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viernes, 6 de marzo de 2020

Elaine Morgan: una revolución paradigmática en antropología



Elaine Morgan fue una estudiosa británica, nacida en Gales en noviembre de 1920, que dedicó gran parte de su vida a investigar los orígenes de la humanidad. A pesar de que su profesión, periodista, puede parecer alejada de la biología evolutiva o la antropología, esta sorprendente mujer ha sido capaz, a lo largo de más de treinta años, de realizar un trabajo de gran rigor científico y, en opinión de algunos expertos en el tema, «sus escritos no muestran señal alguna de amateurismo. Elaine Morgan ha realizado una genuina contribución a la teoría de la evolución».
El modelo evolutivo defendido por Morgan, sin embargo, ha sido muy poco valorado por la comunidad científica en general. Las razones de este rechazo son tan difíciles de entender que ciertos autores sostienen que «el coste de dar la razón a Elaine Morgan provocaría una profunda crisis en la Paleoantropología. Su marginación bien podría ser el precio por su heterodoxia.» 
Dicho esto, para aproximarnos brevemente al modelo propuesto por esta investigadora, conviene empezar por una cuestión crucial que atañe a los comienzos de nuestra evolución, y que no tiene como fin realzar nuestras similitudes con los grandes simios, sino que por el contrario centra la atención en lo que nos distingue. Esto es: ¿Por qué los humanos y los simios muestran llamativas diferencias entre ellos a pesar de su estrecha semejanza genética?
Desde un punto de vista darwiniano, los evolucionistas usualmente atribuyen tales diferencias a los efectos de distintas presiones ambientales. Siguiendo este razonamiento, puede suponerse que, a partir de una población antecesora común, la línea evolutiva que dio origen a los homínidos se escindió de la que originó a los chimpancés y a los gorilas, y ocuparon hábitats distintos que explicarían sus divergencias.
Durante casi todo el siglo XX, mayoritariamente se ha asumido que el entorno que propició la evolución humana fue considerablemente más seco que aquel en que vivieron nuestros parientes africanos. En otras palabras, los expertos han considerado que las principales diferencias simio/humano pueden justificarse por el alejamiento de una población ancestral desde la selva o el bosque húmedo hacia los espacios abiertos y secos de las praderas africanas. Conocido como hipótesis de la sabana, este modelo evolutivo fue rápidamente admitido y ejerció una poderosa influencia sobre la Paleoantropología.
No obstante, el modelo de la sabana no ha sido el único propuesto. Algunos evolucionistas, entre los que destaca Elaine Morgan, han sugerido que los primeros homínidos, tras abandonar los bosques, recorrieron un inusual camino evolutivo conectado al ambiente acuático (de agua dulce o marina). Este entorno, al someterlos a presiones ambientales distintas a las de sus primos africanos, habría propiciado el surgimiento de características anatómicas singulares propias de nuestro linaje.
Gorilas caminando erguidos.
En defensa del escenario acuático Elaine Morgan llevó a cabo una relación rigurosamente elaborada de los caracteres que hacen que los humanos seamos llamativamente distintos de los simios y también de los otros mamíferos de la sabana. La autora se está refiriendo a: el andar bípedo, la pérdida del pelo corporal, la presencia de una capa de grasa subcutánea o el desarrollo de un cerebro grande.
Según Morgan, los antepasados de los homínidos habrían vivido durante un prolongado período de tiempo en un hábitat inundado semi-acuático –entendiendo por semi-cuático alternancia de periodos en tierra y periodos en el agua para huir de depredadores o buscar alimentos– antes de retornar a un estilo de vida predominantemente terrestre. Así, cuando llegaron a la sabana los homínidos eran ya diferentes de los simios: presentaban características anatómico-fisiológicas que se detectan con frecuencia en los animales acuáticos.
Entre los defensores de una fase acuática en la evolución humana anteriores a Morgan, destaca el médico patólogo alemán Max Westenhofer (1871-1957) quien, en un artículo publicado en 1923, señalaba que en los órganos humanos se detectan aspectos que también están presentes en los animales acuáticos. Sus argumentos, sin embargo, nunca fueron tenidos en cuenta ni discutidos por otros autores, y apenas se conocieron.
