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martes, 3 de julio de 2018

El  país charrúa

Es atardecer de verano en los países del Sur.
El sol se ha puesto por detrás de nubarrones arremolinados y densos que dejan pasar algunos últimos rayos solares entre sus grises formas aborregadas.
Las luces del atardecer se proyectan en la bóveda crepuscular generando una gran diversidad de colores cambiantes y de figuras sugestivas.
Comienza a soplar el viento sobre la vasta superficie acuática, se levanta el oleaje, los árboles inclinan sus copas levemente.
A la distancia se puede apreciar el resplandor de relámpagos esporádicos que anuncian que se acerca una nueva tormenta al país del jaguar.
Los pescadores del río-mar recogen sus redes y retroceden a sus ensenadas y aldeas.
Mañana, cuando todo amaine, será posible volver a salir al mar.
Desde las costas de las grandes barrancas hasta las tierras anegadizas del Paraná hay otros pescadores que también vuelven a sus campamentos y caseríos por esta noche.

La mayor parte de la gente del río-mar pertenece a la nación charrúa.
Por más de cien generaciones y miles de soles nuevos los charrúas habitaron las orillas e islas del río-mar.
Navegaban el oleaje en sus imponentes canoas, que podían albergar hasta cuarenta remeros de pie, para pescar corvinas, sábalos y otros peces, para comerciar o para combatir sus amigos-enemigos.
Estamos hablando de un pueblo antiguo, hecho a la semejanza del río como mar.
Ellos también cazaban y recogían frutos y semillas de praderas y bosques, y donde era posible plantaban sus cultivos, el maíz, los porotos, los zapallos, el tabaco, y hacia el norte, la mandioca y el algodón.
Comerciaban periódicamente con los pueblos vecinos. Intercambiaban productos del mar, frutos, granos y semillas, productos de la caza, sal y minerales, tinturas, plumas, amuletos y objetos de metal provenientes de las montañas lejanas.
Las guerras no eran frecuentes. Los charrúas eran hombres y mujeres fuertes y decididos, buenos remeros, rápidos en la carrera y el nado, diestros en el manejo del arco, la lanza, la maza y las boleadoras. Eran defensores encarnizados de sus territorios ancestrales.
Además eran muchos. En toda su zona de influencia había más de cincuenta comunidades que podían albergar a uno o dos centenares de familias cada una.
Se extendían desde el extremo oeste de su país, en las tierras bajas del Paraná, lindando con los timbúes, hasta las puntas rocosas en el este del río-mar donde solían acampar los goanoás durante la época de la corvina.
A veces las comunidades charrúas tenían conflictos entre sí.
Algunos grupos que intentaban ingresar sin autorización en el territorio reconocido de otros podían provocar tensiones y reacciones, incluso enfrentamientos.
Claro, que se procuraba reducir la violencia a un mínimo. En muchos casos se pactaban batallas rituales que rara vez terminaban con la muerte de alguno de los contendientes. Estas batallas podían realizarse en el río, entre canoeros, o en tierra usando las lanzas, mazas y boleadoras.
Más sangrientos podían resultar los enfrentamientos con lanzas, flechas y boleadoras con algunos pueblos guerreros que habían migrado hacia el Sur en los últimos tiempos. En particular hubo guerras duras con algunas comunidades guaraníes que procuraron instalarse por la fuerza en costas charrúas.
También hubo combates con los goanoás por el control de las pesquerías del este y el marcado y caza de los rebaños de venados y pecaríes en las zonas de praderas.
Al norte, los charrúas desarrollaron una relación generalmente pacífica con las naciones de yaros y bohanes. Sin embargo, más de una vez hubo conflictos con ellos, particularmente cuando estos pueblos del norte pretendieron establecerse en islas y costas que habían sido charrúas por mucho tiempo.
Con los timbúes las relaciones eran más cordiales. Habitualmente canoeros de ambas naciones se visitaban mutuamente trayendo mercaderías y noticias.
Los timbúes eran numerosos y tenían contactos con otros pueblos aguas arriba del gran río de donde venían algunos productos comerciados.
Las aldeas charrúas tenían líderes religiosos, mujeres y hombres, generalmente ancianas y ancianos con ascendencia espiritual, y jefes de guerra cuando se producían conflictos.
En casos extremos, varios grupos se unían para enfrentar al enemigo común.
Las comunidades se convocaban por medio de señales de humo que contenían complejos códigos y mensajes para comunicarse a distancia.
En las aldeas charrúas los individuos desarrollaban numerosas habilidades. Las personas aprendían a fabricar viviendas, herramientas, variados objetos de utilidad práctica y armas. Así en cada comunidad había varios individuos que podían hacer redes y anzuelos, canoas y remos, morteros con sus manos, lanzas, arcos y flechas, boleadoras, encendedores de fuego, adornos plumarios, collares, peines, abrigos y pulseras. Hombres y mujeres estaban capacitados para obtener alimento para sí y su familia, para practicar los ceremoniales religiosos, plantar los principales cultivos y reconocer las plantas y animales útiles y medicinales.
De "Los Pueblos del Jaguar", D. Antón, Piriguazú Ediciones   

jueves, 8 de junio de 2017

La nación charrúa
(fragmento de Los Pueblos del Jaguar)


