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jueves, 4 de agosto de 2022

 Segunda Parte Más allá del océano


De todas partes vienen (novela de Danilo Antón)

(continuación del capítulo: “Más allá del océano”)

La columna iba avanzando lentamente. Adelante varios

jinetes encabezaban la marcha, otros secuestradores con

perros controlaban lateralmente los movimientos de los

prisioneros. Atrás, otros tantos jinetes cerraban la caravana.

Antes que se hiciera la noche, aprovechando el estiaje,

atravesaron el río Cuanza, y al cabo de varios días de caminata

llegaron a la costa atlántica desde donde partían los

buques para su travesía transoceánica.

A fines del siglo XVI, en el sur del litoral angoleño, se

había establecido el fuerte Benguela, que fue uno de las

primeras plazas portuguesas para la conquista y colonización

del territorio contiguo. Algunas décadas más tarde,

se fundó la ciudad de Benguela propiamente dicha, que

fuera utilizada como puerto de llegada y embarque de

los esclavos secuestrados en el interior del país. Debido

a la escasa profundidad en las cercanías de la costa, los

buques debían anclar a varias cuadras de la orilla, hacia

los cuales debían transferirse las cargas utilizando embarcaciones

de menor calado. Fue a esta ciudad que llegó

la expedición con los prisioneros nganguela.

En esos momentos, caían las primeras lluvias de la estación

húmeda y comenzaban a llenarse de barro las calles

de tierra de la ciudad.

Había mucho movimiento, pasaban carruajes y jinetes

en todas direcciones. Sobre la costa se veían varios veleros

esperando recoger sus cargas humanas, y algunos

botes llevando y trayendo tripulaciones y cautivos a las

embarcaciones.

Al principio, los prisioneros eran mantenidos en un gran

espacio abierto cercano a los muelles, para luego ser

trasladados a grandes galpones, hombres en un sector,

las mujeres en otro. Allí fue que Lukamba vió por

última vez a su madre, quien lo miraba con ojos casi

resignados frente al tratamiento inmisericordioso que

estaban recibiendo..

Pedro D’Agostinho, capitán del velero São Jorge, había

arribado la noche anterior. Venía desde Río de

Janeiro con las bodegas casí vacías, apenas algunos

encargos del Almirante Joazinho da Silva que incluían

muebles, platería y armas, a lo que se agregaba un

cargamento de aguardiente de Bahía, Este permitiría

mantener contentos a los intermediarios angoleños

que eran quienes proporcionaban los esclavos, que

eran la base del negocio.

El capitán Pedro sabía que las bodegas estarían llenas

para su regreso a Brasil. Llevaría por lo menos unos

200 esclavos, que contando las bajas por enfermedades

y suicidios, serían por lo menos 150 para la venta

en los mercados cariocas. Pensaba que, de no mediar

ningún contratiempo, el viaje dejaría un buen margen

y compensaría con creces los trabajos y molestias de

la travesía.

Los siguientes días Lukamba los pasó tirado en el suelo

y encadenado. Los guardias que le hablaban y gritaban

en ovimbundo y portugués, le alcanzaban una vez por

día una torta de mandioca o maíz y un jarro de agua con

los cuales tenía que aguantar el resto de la jornada. El

ambiente era caluroso y fétido. Los cautivos debían hacer

sus necesidades en el mismo lugar donde se encontraban,

aumentando la pestilencia.

Durante su estadía en el lugar vio acercarse varios hombres,

blancos, africanos y misturados que casi seguramente

discutían del precio y destino que habrían de darle a los

prisioneros. Entre ellos estaba Dom Pedro D’Agostinho.

Pasaron varios días en ese ambiente hediondo hasta que

llegaron más guardias acompañados por hombres uniformados

que les ordenaron levantarse, ponerse en fila y

caminar hasta el muelle. Allí los dispusieron en grupos de

veinte para ser gradualmente embarcados en chalanas

rumbo a los buques que los esperaban anclados a una

distancia prudencial de la costa.

Los cautivos eran, en su gran mayoría, individuos muy

jóvenes, incluyendo muchos adolescentes y niños de ambos

sexos. Los varones estaban apretujados en los dos

pisos inferiores de la bodega del barco, acostados horizontalmente

y encadenados a sus literas. Las mujeres,

también encadenadas, habían sido ubicadas en el piso

superior, dispuestas de la misma forma.

El personal de abordo del buque estaba constituido por

una treintena de tripulantes, varios portugueses de la

metrópoli, algunos “lançados” de Guinea y del Congo

y un par de africanos. De estos últimos, solamente un

hombre ovimbundo daba órdenes comprensibles para

Lukamba. El otro africano venía de Dahomey donde se

hablaba un idioma totalmente diferente.

Durante el viaje Lukamba intentó conversar con los compañeros

de travesía contiguos a su litera, pero no logró

hacerse entender. No había ningún nganguela cerca.

Pudo comprobar que había ovambos, ambundos e incluso

algún herero capturado en el sur. Como todos los

nganguelas, Lukamba tenía nociones de ovimbundo, que

era en cierto modo la lingua franca de Angola central.

También sabía algunas palabras sueltas de portugués

debido a la presencia prolongada de esta potencia colonial

en las zonas costeras, pero las lenguas de los

países africanos del norte y del sur le eran totalmente

incomprensibles.

El capitán del São Jorge había programado el viaje en esa

época para aprovechar los vientos del este, los famosos

alisios o easterlies, como eran llamados por los marinos

ingleses, Estos vientos ayudaban la navegación hacia el

oeste y acortaban sensiblemente la travesía desde África

a las costas de Brasil.

El viaje fue tranquilo y rápido. Ninguna tormenta fuera de

lo común, apenas unas marejadas de corta duración

Algunos cautivos se enfermaron, y hubo una decena que

murieron y fueron arrojados por la borda como solía hacerse.

Por lo demás no hubo mayores problemas.