El biólogo marino británico y profesor de Oxford sir Alister Hardy (1896-1985) retomó nuevamente ese modelo en 1960. Después de haber estudiado las capas de grasa subcutánea de las ballenas y las focas, cuya función en el agua es de aislante térmico, Hardy se planteó la posibilidad de que el ser humano, que también presenta grasa subcutánea, hubiese estado en el pasado estrechamente relacionado a un medio acuoso. Pero la recepción entre sus pares del modelo fue muy escasa. Sólo un científico en aquellos años la consideró públicamente como «muy convincente», y pronto la teoría fue relegada al olvido.
Unos años más tarde, en 1967 y en su celebrado libro El mono desnudo,  Desmond Morris (1928) dedicó sólo un par de páginas a resumir los argumentos de Hardy. Despreció su hipótesis por considerar que no estaba demostrada, y que si fuera cierta su importancia sería mínima.
Elaine Morgan, por el contrario, ha señalado que cuando ella leyó sobre la hipótesis del medio acuático en nuestro remoto pasado sintió «como si todo el paisaje evolutivo se hubiese transformado […]. Me dejó atónita que una clave como esta se hubiera puesto en manos de los expertos y que ellos continuasen escribiendo sobre el descenso de los árboles a las llanuras como si nada hubiese pasado». La científica dedicó más de treinta años a defender y modernizar la hipótesis de Hardy, y hasta su fallecimiento en julio de 2013 ha sido su principal, aunque no única, mentora.
Desde finales del siglo XX, y al calor de los últimos descubrimientos, el relato tradicional sobre cómo evolucionaron algunas de las características que hoy nos distinguen de los simios se ha sometido a un duro escrutinio. Uno de sus resultados ha sido constatar que gran parte de las adaptaciones propias de los homínidos ya existían cuando éstos se desplazaron a las planicies abiertas africanas. Así por ejemplo, el carácter que define a los homínidos, andar únicamente sobre las extremidades posteriores, hoy se admite que surgió un millón de años antes de lo supuesto, lo que ha debilitado considerablemente la hipótesis de la sabana.
Los últimos descubrimientos desconcertaron a los paleoantropólogos, y algunos, aunque pocos, pensaron que la hipótesis acuática podría discutirse con mayor cuidado. Por ejemplo en 1995, el prestigioso investigador Philips Tobias (1925-2012), en una conferencia científica celebrada el University College de Londres, apuntaba que «debemos gratitud a Elaine Morgan por la manera rigurosa con la que ha reunido y encajado un cuerpo enorme de evidencias». Asimismo, advertía que «ahora, al menos, los estudiosos deberían ser capaces de examinar el modelo acuático con la mente más abierta que antes, cuando todo estaba cubierto por la hipótesis de la sabana».
Sin embargo, muy pocos científicos se tomaron el modelo acuático lo suficientemente en serio como para comenzar un debate académico de gran alcance. La mayor parte permaneció ajena al tema, a pesar de que no han hecho públicas con claridad las razones concretas de su rechazo. Acerca de esto, el conocido científico Daniel Dennett (1942), en su celebrado libro La peligrosa idea de Darwin, 1999, ha comentado: «Durante los últimos años, cuando me he encontrado en compañía de distinguidos biólogos, evolucionistas teóricos, paleoantropólogos y otros expertos, a menudo les he pedido que me expliquen, por favor, exactamente por qué Elaine Morgan está equivocada respecto a la teoría acuática. Hasta ahora no he obtenido una respuesta que merezca la pena mencionar, además de las de aquellos que admiten, con una chispa en sus ojos, que también se han hecho la misma pregunta».
Con todo, el registro fósil está ofreciendo llamativas señales. A título sólo de ejemplo señalemos que en 1994 el prestigioso paleoantropólogo Tim White y su equipo descubrieron en Afar, Etiopía, a Ardipithecus ramidus, de unos 4,4 millones de años. El notable hallazgo se publicó en la revista Nature bajo el título Los humanos más antiguos vinieron de Afar y sus autores afirmaban que los fósiles descubiertos pertenecían a «criaturas semejantes a simios que vivieron en una llanura forestal inundada». Este trascendente descubrimiento se ha revelado compatible con la hipótesis acuática, tanto en términos de localización como en ecología.
