelo. Que vuelen nuevamente las águilas cimarronas hasta el horizonte de las lomas. Que en primavera florezca el macachín. Que el agua clara llene ríos y lagunas.
Queremos un futuro de praderas verdes, de lluvias de purificación y de amaneceres despejados.
Un futuro de luz, de naturaleza, de verdor.
Y a ustedes, abuelas y abuelos, hermanas y hermanos, queridos Guyunusa, Venado, Zapicán, Polidoro, Vaimaca Pirú, Senaqué, Sepé, Tacuabé, muchachas minuanes de las costas arenosas del Para Guazú, guerreros de la estirpe del bohán, niñas y niños que nunca llegaron a ser grandes. Aquí estamos por fin los uruguayos. Todos. Yaros, criollos, minuanes, africanos de América, charrúas, chanáes, guaraníes. Los uruguayos de todos los tiempos, juntos para defender la vida aquí, en esta tierra, que es a la vez nuestra cuna y nuestra tumba.