Al fin del trayecto el buque estaría llegando la Bahía de

Guanabara en la costa brasileña con más de 150 prisioneros

africanos que serían vendidos en el mercado local. (continúa)








 Este es un fragmento de mi última novela "De todas partes vienen" novela de Danilo Antón

Más allá del océano

Salía el sol entre las colinas boscosas y savanas del interior de Angola. En las comunidades nganguela de las tierras altas del Bié la vida se desarrollaba tranquilamente, sin mayores preocupaciones, como había ocurrido durante muchos años en el pasado.

Recostada apaciblemente sobre las laderas contiguas al río Cuanza la pequeña aldea Bieguela despertaba al nuevo día. Se podían escuchar los graznidos de las perdices de franjas grises y el lejano tronar de una tropa de elefantes caminando hacia su baño de barro matinal.

En la proximidad del poblado algunas mujeres se dirigían a los campos vecinos para remover la tierra seca con sus azadas. Allí depositarían las semillas de mijo, sorgo y maíz que crecerían en la próxima estación lluviosa. Más lejos, algunos hombres con sus hachas de hierro abrían terreno para ampliar las plantaciones cuando fuera necesario. Otras campesinas con sus niños se dirigían al río portando las vasijas en las que cargarían agua para sus hogares.

Sobre las orillas del curso de agua varios pescadores habían desplegado sus redes donde esperaban cosechar la pesca para asegurar la alimentación de la población.

En un claro cercano pastaban una decena de vacunos flacos y unos pocos terneros. Sentados bajo un baobab dos jóvenes de escasa edad observaban el movimiento de los animales.

En un bosquecillo próximo, un joven ayudaba a una mujer madura recogiendo leña para el fuego. Ya habían obtenido una cantidad suficiente como para cocinar durante varios días.

Lukamba, que ese el nombre del muchacho, era un típico adolescente nganguela recién había pasado la ceremonia de la pubertud en la que había sido tatuado con tres rayas verticales en su cara. Desde ese día sintió orgullosamente que ya era un hombre.De todas maneras ayudaba a su madre Banasa en la tarea de recoger leña para la cocina.

Gran parte de la población de Bieguela estaba fuera de la aldea. En las casas habían quedado solamente mujeres, niños y algunos ancianos.

Parecía que sería otro día rutinario y sin mayores novedades en la tranquila comunidad nganguela del Bié.

Fue entonces que se los vió llegar.

Eran no menos de cincuenta hombres, una veintena de jinetes con sus caballos y el resto de a pie, ostentando armas y cadenas, con varios perros de pelea y rastreadores.

Habían cruzado el río sin ser advertidos y de improviso llegaron a la aldea.

Entraron rápidamente a los gritos disparando sus armas de fuego mientras los aldeanos que allí habían quedado trataban de refugiarse en sus casas o escapar hacia los montes vecinos.

Varios individuos armados se acercaron al río donde estaban los hombres pescando y otros a las mujeres que trabajaban los campos de cultivo vecinos.

Hubo resistencia pero fue infructuosa. Por lo menos tres hombres que intentaron resistir cayeron bajo las balas de los mosquetes. Los perros atacaban azuzados por sus dueños.

Antes que los habitantes del poblado pudieran reaccionar, los atacantes habían reunido más de un centenar de personas en la plaza principal y comenzaron a ponerle cadenas.

A pesar de sus llantos y súplicas muchas mujeres fueron separadas de sus hijos y conducidas con el resto.

En breves momentos ya estaba organizada la caravana. Las mujeres encadenadas en tobillos y cuellos gritaban y lloraban. Para mejor control a los hombres les agregaron cadenas en las muñecas.

Lukamba, observó sorprendido como unos hombres corrían y atrapaban a varias mujeres que estaban trabajando los campos y obedeció a su madre cuando ésta le dijo que corriera muy rápido para evitar que lo alcanzaran.

Todo fue inútil. Banasa fue inmovilizada rápidamente y luego de un intento infructuoso de evadir a sus agresores,

Lukamba también cayó en sus manos.

Solo unos pocos pobladores lograron escabullirse hacia las colinas boscosas de la vecindad procurando alejarse lo más pronto posible para evitar ser atrapados. Desde la distancia pudieron apreciar como los esclavistas incendiaban las chozas. Más tarde, cuando algunos de ellos pudieron regresar a Bieguela, comprobaron que la mayor parte de los aldeanos habían sido capturados y las viviendas habían sido consumidas por el fuego. En pocas horas una comunidad pacífica y próspera había sido borrada de la faz de la tierra.

(continuará)

viernes, 26 de abril de 2019

Un fragmento de la novela "De Todas Partes Venen" (D.A., Piriguazú Ed.)