Ciertamente, en un escenario acuático un grupo de simios podría haberse enderezado sobre sus patas traseras con el fin de desplazarse. Al respecto, Elaine Morgan ha subrayado: «Me parece probable que el ser humano aprendiese a mantenerse erguido primero en el agua y luego, a medida que su equilibrio mejoraba, descubriese al salir que se había vuelto mejor equipado para permanecer de pie en la costa». El bipedismo tuvo gran importancia evolutiva, como tan bien describiera la científica: «fue la forma en que caminamos, más que la forma en que pensamos, la que primero no separó de nuestros primos los simios».
En apoyo del modelo acuático, también hay que tener en cuenta, y Elaine Morgan lo recordado con frecuencia, las diversas ocasiones en que se han observado a los chimpancés caminar erguidos cuando los suelos de su hábitat se encharcan, por ejemplo durante o después de lluvias copiosas. Igualmente, existen fotografías que muestran a gorilas erguidos desplazándose de un sitio a otro con el agua llegándoles hasta las caderas.
Por su parte, los bonobos (otra especie de chimpancé, considerada la más próxima a nosotros) habitan principalmente en zonas boscosas del Zaire; se trata de regiones que se inundan estacionalmente e incluso en la época más favorable mantienen el aspecto de un pantano. Y se ha observado que, de manera espontánea, estos simios se desplazan bípedamente con cierta frecuencia. Según Elaine Morgan, «el caminar a través del agua es la única circunstancia conocida que lleva a una locomoción bípeda constante en los primates en condiciones naturales. Sin embargo […] ningún artículo científico ha destacado el hecho de que el bonobo vive en áreas forestales inundadas».
Con todo, en los últimos años parece que la situación está empezando a cambiar. Así por ejemplo, el ecólogo marino y profesor de investigación del CSIC, Carlos Duarte Quesada, ha defendido la hipótesis acuática. Admitiendo el modelo de Hardy, actualizado por Morgan, el científico sostiene que «en este nuevo hábitat los homínidos adquirieron el hábito bípedo para poder adentrarse en el agua manteniendo la cabeza fuera de ella para respirar; y también obtuvieron algunas otras características que compartimos con los mamíferos marinos, como la piel desprovista de pelo o la distribución de grasa subcutánea».
Otro importante carácter humano destacado es el desarrollo de un cerebro grande, un hecho que está estrechamente relacionado con la alimentación. En este aspecto, Morgan ha apuntado su sorpresa porque en todas las especulaciones acerca de la nutrición de los homínidos «los recursos acuáticos se mencionen con tan poca frecuencia».
La científica apunta con este comentario en la dirección correcta: los recursos alimenticios de las zonas costeras pueden ser explotados con relativa facilidad por los homínidos, por ejemplo, cangrejos, huevos de tortuga, lapas de las rocas o peces muertos u otros animales arrojados a la costa. A la luz de estudios recientes, se ha evidenciado que estos alimentos son una rica fuente nutritiva para los homínidos. Tengamos en cuenta que la rápida expansión del cerebro humano exigió no sólo un rico suplemento alimenticio, sino que también necesitó nutrientes específicos, como el yodo, hierro, zinc, etc., que suelen ser abundantes en los alimentos procedentes de zonas costeras o marinas.
El citado investigador del CSIC, Carlos Duarte, ha indicado que la dependencia humana de ciertos ácidos grasos, los omega-3 presentes en diversos pescados, es una característica que compartimos con los mamíferos marinos. La necesidad de una dieta rica en este tipo se ácidos grasos, fundamentales para el desarrollo del cerebro, resulta coherente con una etapa de vida acuática o semiacuática.
Ante lo expuesto no podemos dejar de preguntarnos: ¿Fue Elaine Morgan una adelantada a su tiempo, o simplemente se dejó llevar por su brillante imaginación? Son los expertos los que podrán responder a esta pregunta. Aquí sólo podemos sumarnos a quienes afirman que su pensamiento ofrece gran rigor científico y se apoya en muchos años de serio trabajo y de un profundo conocimiento del tema.
Reproducido de Mujeres con ciencia
https://mujeresconciencia.com/2016/01/18/elaine-morgan-un-ambiente-acuatico-en-nuestros-origenes/