Danilo Antón

La nación charrúa fue la más importante de la región estuárico-ribereña del Paraguazú
Debido a su localización a la entrada de la gran cuenca uruguayo-paranaense fue una de las primeras naciones contactadas por los europeos. De acuerdo a las descripciones de Gaboto, Pero Lope de Souza, Schmidl y otros cronistas, se trataba de un pueblo de pescadores, hábiles canoeros que vivían en aldeas de unos pocos cientos de habitantes, en la zona que se extendía a lo largo de la costa estuárica y fluvial en los actuales departamentos uruguayos de San José, Colonia y Soriano, en la costa de Buenos Aires, en ciertas islas del delta del Paraná y al sur de la actual provincia de Entre Ríos. 
Es difícil conocer los datos demográficos precisos de la población charrúa. Algunos indicios permiten estimar que era relativamente numerosa, probablemente del orden de 20,000 a 30,000 individuos.
Antonio de Herrera en su Historia señalaba que al llegar la expedición de Juan Díaz de 
Solís “descubrían muchas casas de indios, y gente que con mucha atención estaba mirando pasar el navío, y con señas ofrecían lo que tenían, poniéndolo en el suelo, Juan Díaz de Solís quiso en todo caso ver que gente era esta, y tomar algún hombre para traer a Castilla”19 
En 1530 llegó la expedición portuguesa de Pero Lope de Souza a las costas de los actuales departamentos de Colonia y San José donde encontró una aldea, probablemente charrúa, que según estimaciones estaba constituida por un grupo de canoeros. El testimonio. De acuerdo a la crónica de esta incursión, al llegar ésta a la costa norte del río de la Plata la salieron a recibir cuatro almadías (canoas) que tenían entre 16 y 20 metros de largo aproximadamente (10 a 12 brazas) y poco men”os de un metro de ancho (media braza). En cada una de ellas venían cuarenta remeros de pie. En su segundo encuentro salieron seis almadías. Es decir, que tan sólo los remeros sumaban unos 240 hombres. Anota de Sousa que había muchas almadías más en tierra, y finalmente estima la población masculina de ese grupo en unos 600 hombres. Si le agregamos mujeres, niños y ancianos, podríamos llegar a una cifra total de alrededor de 2.000 a 2,500 personas en esa sola aldea.

Según esta misma crónica los nativos expresaron gran alegría y demostraron su amistad a través de obsequios y demostraciones de júbilo, nadando rápidamente cerca de las naves, y enviando varias canoas enormes con unos cuarenta remeros cada una para recibir a los visitantes,. «estaban tan felices que parecían locos».
Con todo, los expedicionarios, que seguramente tenían referencias de la experiencia trágica del navegante español Juan Díaz de Solís prefirieron no arriesgarse a desembarcar y prosiguieron viaje.
Esta descripción es probablemente la más ilustrativa de una comunidad charrúa en condiciones “pre-coloniales”.
Si imaginamos que había una veintena o poco más de comunidades charrúas en el estuario y delta y reduciendo el promedio poblacional de cada una a unas mil personas, la población charrúa total puede ser estimada razonablemente entre 20,000 y 30,000 personas, lo cual sería coherente con la cantidad de guerreros que describe en 1536 el aventurero y cronista alemán Schmidl que acompañó la expedición de Pedro de Mendoza afirmaba que en el sitio de Buenos Aires. En su crónica Schmidl describe unos 23,000 guerreros de cuatro naciones: “vinieron los indios contra nuestro asiento de Buenos Aires con gran poder e ímpetu hasta veintitrés mil hombres y eran en conjunto cuatro naciones; una se llamaba querandíes, la otra Guaraníes, la tercera Charrúas, la Cuarta Chaná- timbúes.”
Si los charrúas hubieran sido una cuarta parte de ese total que menciona Schmidl, cosa que parece probable, los guerreros charrúas involucrados en el sitio serían unos 5,000- 6,000 guerreros, lo que correspondería efectivamente a una población total de unos 20,000- 30,000 habitantes.
Setenta años más tarde, en 1607, cuando los charrúas se habían desplazado hacia el noroeste para alejarse de los centros de poder españoles, el gobernador de Asunción, Hernando Arias de Saavedra, todavía se refería a la región del Uruguay como “una provincia muy fértil y de gran suma de indios....”20 . 
 Poco después, en 1610, en la recientemente establecida ciudad de Buenos Aires, el gobernador Marín Negrón envió una carta al rey en que estima la población charrúa en unos “cuatro mil indios infieles”. Aunque no sabemos si en ese número se incluía toda la población o solo los “indios de armas” como solía hacerse se puede apreciar una cierta disminución de la población, seguramente relacionada al impacto de la colonización.
De "Los Pueblos del Jaguar". D-Antón, Piriguazú Ediciones.