Capítulo 5

Salvador de Luzía había llegado a Montevideo a fines del siglo XVIII, para ser más precisos en diciembre de 1798. En ese entonces tenía once años.
Su madre, esclava descendiente de esclavos, de nombre Luzía, había fallecido en Río de Janeiro cuando él era pequeño.  Cuando ella se enfermó Salvador tenía 4 años y apenas la recordaba. Apenas rememoraba cuando ella le cantaba en la noche antes de dormir. También había quedado grabado en su memoria un día en que ambos habían ido a caminar por los muelles del puerto. Ella le mostraba los barcos anclados en las dársenas portuarias de Río de Janeiro. Recordaba que ella le había dicho que en uno de esos barcos la habían traído desde África cuando era chiquita.  Allí se terminaban las memorias de su madre. Le hubiera gustado acordarse mucho más.     
El amo de Salvador se llamaba Paulo Fontoura da Silva. En Río de Janeiro  era comerciante. Tenía una barraca donde almacenaba “géneros da terra”,   productos comprados en el interior del país y luego exportados a Portugal o a otros países europeos. Gran parte de los cueros provenían del puerto de Río Grande donde el Sr. Fontoura había establecido una sociedad comercial y adonde se trasladaba con frecuencia. 
Precisamente en uno de estos viajes había extendido su itinerario al cercano puerto de Montevideo donde los cueros eran abundantes y más baratos creando una línea comercial de creciente importancia. 
Con el correr de los años y luego de una desavenencia con el socio riograndense, Fontoura decidió trasladarse con su familia a la ciudad de Montevideo en forma permanente. 
Como decíamos anteriormente, el acaudalado comerciante carioca llegó a la ciudad montevideana en el comienzo del verano de 1798. 
Arribó a la ciudad acompañado por su esposa y dos hijos a los que se agregaban los cuatro esclavos que servían en su casa. 
La mujer del Señor Paulo, Tereza, era una señora muy introvertida, rara vez entablaba una conversación. Había quienes pensaban que padecía una depresión crónica. Sus dos hijas, que eran las que habían sobrevivido a la peste (en la que habían muerto dos varones mayores), eran adolescentes. 
Se instaló en la calle San Gabriel (actual calle Rincón) en una hermosa construcción de varias habitaciones y patio interior que además ostentaba una orgullosa torre que permitía avizorar a la distancia los navíos que se acercaban.
Los esclavos, compañeros de vasallaje de Salvador que a la sazón tenía 11 años, eran Manoel y Pedro, dos hombres mayores de unos 40 y 50 años respectivamente, y una mujer de nombre Jacinta, que no parecía tener más de treinta años. El Sr. Fontoura da Silva mostraba un afecto especial por Salvador,  probablemente porque,  según decían algunas habladurías, podría ser su propio hijo.
De todos modos, Salvador, que era idéntico a su difunta madre, tenía rasgos africanos inconfundibles. Decían quienes la conocieron que Luzía era una mujer muy hermosa, y que Salvador era una versión masculina de su progenitora.
Según los cuentos de cocina, Luzía había llegado de Mozambique con su madre en un barco esclavista cuando era una niña. Su madre había sido secuestrada en Maniamba cerca del lago Nyasa y trasladada al puerto de la isla de Mozambique y de allí a la colonia imperial portuguesa de Brasil. Luzía había sido separada de su madre apenas llegadas a Rió de Janeiro. Nunca más había sabido de ella. 
La pequeña permaneció en la capital del Imperio cumpliendo tareas domésticas variadas, lo cual le permitió evitar los trabajos sacrificados de las plantaciones de caña de azúcar a los que se dedicaba la mayor parte de la mano de obra esclava en el Imperio del Brasil. Su trabajo en la casa del Sr. Fontoura consistía en mantener la casa ordenada, cocinar, limpiar y ocuparse de los niños. Se comentaba, aunque nunca fue demostrado, que el Sr. Fontoura, deslumbrado por los atractivos de la joven Luzía, había tenido una relación íntima con su esclava y que de ella había nacido un niño a quien puso de nombre Salvador. En  la casa de Fontoura da Silva, Salvador realizaba tareas hogareñas
varias y algunos mandados en la ciudad. Iba al almacén de ramos generales de Juan Olivera en la esquina de las calles San Gabriel  y San Benito (calles Rincón y Colón actuales) para comprar artículos de cocina y de costura que le encomendaba Jacinta, ayudaba a cargar y descargar los carros con mercadería que llegaban al puerto para el Sr. Fontoura y eran trasladados a una barraca que su patrón tenía en la calle de las Piedras y San Vicente (correspondientes a las actuales calles Piedras y Pérez Castellano).
Salvador tenía una característica que lo diferenciaba de otros muchachos de su edad.  En tiempos en que vivían en Río de Janeiro, su amo lo mandaba a realizar unos trabajos para una señora amiga que le enseñó los rudimentos de la lectura.  Al poco tiempo de recibir sus clases, con apenas 7 u 8 años de edad, Salvador podía leer escritos y un par de años más tarde algunos libros que estaban en la biblioteca del Sr. Paulo Fontoura. En un mundo predominantemente analfabeto , esa capacidad le habría de servir por el resto de su existencia.
La vida en el Montevideo de fines del siglo XVIII era rutinaria y tranquila, en relación con su población de apenas 15,000 habitantes.  (continúa)
De la novela histórica "De todas partes vienen",  Danilo Antón, Piriguazú Ediciones.




Fragmento del capítulo 5 de la novela histórica "De todas partes vienen"