domingo, 22 de abril de 2018

Los primates acuáticos (o sea, los seres humanos)


A la cultura tecnológico-industrial le costó bastante trabajo desarticular el paradigma patriarcal bíblico acerca del origen de la especie humana. Años de desinformación y autoritarismo religioso crearon una cultura sin espíritu crítico que se resistió duramente a dejarse sustituir.
El nuevo paradigma, que al fin lo suplantó resultó también profundamente autoritario. Los «popes» de la aristocracia tecnológico-industrial definieron sus dogmas y se atrincheraron para defenderelos por todos los medios a su alcance. Quienes no estaban o no están de acuerdo con las teorías «de recibo» eran o son considerados heréticos, ignorados, ridiculizados, y finalmente, excomulgados de sus cargos y excluidos en la distribución de fondos de investigación.
La teoría acerca de la evolución humana, elemento clave del paradigma científico reinante, no es una excepción a este proceder.
Hace ya varias décadas. las autoridades científicas decretaron que la especie se originó en las sabanas africanas. Para ello produjeron numerosos argumentos, incluyendo varios centenares de fragmentos de fósiles óseos y algunas herramientas.
El origen «sabanero» de los primates humanos se transformó en artículo de fe sin que prácticamente nadie osara contradecirlo.
En realidad, ya desde la década de 1930 hubo alguien que se atrevió. Era un biólogo inglés de nombre Allister Hardy quien señaló las contradicciones de la «Teoría de la Sabana» y propuso una visión alternativa: los seres humanos se habían desarrollado como tales en una etapa anfibia de su evolución1,2.
En 1960, luego de casi treinta años de prédica, The New Scientist accedió a publicar un artículo de Hardy titulado: «Was man more aquatic in the past?» (March, 1960, ppp. 642-645).
Pasaron más de diez años sin que nadie osara mencionar el asunto.
Recién en 1972 se publicó un nuevo trabajo que desarrollaba en profundidad los conceptos de Hardy, realizado por una talentosa escritora galesa.
Su nombre era Elaine Morgan y su obra «La Descendencia de la Mujer» (The Descento of Woman). El título era un juego de palabras contradiciendo el famoso libro darwiniano llamado «La ascendencia del hombre» (The Ascent of Man).
El libro de Morgan fue ignorado totalmente por el «establishment» científico. Sin embargo, a pesar de ello, no pasó inadvertido para mucha gente y gradualmente se fue transformando en un «best seller».
Diez años después la Sra Morgan publicó otro libro extendiéndose en el tema: «El Mono Acuático» (The Aquatic Ape, 1982). Luego siguieron «Las Cicatrices de la Evolución» (Scars of Evolutionn), «El Monot Acuático, Hecho o Ficción» (The Aquatic Ape: Fact or Fiction, 1991). «La Descendencia del Niño» (The Descent of the Child, 1994) y «La Hipótesis del Mono Acuático» (The Aquatic Ape Hypothesis, 1997).
Todos los trabajos de Elaine Morgan tuvieron gran éxito en el público. Treinta años después resulta muy difícil ignorar a la persistente escritora, que además se transformó en una experta en paleo-antropología.
Los argumentos de la «Teoría del Mono Acuático» son contundentes.
Los humanos somos muy diferentes a los animales de la sabana y, en cambio, tenemos mucha afinidades con los mamíferos anfibios.
Al igual que los mamíferos marinos, tenemos muy poco pelo en el cuerpo, poseemos 10 veces más grasa que los otros primates, e incluso más al nacer. A diferencia  de la grasa común en otros simios, la nuestra es grasa subcutánea que forma parte de la piel y se desprende con ella. Se trata del tipo «grasa blanca» (white fat)  que no suministra energía inmediata y sirve más bien como aislamiento térmico y para ayudar a flotar (como en los mamíferos acuáticos). Para el desarrollo cerebral requerimosciertas sustanias que sólo se encuentran en los peces y mariscos (por ejemplo, el ácido eicosnoico).
Dilapidamos nuestra agua interior a través del sudor (gran número de glándulas sudoríparas) y de las lágrimas saladas (inexistentes en los otros primates), practicamos el sexo frontal, como las focas y cetáceos;podemos contener la respiraciónpor varios minutos (cosa que no ocurre en ningún otro simio), y nadamos instintivamente al momento de nacer.
Por otra parte, nuestras enfermedades y parásitos específicos requieren fases acuáticas para desarrollarse, y el bipedalismo que nos caracteriza (que no se encuentra en ningún otro animal de saban, ni en ningún primate, excepto nosotros) es fácilmente explicable si imaginamos una existencia en las aguas poco profundas de las  orillas marinas o lacunares.
Uno de nuestros puntos débiles es, aún hoy, la columna vertebral, que debe soportar con  dificultad el peso del cuerpo erquido en condiciones terrestres.
En las condiciones originales acuáticas ese peso disminuye considerablemente, y el esfuerzo requerido para mantenerlo erecto es mucho menor.