Más info en daniloanton.blogspot.com

miércoles, 18 de noviembre de 2015

 El  país charrúa

Es atardecer de verano en los países del Sur.
El sol se ha puesto por detrás de nubarrones arremolinados y densos que dejan pasar algunos últimos rayos solares entre sus grises formas aborregadas.
Las luces del atardecer se proyectan en la bóveda crepuscular generando una gran diversidad de colores cambiantes y de figuras sugestivas.
Comienza a soplar el viento sobre la vasta superficie acuática, se levanta el oleaje, los árboles inclinan sus copas levemente.
A la distancia se puede apreciar el resplandor de relámpagos esporádicos que anuncian que se acerca una nueva tormenta al país del jaguar.
Los pescadores del río-mar recogen sus redes y retroceden a sus ensenadas y aldeas.
Mañana, cuando todo amaine, será posible volver a salir al mar.
Desde las costas de las grandes barrancas hasta las tierras anegadizas del Paraná hay otros pescadores que también vuelven a sus campamentos y caseríos por esta noche.
La mayor parte de la gente del río-mar pertenece a la nación charrúa.
Por más de cien generaciones y miles de soles nuevos los charrúas habitaron las orillas e islas del río-mar.
Navegaban el oleaje en sus imponentes canoas, que podían albergar hasta cuarenta remeros de pie, para pescar corvinas, sábalos y otros peces, para comerciar o para combatir sus amigos-enemigos.
Estamos hablando de un pueblo antiguo, hecho a la semejanza del río como mar.
Ellos también cazaban y recogían frutos y semillas de praderas y bosques, y donde era posible plantaban sus cultivos, el maíz, los porotos, los zapallos, el tabaco, y hacia el norte, la mandioca y el algodón.
Comerciaban periódicamente con los pueblos vecinos. Intercambiaban productos del mar, frutos, granos y semillas, productos de la caza, sal y minerales, tinturas, plumas, amuletos y objetos de metal provenientes de las montañas lejanas.
Las guerras no eran frecuentes. Los charrúas eran hombres y mujeres fuertes y decididos, buenos remeros, rápidos en la carrera y el nado, diestros en el manejo del arco, la lanza, la maza y las boleadoras. Eran defensores encarnizados de sus territorios ancestrales.
Además eran muchos. En toda su zona de influencia había más de cincuenta comunidades que podían albergar a uno o dos centenares de familias cada una.
Se extendían desde el extremo oeste de su país, en las tierras bajas del Paraná, lindando con los timbúes, hasta las puntas rocosas en el este del río-mar donde solían acampar los goanoás durante la época de la corvina.
A veces las comunidades charrúas tenían conflictos entre sí.
Algunos grupos que intentaban ingresar sin autorización en el territorio reconocido de otros podían provocar tensiones y reacciones, incluso enfrentamientos.
Claro, que se procuraba reducir la violencia a un mínimo. En muchos casos se pactaban batallas rituales que rara vez terminaban con la muerte de alguno de los contendientes. Estas batallas podían realizarse en el río, entre canoeros, o en tierra usando las lanzas, mazas y boleadoras.
Más sangrientos podían resultar los enfrentamientos con lanzas, flechas y boleadoras con algunos pueblos guerreros que habían migrado hacia el Sur en los últimos tiempos. En particular hubo guerras duras con algunas comunidades guaraníes que procuraron instalarse por la fuerza en costas charrúas.
También hubo combates con los goanoás por el control de las pesquerías del este y el marcado y caza de los rebaños de venados y pecaríes en las zonas de praderas.
Al norte, los charrúas desarrollaron una relación generalmente pacífica con las naciones de yaros y bohanes. Sin embargo, más de una vez hubo conflictos con ellos, particularmente cuando estos pueblos del norte pretendieron establecerse en islas y costas que habían sido charrúas por mucho tiempo.
Con los timbúes las relaciones eran más cordiales. Habitualmente canoeros de ambas naciones se visitaban mutuamente trayendo mercaderías y noticias.
Los timbúes eran numerosos y tenían contactos con otros pueblos aguas arriba del gran río de donde venían algunos productos comerciados.
Las aldeas charrúas tenían líderes religiosos, mujeres y hombres, generalmente ancianas y ancianos con ascendencia espiritual, y jefes de guerra cuando se producían conflictos.
En casos extremos, varios grupos se unían para enfrentar al enemigo común.
Las comunidades se convocaban por medio de señales de humo que contenían complejos códigos y mensajes para comunicarse a distancia.
En las aldeas charrúas los individuos desarrollaban numerosas habilidades. Las personas aprendían a fabricar viviendas, herramientas, variados objetos de utilidad práctica y armas. Así en cada comunidad había varios individuos que podían hacer redes y anzuelos, canoas y remos, morteros con sus manos, lanzas, arcos y flechas, boleadoras, encendedores de fuego, adornos plumarios, collares, peines, abrigos y pulseras. Hombres y mujeres estaban capacitados para obtener alimento para sí y su familia, para practicar los ceremoniales religiosos, plantar los principales cultivos y reconocer las plantas y animales útiles y medicinales.
De "Los Pueblos del Jaguar", D. Antón, Piriguazú Ediciones