Montevideo, año 1806
Era un momento de solaz para los más de 2000 negros esclavos que había en la ciudad. También era una oportunidad de juntarse para revivir antiguas ceremonias africanas, en particular de Congo, Angola y Mozambique, que eran los lugares de proveniencia de la mayor parte de los esclavos de la ciudad.
Jacinta, que se había criado en Río de Janeiro, y por tanto tenía una experiencia en candomblés cariocas, procuraba no faltar a ninguna de las sesiones de tangos que se organizaban en las afueras de la ciudad en los últimos días de diciembre y primera semana del mes de enero.
Los negros de Montevideo hablaban una especie de jeringoza, un “creole” propio que era una mezcla de español, portugués y varios idiomas africanos, sobre todo del Congo y Angola.  Se le llamaba “bozal”. 
En Río tenían un “bozal” diferente, porque al portugués y al vocabulario y modismos africanos, se agregaban expresiones  y formas gramaticales de la “lingua geral”, proveniente  del idioma tupinambá.
Jacinta hablaba este dialecto carioca y necesitó adaptarse al bozal montevideano. Lo hizo muy rápido. 
En poco tiempo, Jacinta se incorporó de hecho y de derecho a los tangos de extramuros e incluso fue una “mama vieja”, o “mae de santo” como decían en Río, del candomblé montevideano que más tarde se denominaría “candombe”.
Por el año 1806, al cabo de varios años de estadía de la familia Fontoura en Montevideo, la situación política se complicó considerablemente en la ciudad.
Un mediodía de fines del mes de junio de ese año, llegaron mensajeros de Buenos Aires con la noticia que dicha ciudad había sido tomada por una flota inglesa. 
Ya hacía unas tres semanas que se había visto navíos ingleses frente a Montevideo, aparentemente con rumbo a Buenos Aires. Tripulantes de un buque español habían podido divisar varias embarcaciones británicas que se dirigían al oeste. Por esa razón, la noticia no fue una total sorpresa, pero de todos modos implicaría un profundo  cambio en la vida de todos los montevideanos.
Desde el momento que se supo que Buenos Aires había caído en poder de los ingleses, los españoles de Montevideo y algunos otros que llegaron de Buenos Aires comandados por el capitán Santiago de Liniers, se organizaron con el fin de reconquistar la capital virreinal.
Finalmente, la misión se cumplió. Las fuerzas lideradas por Liniers,  compuestas de 23 navíos y 10,000 hombres, lograron la victoria. 
Luego de varios días de combates, se forzó la rendición de los invasores ingleses el 20 de agosto de ese mismo año.
La retirada inglesa de Buenos Aires habría de tener consecuencias dramáticas para la propia ciudad de Montevideo.
Unos meses después, en la madrugada del 5 de enero de 1807, se divisó a la distancia la silueta de varios barcos ingleses que parecían volver por una revancha. En los hechos se pudo comprobar que así era. Un mes después, el 2 de febrero de 1807, se produjo el desembarco.
Los marinos ingleses bajaron a tierra a unas dos leguas de la ciudad para continuar avanzando hacia las gruesas murallas de la plaza fuerte.
Luego de intensos enfrentamientos, en donde participaron
las fuerzas españolas locales organizadas, en las que se integraron muchos vecinos montevideanos, Montevideo cayó el 3 de febrero de 1807,
Más de 300 defensores murieron en la toma de la ciudad,
y otros cientos quedaron heridos sobrepasando con creces
la capacidad del Hospital de Caridad. Los marinos ingleses establecieron su gobierno, facilitando incluso el desembarco de comerciantes y mercaderías ya previstas en los planes del Almirantazgo.
Ni el señor Fontoura ni sus hijos, y mucho menos sus esclavos, participaron en los enfrentamientos. En realidad,
Fontoura veía con buenos ojos la presencia de las tropas
de ocupación británicas. Seguramente se abrirían nuevas
oportunidades en materia comercial, que Paulo Fontoura
podría aprovechar para mayor beneficio. No hay que olvidar que una de las principales banderas de la expansión inglesa, era promover e incluso forzar la apertura comercial en sus colonias y protectorados.
Cuando en septiembre de 1807, como consecuencia de un
acuerdo firmado en Buenos Aires, los ingleses abandonaron la plaza, el señor Paulo Fontoura quedó en una posición incómoda. Si bien había logrado adquirir bienes que los comerciantes británicos habían malbaratado en su retirada, lo cual le reportaría beneficios, por otro lado su posición a favor de los invasores hacía que, desde entonces, las autoridades
españolas no lo miraran con buenos ojos.
Tres años más tarde, en mayo de 1810, llegó la noticia  que el Virrey había sido depuesto y que una junta había tomado su lugar en Buenos Aires. Al año siguiente, se agregó el hecho que la rebelión iniciada en la otra orilla del Plata, se había extendido a la campaña oriental, y un ejército de criollos al mando de José Artigas, avanzaba hacia la ciudad. 
La situación se hizo tan compleja, que Paulo Fontoura decidió que era tiempo de volver a Río de Janeiro antes que perder toda la fortuna que había hecho durante su estada en el país.
Apresuradamente se embarcó con toda su familia en mayo de 1811, precisamente unos pocos días antes que las tropas artiguistas pusieran sitio a la ciudad.
Salvador, Manoel, Pedro y Jacinta, decidieron no acompañar a su amo, y por más que él insistiera con las autoridades para que los obligaran a seguirlo, porque eran sus esclavos, el gobierno de la ciudad, que no tenía ninguna simpatía por el Sr. Paulo Fontoura, demoró en tramitar su solicitud, resultando en los hechos que sus esclavos permanecieran en la ciudad. Finalmente, Paulo Fontoura, forzado por la premura y las circunstancias, emprendió viaje sin ulteriores reclamaciones.
(continúa)
"De todas partes vienen", D.Antón, Piriguazú Ediciones