jueves, 4 de enero de 2018

Nosotros: los primates acuáticos
A  la cultura tecnológico-industrial le costó bastante trabajo desarticular el paradigma patriarcal bíblico acerca del origen de la especie humana. Años de desinformación y autoritarismo religioso crearon una cultura sin espíritu crítico que se resistió duramente a dejarse sustituir.
El nuevo paradigma, que al fin lo suplantó resultó también profundamente autoritario. Los «popes» de la aristocracia tecnológico-industrial definieron sus dogmas y se atrincheraron para defenderlos por todos los medios a su alcance. Quienes no estaban o no están de acuerdo con las teorías «de recibo» eran o son considerados heréticos, ignorados, ridiculizados, y finalmente, excomulgados de sus cargos y excluidos en la distribución de fondos de investigación.
La teoría acerca de la evolución humana, elemento clave del paradigma científico reinante, no es una excepción a este proceder.
Hace ya varias décadas. las autoridades científicas decretaron que la especie se originó en las sabanas africanas. Para ello produjeron numerosos argumentos, incluyendo varios centenares de fragmentos de fósiles óseos y algunas herramientas.
El origen «sabanero» de los primates humanos se transformó en artículo de fe sin que prácticamente nadie osara contradecirlo.
En realidad, ya desde la década de 1930 hubo alguien que se atrevió. Era un biólogo inglés de nombre Allister Hardy quien señaló las contradicciones de la «Teoría de la Sabana» y propuso una visión alternativa: los seres humanos se habían desarrollado como tales en una etapa anfibia de su evolución1,2.
En 1960, luego de casi treinta años de prédica, The New Scientist accedió a publicar un artículo de Hardy titulado: «Was man more aquatic in the past?» (March, 1960, ppp. 642-645).
Pasaron más de diez años sin que nadie osara mencionar el asunto.
Recién en 1972 se publicó un nuevo trabajo que desarrollaba en profundidad los conceptos de Hardy, realizado por una talentosa escritora galesa.
Su nombre era Elaine Morgan y su obra «La Descendencia de la Mujer» (The Descento of Woman). El título era un juego de palabras contradiciendo el famoso libro darwiniano llamado «La ascendencia del hombre» (The Ascent of Man).
El libro de Morgan fue ignorado totalmente por el «establishment» científico. Sin embargo, a pesar de ello, no pasó inadvertido para mucha gente y gradualmente se fue transformando en un «best seller».
Diez años después la Sra Morgan publicó otro libro extendiéndose en el tema: «El Mono Acuático» (The Aquatic Ape, 1982). Luego siguieron «Las Cicatrices de la Evolución» (Scars of Evolutionn), «El Monot Acuático, Hecho o Ficción» (The Aquatic Ape: Fact or Fiction, 1991). «La Descendencia del Niño» (The Descent of the Child, 1994) y «La Hipótesis del Mono Acuático» (The Aquatic Ape Hypothesis, 1997).
Todos los trabajos de Elaine Morgan tuvieron gran éxito en el público. Treinta años después resulta muy difícil ignorar a la persistente escritora, que además se transformó en una experta en paleo-antropología.
Los argumentos de la «Teoría del Mono Acuático» son contundentes.
Los humanos somos muy diferentes a los animales de la sabana y, en cambio, tenemos mucha afinidades con los mamíferos anfibios.
Al igual que los mamíferos marinos, tenemos muy poco pelo en el cuerpo, poseemmos 10 veces más grasa que los otros primates, e incluso más al nacer. A diferencia  de la grasa común en otros simios, la nuestra es grasa subcutánea que forma parte de la piel y se desprende con ella. Se trata del tipo «grasa blanca» (white fat)  que no suministra energía inmediata y sirve más bien como aislamiento térmico y para ayudar a flotar (como en los mamíferos acuáticos). Para el desarrollo cerebral requerimosciertas sustanias que sólo se encuentran en los peces y mariscos (por ejemplo, el ácido eicosnoico).
Dilapidamos nuestra agua interior a través del sudor (gran número de glándulas sudoríparas) y de las lágrimas saladas (inexistentes en los otros primates), practicamos el sexo frontal, como las focas y cetáceos;podemos contener la respiraciónpor varios minutos (cosa que no ocurre en ningún otro simio), y nadamos instintivamente al momento de nacer.
Por otra parte, nuestras enfermedades y parásitos específicos requieren fases acuáticas para desarrollarse, y el bipedalismo que nos caracteriza (que no se encuentra en ningún otro animal de saban, ni en ningún primmate, excepto nosotros) es fácilmente explicable si imaginamos una existencia en las aguas poco profundas
Repriducido de "Pueblos, Drogas y Serpientes", D.Antón, Piriguazú Ediciones