sábado, 6 de abril de 2019

Fragmento del capítulo 3 de la novela  histórica "De todas partes vienen"
El Uruguay Guazú
"...  En Caibaté se desmoronó la resistencia guaraní-misionera. Los siete pueblos pasaron a manos portuguesas, se tomaron fuertes represalias con los sublevados y se relocalizaron las poblaciones. Como resultado de este revés histórico se escaparon al sur más de 15,000 personas que procuraron alejarse refugiándose en los bosques y sierras de la Banda Oriental.
En la Misión de San Borja los guaraníes recibieron la noticia de la derrota de Caibaté con mucha alarma y temor. Centenares de habitantes del pueblo tomaron sus pertenencias y se marcharon para eludir las represalias de los ejércitos europeos. Entre los emigrados estaba María Ñangacatú y sus hermanos Tomás y Santiago. Su padre había muerto en la batalla..
La peregrinación misionera fue multitudinaria. Caminando, a caballo, en carretas o en canoas, miles de personas abandonaron sus viviendas de los siete pueblos orientales y partieron hacia las praderas y colinas australes.
María y sus hermanos Tomás y Santiago lograron hacerse de tres caballos y montados en ellos emprendieron su marcha. Se vieron obligados a atravesar varios ríos, el caudaloso Ibicuy, el Cuareim, el Daymán, el Queguay y numerosos cursos de agua menores.
Cuando consideraron que ya estaban fuera de peligro comenzaron a buscar un lugar en donde aquerenciarse.
Finalmente lo hicieron en la ribera sur del río Hum también llamado Negro por los españoles. Allí había un paso donde las aguas tenían menor profundidad y era aprovechado por troperos y jinetes..
El lugar ya estaba habitado por varias familias guaraníes, algunas recién llegadas y otras que estaban allí desde hacía bastante tiempo.
Los inmigrados que se establecieron en ese lugar habían aprovechado la existencia de un grupo concentrado de vecinos criollos bastante numeroso que proporcionaba una defensa mínima contra los bandidos de la campaña.
Cuando llegó a la región de Soriano en 1756 María tenía 23 años. Su hermano Tomás era tres años mayor que ella y Santiago era dos años menor. Entre los tres y con la ayuda de otro guaraní misionero de nombre Juan Arapí, oriundo del pueblo de Yapeyú, levantaron un pequeño rancho de varas y techo de paja a orillas del río.
María se ocupaba de mantener la casa y atender una huerta a la vera del ranchito.
Habían transcurrido unos meses de su llegada cuando María y Juan decidieron formar pareja levantando su propia vivienda al lado de sus hermanos y muy cercano a la orilla del río.
Santiago permaneció en la zona del Hum donde se construyó una canoa para salir a pescar por el río Hum hasta Espinillo e incluso en el propio río Uruguay. Con el tiempo se estableció en Santo Domingo de Soriano donde formó familia. y varios años después, tropeó en las estancias cercanas desde Espinillo a Víboras.
Por su parte, Tomás Ñangacatú se conchabó como tropero arriando ganado desde las estancias de los parajes de San Salvador y Santo Domingo hacia el interior del territorio. Tuvo una vida trashumante yendo a  tropear en las estancias del Yi e incluso, realizó viajes hacia la frontera y aún más allá en las tierras portuguesas del Río Grande de São Pedro.
Algunos años más tarde se estableció en Paysandú. Sus faenas de tropero lo llevaron al Salto donde murió cruzando tropa en el Salto chico. Tuvo dos hijos, Felipe y María que habrían de permanecer en Paysandú  hasta la época artiguista y luego cuando llegaron los pórtugueses cruzaron a Arroyo de la China. María se casó en esa ciudad donde constituyó la matriarca de una familia tradicional de la futura Concepción del Uruguay.
Felipe habría de volver a cruzar el río para incorporarse a los ejércitos revolucionaros de Lavalleja.
"De todas partes vienen", D.Antón, Piriguazú Ediciones
  "
Fragmento del capítulo 5 de la novela histórica "De todas partes vienen"
Montevideo, año 1806
Era un momento de solaz para los más de 2000 negros esclavos que había en la ciudad. También era una oportunidad de juntarse para revivir antiguas ceremonias africanas, en particular de Congo, Angola y Mozambique, que eran los lugares de proveniencia de la mayor parte de los esclavos de la ciudad.
Jacinta, que se había criado en Río de Janeiro, y por tanto tenía una experiencia en candomblés cariocas, procuraba no faltar a ninguna de las sesiones de tangos que se organizaban en las afueras de la ciudad en los últimos días de diciembre y primera semana del mes de enero.
Los negros de Montevideo hablaban una especie de jeringoza, un “creole” propio que era una mezcla de español, portugués y varios idiomas africanos, sobre todo del Congo y Angola.  Se le llamaba “bozal”. 
En Río tenían un “bozal” diferente, porque al portugués y al vocabulario y modismos africanos, se agregaban expresiones  y formas gramaticales de la “lingua geral”, proveniente  del idioma tupinambá.
Jacinta hablaba este dialecto carioca y necesitó adaptarse al bozal montevideano. Lo hizo muy rápido. 
En poco tiempo, Jacinta se incorporó de hecho y de derecho a los tangos de extramuros e incluso fue una “mama vieja”, o “mae de santo” como decían en Río, del candomblé montevideano que más tarde se denominaría “candombe”.
Por el año 1806, al cabo de varios años de estadía de la familia Fontoura en Montevideo, la situación política se complicó considerablemente en la ciudad.
Un mediodía de fines del mes de junio de ese año, llegaron mensajeros de Buenos Aires con la noticia que dicha ciudad había sido tomada por una flota inglesa. 
Ya hacía unas tres semanas que se había visto navíos ingleses frente a Montevideo, aparentemente con rumbo a Buenos Aires. Tripulantes de un buque español habían podido divisar varias embarcaciones británicas que se dirigían al oeste. Por esa razón, la noticia no fue una total sorpresa, pero de todos modos implicaría un profundo  cambio en la vida de todos los montevideanos.
Desde el momento que se supo que Buenos Aires había caído en poder de los ingleses, los españoles de Montevideo y algunos otros que llegaron de Buenos Aires comandados por el capitán Santiago de Liniers, se organizaron con el fin de reconquistar la capital virreinal.
Finalmente, la misión se cumplió. Las fuerzas lideradas por Liniers,  compuestas de 23 navíos y 10,000 hombres, lograron la victoria. 
Luego de varios días de combates, se forzó la rendición de los invasores ingleses el 20 de agosto de ese mismo año.
La retirada inglesa de Buenos Aires habría de tener consecuencias dramáticas para la propia ciudad de Montevideo.
Unos meses después, en la madrugada del 5 de enero de 1807, se divisó a la distancia la silueta de varios barcos ingleses que parecían volver por una revancha. En los hechos se pudo comprobar que así era. Un mes después, el 2 de febrero de 1807, se produjo el desembarco.
Los marinos ingleses bajaron a tierra a unas dos leguas de la ciudad para continuar avanzando hacia las gruesas murallas de la plaza fuerte.
Luego de intensos enfrentamientos, en donde participaron las fuerzas españolas locales organizadas, en las que se integraron muchos vecinos montevideanos, Montevideo cayó el 3 de febrero de 1807,
Más de 300 defensores murieron en la toma de la ciudad, y otros cientos quedaron heridos sobrepasando con creces la capacidad del Hospital de Caridad. Los marinos ingleses establecieron su gobierno, facilitando incluso el desembarco de comerciantes y mercaderías ya previstas en los planes del Almirantazgo.
Ni el señor Fontoura ni sus hijos, y mucho menos sus esclavos, participaron en los enfrentamientos. En realidad, Fontoura veía con buenos ojos la presencia de las tropas de ocupación británicas. Seguramente se abrirían nuevas oportunidades en materia comercial, que Paulo Fontoura podría aprovechar para mayor beneficio. No hay que olvidar que una de las principales banderas de la expansión inglesa, era promover e incluso forzar la apertura comercial en sus colonias y protectorados.
Cuando en septiembre de 1807, como consecuencia de un acuerdo firmado en Buenos Aires, los ingleses abandonaron la plaza, el señor Paulo Fontoura quedó en una posición incómoda. Si bien había logrado adquirir bienes que los comerciantes británicos habían malbaratado en su retirada, lo cual le reportaría beneficios, por otro lado su posición a favor de los invasores hacía que, desde entonces, las autoridades españolas no lo miraran con buenos ojos.
Tres años más tarde, en mayo de 1810, llegó la noticia  que el Virrey había sido depuesto y que una junta había tomado su lugar en Buenos Aires. Al año siguiente, se agregó el hecho que la rebelión iniciada en la otra orilla del Plata, se había extendido a la campaña oriental, y un ejército de criollos al mando de José Artigas, avanzaba hacia la ciudad. 
La situación se hizo tan compleja, que Paulo Fontoura decidió que era tiempo de volver a Río de Janeiro antes que perder toda la fortuna que había hecho durante su estada en el país.
Apresuradamente se embarcó con toda su familia en mayo de 1811, precisamente unos pocos días antes que las tropas artiguistas pusieran sitio a la ciudad.
Salvador, Manoel, Pedro y Jacinta, decidieron no acompañar a su amo, y por más que él insistiera con las autoridades para que los obligaran a seguirlo, porque eran sus esclavos, el gobierno de la ciudad, que no tenía ninguna simpatía por el Sr. Paulo Fontoura, demoró en tramitar su solicitud, resultando en los hechos que sus esclavos permanecieran en la ciudad. Finalmente, Paulo Fontoura, forzado por la premura y las circunstancias, emprendió viaje sin ulteriores reclamaciones.
(continúa)
"De todas partes vienen", D.Antón, Piriguazú Ediciones