martes, 26 de enero de 2016

Revisando  dogmas acerca del origen de la especie humana
D.Antón
A partir de los años 1930, y durante las siguientes 5 o 6 décadas el matrimonio de Louis y Mary Leakey y más tarde varios miembros de su familia, descubrieron fósiles pre-humanos denominados Australopithecus y junto con otros antropólogos desarrollaron la teoría del origen de la especie humana en Africa Oriental y Austral. La hipótesis básica es que estos antropoides vivían en un ambiente de sabana adonde habían evolucionado desde la selva original. Esta hipótesis se transformó en un dogma que fue tomado por el "establishment" antropológico como hecho indiscutible. Otros investigadores desarrollaron una teoría diferente: los humanos tuvieron una fase anfibia que les dieron varias características fisiológicas muy particulares típicas de los animales marinos. Ellos fueron Allister Hardy (biólogo marino inglés quien por muchos años no difundió su teoría por miedo a perder su cargo universitario) y más tarde Elaine Morgan, una escritora proveniente de Gales, quien publicó varios libros sobre el tema (entre ellos The Descent of Woman y The Aquatic Ape),
Estos libros que incluyeron un exhaustivo análisis del origen anfibio de la especie humana, fueron "best seller". La jerarquía académica de la antropología ignoró o despreció estos trabajos a pesar de la existencia de pruebas contundentes desarrolladas por Morgan y otros autores, entre los que se incluye el famoso biólogo David Attenborough. Elaine Morgan, fallecida hace dos años, fue menospreciada por ser "ajena" a la disciplina antropológica pero su brillante trabajo permitió replantearse el origen humano con un enfoque radicalmente diferente con bases sólidas. Hoy los "antropólogos" dogmáticos siguen dominando la temática y tratan de ignorar la teoría de "aquatic ape" de Hardy y Morgan, pero está resultando cada vez más difícil porque los datos rigurosos de la ciencia están demostrando que nosotros, los humanos, somos quienes somos, porque nuestros lejanos antepasados vivieron en las orillas de lagos y mares, alimentándonos de organismos acuáticos, nadando y buceando, durante cientos de miles de años.
Vale la pena leer los trabajos de Elaine Morgan, obras fundamentales de la paleoantropología.

de D.Antón, Piriguazú Ediciones.)
(continúa en daniloanton.blogspot.com y daniloanton-en.blogspot.com, y en el libro "Pueblos, Drogas y Serpientes") 

lunes, 25 de enero de 2016

¿La especie humana pasó por una fase acuática durante su evolución?