martes, 18 de septiembre de 2018


Capítulo 4 Sangre y coraje   (de la novela histórica "De todas partes vienen").
Desde la distancia, Aratá Guanoá comprendió que no podía hacer nada para defender a su padre, que ya era demasiado tarde. Procurando salvar al resto de la tribu encabezó una rápida retirada con media docena de guerreros, unas pocas mujeres que quedaban y una veintena de niños.
Terminó de ponerse el sol y la mermada comunidad logró escabullirse refugiándose en los montes del Arapey.  
En ese momento, las tolderías guanoás eran una sombra de lo que habían sido en el pasado. Luego de la derrota del ejército artiguista quedaban apenas tres grupos pequeños y dispersos que no excedían el centenar de personas.
Los campos de la Banda Oriental se habían despoblado. Se notaba la ausencia de ganado cimarrón. 
Charrúas y guanoás sufrieron fuertemente su participación en los conflictos
militares. La falta de ganado cimarrón dificultaba la sobrevivencia.
La toldería guanoá de Aratá logró sobrevivir muchas dificultades pero ahora la situación era más grave. Requeriría nuevas estrategias. .
Habían pasado varios años desde la muerte de Isa–istaut. Luego de la derrota del Salto Chico habían optado por desplazarse a los montes del Arapey, y por ellos hasta la confluencia del arroyo Arerunguá. La comunidad estaba compuesta por cinco guerreros y apenas treinta personas. Tenían solo una decena de caballos.
Bajo el dominio portugués era mejor pasar desapercibidos, De todas maneras, no había más remedio que acercarse a las estancias con el fin de conseguir reses para la alimentación.
Cuando trataron de hacerlo fueron rechazados y debieron retirarse. Para obtener alimentos recurrían a la pesca, a la utilización de trampas para cazar pequeños mamíferos, huevos y frutas silvestres, y solo esporádicamente carneaban algún vacuno. Por esa época fue que se produjo el cruce del río grande por los criollos artiguistas que convocaban nuevamente a la lucha revolucionaria contra los portugueses. En esos momentos se consolidaba la rebelión oriental en el sur, desde Mercedes a San José, y de Florida al sitio de Montevideo. En el norte no quedaban más de 500 “indios bravos” repartidos en seis tolderías, tres comunidades guanoás y tres de nación charrúa. Ya no sobrevivía ningún grupo de la parcialidad bohán. Los pocos sobrevivientes bohanes se habían integrado a la toldería de Polidoro, cuya madre era de origen bohán.
Las comunidades aborígenes resistentes decidieron reunirse en las puntas del Arerunguá, para definir una estrategia común en su lucha contra los ocupantes brasileros y sus relaciones con los criollos rebeldes.
Allí llegaron todos. Estaban las tolderías charrúasn de Vaimaca, Venado y Polidoro. También se hicieron presentes las grupos guanoás de El Adivino, Juan Pedro y Aratá. Si bien había escasez de tropillas en la campaña, los “indios bravos” habían reunido una cantidad suficiente para asistir al encuentro.
Las ceremonias duraron varios días. Había tabaco, yerba mate y aguardiente. Invocaron a los espíritus del jaguar, de Quarahy y la diosa lunar a través de sonidos de tambores y danzas y cantos. Luego de prolongadas discusiones, los principales shamanes incorporaron las almas de los antepasados. Entre los guanoás el hombre medicinal principal era llamado El Adivino precisamente por esa razón. Entre los charrúas, el guía espiritual era Senaqué, que pertenecía a la toldería de Vaimaca.
Los ancestros les aconsejaron apoyar a los criollos rebeldes pero tener cuidado porque entre ellos había enemigos traicioneros.
Luego de la reunión se retiraron en varias direcciones, los grupos charrúas hacia los montes del Queguay, y las tolderías guanoás a las quebradas de las sierras de Tacuarembó.
Pasaron varios años desde la ajaba del Arerunguá. Los criollos habían logrado el control político de la Banda Oriental. Montevideo fue desocupada por los brasileros que también se habían retirado del país. A la vez habían llegado miles de guaraníes de la Misiones Orientales que se establecieron cerca de la boca del Cuareim. Los criollos de Montevideo eligieron a Fructuoso Rivera como su presidente. Los jefes charrúas y guanoás pensaban que Rivera era su amigo. Él estaba al mando de sus guayakises, así llamados por estar constituidos por indígenas y mestizos que eran considerados “salvajes”
en su comportamiento guerrero, similar, según creencias de la época, a la ferocidad de la etnia guayakí de las selvas paraguayas.
Probablemente guanoás y charrúas podrían tener derecho a territorios propios sin agresiones de ejércitos extranjeros.
Más tarde, los hechos habrían de mostrar que Don Frutos no era su amigo.
En abril de 1831 el presidente del nuevo estado de Montevideo los invitó a reunirse con él para organizar la posible recuperación de las estancias del norte del Cuareim, que habían sido otorgadas a Brasil por la Convención Preliminar de Paz. Allí habían, decía Rivera, miles de cabezas de ganado en las estancias y muchas tropas cimarronas que permitirían que las comunidades nativas se alimentaran sin problemas en el futuro.
El encuentro tendría lugar en las puntas del Salsipuedes. Varios jefes que tenían particular confianza en don Frutos concurrieron a la cita mientras que otros, más desconfiados prefirieron permanecer lejos. Entre estos últimos estaban Venado, Polidoro y Aratá.
La cita era una trampa. Ante una señal de Don Frutos, los charrúas, que habían desmontado, fueron atacados, varios de ellos muertos y el resto reducidos.
Después de Salsipuedes, los charrúas quedaron disminuidos a unas pocas decenas, el resto fue trasladado a Montevideo. Mujeres y niños se distribuyeron entre los vecinos criollos en condiciones de semi-esclavitud.  Mientras esto ocurría, las tropas gubernamentales al mando de Bernabé Rivera trataban de neutralizar al cacique Venado y varios guerreros que lo acompañaban, así como de apresar a las familias sobrevivientes de su toldería.
Se preparó una emboscada que terminó con la muerte de Venado y sus guerreros, y el apresamiento del resto de la toldería. Debemos recordar que Bernabé, a pesar de ser considerado el hermano menor de Fructuoso Rivera, era en realidad su sobrino, pues era hijo natural no reconocido de una hermana de Don Frutos, de nombre María Luisa,
con un brasileño de apellido Duval. Luego de la muerte de Venado, se encargó a Bernabé la persecución de guaraníes misioneros rebeldes. Éstos habían llegado de las Misiones Orientales unos años antes con Rivera y se habían establecido en Santa Rosa del Cuareim. Estaban liderados por Agustín Napacá, quien al mando de cuarenta hombres se había rebelado contra el nuevo gobierno del estado oriental.
Con unos sesenta soldados Bernabé logró localizar a los rebeldes en la costa del río Cuareim. Los atacó y los obligó a cruzar el río hacia la Sierra del Yarao.
En ese momento se enteró que a unas cuatro leguas se encontraba una toldería charrúa y Bernabé decidió ir a combatirla, tal como lo había hecho anteriormente con Venado.
Era la comunidad charrúa de Polidoro que estaba acampada en la zona de Yacaré Cururú. Bernabé decidió culminar la tarea comenzada por su tío Frutos eliminando los remanentes de la tribu.
Transcurría el día 20 de junio de 1832. Allí, en el arroyo Yacaré Cururú, se produjo el nuevo enfrentamiento que terminó con la captura y muerte de Bernabé Rivera en manos de los charrúas.

jueves, 10 de mayo de 2018


Fragmento de la novela histórica "De todas partes vienen"

La llegada a extrañas tierras

El viaje fue tranquilo y rápido. Ninguna tormenta fuera de lo común, apenas unas marejadas de corta duración
Algunos cautivos se enfermaron y hubo una decena que murieron y fueron arrojados por la borda como solía ocurrir. 
Por lo demás no hubo mayores problemas. Al fin del trayecto el buque estaría llegando la Bahía de Guanabara en la costa brasileña con más de 150 prisioneros africanos que serían vendidos en el mercado local.
A fines del siglo XVIII la ciudad de Río de Janeiro era una urbe con numerosa población y un dinamismo extraordinario. Era la capital del vasto imperio portugués del Brasil que se extendía desde el río Amazonas hasta muy cerca del río de la Plata. 
La diversidad cultural y étnica era muy grande. La mayor parte de la población tenía origen tupí más o menos mestizado. En los barrios cariocas se hablaba principalmente la lingua geral que era un dialecto local derivado del tupinambá del sur. Pero también se escuchaban diálogos en idiomas africanos: congo, kimbundo, ovimbundo y yoruba
Por supuesto, el idioma oficial del Imperio era el portugués y, a pesar que la población en general no lo hablaba fluidamente, todos los trámites burocráticos y administrativos debían realizarse en ese lenguaje. 
Los esclavos eran desembarcados en el Cais do Valongo, principal muelle de entrada de los esclavos provenientes de Africa, situado al norte de la ciudad. Se señala que en el siglo en que estuvo operativo el Cais do Valongo pasaron por allí más de un millón de cautivos rumbo a la esclavitud en Brasil y otras colonias europeas en América.
La nave había atracado en Río de Janeiro pocos días antes de las fiestas de Natal. Las iglesias de la ciudad estaban más concurridas que de costumbre con sus presepios1 pintorescos colmados de figurines de colores, San José, la Virgen, el Niño en su cuna, los animales del establo. Una procesión religiosa recorría la ciudad desde la Plaza de Armas hasta la Iglesia de San António. Las principales familias, sacerdotes y sacristanes competían para crear la mejor escenografía icónica de la ciudad. En los barrios populares con población mestiza y ascendencia africana comenzaban a celebrarse fiestas relacionadas con las creencias aborígenes a las que se habían agregado elementos religiosos provenientes de África. La sociedad carioca se encontraba en pleno proceso de sincretización de las festividades católicas con las visiones espirituales y ceremonias de aborígenes, esclavos y libertos de origen africano.  
El verano en Río de Janeiro era caluroso y húmedo. El final de diciembre es coincidente con el comienzo  de la estación lluviosa. Si bien la radiación solar era más fuerte y las temperaturas tendían a subir,  el efecto de la lluvia impedía que el calor se incrementara demasiado. Las precipitaciones generalmente  acontecían al atardecer pero en ocasiones podían continuar por varios días. Esta situación climática perturbaba la operación de desembarco y albergue de los cargamentos humanos traídos por los buques esclavistas.
Al momento de llegar el São Jorge estalló una lluvia muy intensa que habría de durar tres días sin escampar. Los prisioneros debieron permanecer todo ese tiempo a la intemperie mojándose y recién cuando dejó de llover fueron trasladados a dos grandes barracones en donde ya había más de un centenar de cautivos. Durante ese período se les alimentó precariamente con galletas secas. 
Cansado, hambriento y confundido Lukamba creía estar viviendo un mal sueño. Y sin embargo era real.  Ya iban más de dos meses que había sido hecho prisionero en Bié y desde entonces estaba encadenado sin poder mover libremente sus brazos y sus piernas, ni poder atender sus mínimas necesidades fisiológicas, se había alimentado con poca comida de muy mala calidad y solo había recibido insultos y castigos por parte de sus captores.  Para empeorar la situación había sido trasladado más allà del océano a tierras extranjeras totalmente desconocidas. 
Atrás había quedado su familia, sus amigos, los parajes habituales, en fin, todos los recuerdos de vida desde su niñez. 
Mientras cavilaba estos pensamientos y comprobaba que un rayo de sol matutino afloraba por unas rendijas del cobertizo donde él y sus compañeros de reclusión estaban alojados pudo apreciar que se aproximaban tres guardias. Parecían africanos pero hablaban entre sí un dialecto ininteligible. Se acercaron al grupo de prisioneros con baldes de agua y jabones y comenzaron a lavar los prisioneros uno por uno. 
Al cabo de algunos minutos le tocó el turno a Lukamba que, a pesar de todos los sinsabores parecidos, recibió con placer el líquido que lo liberaba de las costras de mugre y olores que había acumulado en las últimas semanas. 
A medida que fueron completando la operación los hombres permitieron que los cautivos se pusieran de pie, sin quitarles las cadenas, y lentamente los fueron llevando fuera de los barracones en grupos de diez. Una vez en el exterior los comenzaron a subir a una especie de tablado donde quedaban expuestos a la vista de algunas personas que esperaban conversando animadamente.
Lukamba fue obligado a subir al estrado mientras un hombre vociferaba palabras, para él indescifrables, destinadas al público que se había aproximado al lugar en el transcurso de la mañana.
Tal como lo había imaginado, en ese lugar él y sus compañeros de infortunio estaban siendo vendidos como esclavos.
Un hombre pequeño y delgado, que ya había comprado otros cuatro esclavos en el remate, también ofertó por Lukamba quien, al igual que los demás, fue bajado del tablado incorporándose a otros cautivos encadenados que habían sido ubicados al costado del tablado de exposición y venta. 
El contingente estaba formado por cinco varones jóvenes incluyendo a Lukamba.
Mientras esperaban, los prisioneros procuraban comunicarse discretamente a través de sus lenguas comunes o por medio de señas con éxito limitado. Lukamba comenzaba a rearmar su comprensión del mundo desde este nuevo contexto tan diferente. Según pudo enterarse, de acuerdo a las pocas palabras que pudo escuchar, y observando los tatuajes faciales ceremoniales, ninguno pertenecía a la nación ngenguele. Pudo deducir que dos de los presos eran congos, uno era ovambo y el otro ovimbundo-
Luego de una prolongada espera los cautivos fueron conducidos a un sector contiguo al barracón principal donde había varios hombres calentando fierros al rojo en un brasero lleno de carbones candentes. Se escuchaban los gritos de los esclavos que eran marcados con un ferro quente para colocar un carimbo en sus nalgas. Cuando le tocó el turno a Lukamba dos hombres le obligaron a bajarse sus calzones y lo sostuvieron durante la operación. El carimbeiro no tuvo ninguna misericordia. Aplicó su fierro marcador sobre la piel delicada y casi inmediatamente lo retiró dejando una herida profunda. Nunca había Lukamba experimentado un dolor igual, tan insoportable e intenso. Según pudo sentir en ese momento su pesadilla no había terminado. En realidad, recién empezaba.
Se despertó esa mañana pensando en las tareas que le esperaban en el día. La vida para los esclavos que habían sido destinados a las factorías balleneras del sur de Brasil (armaçãos baleeiras) era exigente y sacrificada. Los tripulantes y arponeros de los barcos balleneros debían asumir riesgos permanentes. Los mares en las latitudes de la isla de Santa Catarina eran ásperos y tormentosos, los naufragios eran frecuentes y muchos esclavos morían ahogados. En tierra el trabajo era duro e incesante. El personal de las factorías o armaçoes se ocupaba de carnear los cetáceos, procesar la grasa y cortar leña para los hornos de los ingenios.
A Lukamba, quien había sido bautizado Joazinho por sus compradores, le había tocado la ingrata labor de faenar las ballenas recién capturadas. La tarea consistía en separar la grasa de la piel dura del cetáceo, cortar la carne y extraer los demás órganos para su posterior comercialización o consumo. También, junto con otros esclavos, debía ir a cortar leña en los bosques cercanos para abastecer los hornos de la armação.
Tomado de "De todas partes vienen", D.Antón, Piriguazú Ediciones