El "Mono Acuático"

Danilo Antón
A la cultura tecnológico-industrial le costó bastante trabajo desarticular el paradigma patriarcal bíblico acerca del origen de la especie humana. Años de desinformación y autoritarismo religioso crearon una cultura sin espíritu crítico que se resistió duramente a dejarse sustituir.
El nuevo paradigma, que al fin lo suplantó resultó también profundamente autoritario. Los «popes» de la aristocracia tecnológico-industrial definieron sus dogmas y se atrincheraron para defenderelos por todos los medios a su alcance. Quienes no estaban o no están de acuerdo con las teorías «de recibo» eran o son considerados heréticos, ignorados, ridiculizados, y finalmente, excomulgados de sus cargos y excluidos en la distribución de fondos de investigación.

La teoría acerca de la evolución humana, elemento clave del paradigma científico reinante, no es una excepción a este proceder.
Hace ya varias décadas. las autoridades científicas decretaron que la especie se originó en las sabanas africanas. Para ello produjeron numerosos argumentos, incluyendo varios centenares de fragmentos de fósiles óseos y algunas herramientas.
El origen «sabanero» de los primates humanos se transformó en artículo de fe sin que prácticamente nadie osara contradecirlo.
En realidad, ya desde la década de 1930 hubo alguien que se atrevió. Era un biólogo inglés de nombre Allister Hardy quien señaló las contradicciones de la «Teoría de la Sabana» y propuso una visión alternativa: los seres humanos se habían desarrollado como tales en una etapa anfibia de su evolución1,2.
En 1960, luego de casi treinta años de prédica, The New Scientist accedió a publicar un artículo de Hardy titulado: «Was man more aquatic in the past?» (March, 1960, ppp. 642-645).
Pasaron más de diez años sin que nadie osara mencionar el asunto.
Recién en 1972 se publicó un nuevo trabajo que desarrollaba en profundidad los conceptos de Hardy, realizado por una talentosa escritora galesa.
Su nombre era Elaine Morgan y su obra «La Descendencia de la Mujer» (The Descento of Woman). El título era un juego de palabras contradiciendo el famoso libro darwiniano llamado «La ascendencia del hombre» (The Ascent of Man).
El libro de Morgan fue ignorado totalmente por el «establishment» científico. Sin embargo, a pesar de ello, no pasó inadvertido para mucha gente y gradualmente se fue transformando en un «best seller».
Diez años después la Sra Morgan publicó otro libro extendiéndose en el tema: «El Mono Acuático» (The Aquatic Ape, 1982). Luego siguieron «Las Cicatrices de la Evolución» (Scars of Evolutionn), «El Monot Acuático, Hecho o Ficción» (The Aquatic Ape: Fact or Fiction, 1991). «La Descendencia del Niño» (The Descent of the Child, 1994) y «La Hipótesis del Mono Acuático» (The Aquatic Ape Hypothesis, 1997).
Todos los trabajos de Elaine Morgan tuvieron gran éxito en el público. Treinta años después resulta muy difícil ignorar a la persistente escritora, que además se transformó en una experta en paleo-antropología.
Los argumentos de la «Teoría del Mono Acuático» son contundentes.
Los humanos somos muy diferentes a los animales de la sabana y, en cambio, tenemos mucha afinidades con los mamíferos anfibios.
Al igual que los mamíferos marinos, tenemos muy poco pelo en el cuerpo, poseemos 10 veces más grasa que los otros primates, e incluso más al nacer. A diferencia de la grasa común en otros simios, la nuestra es grasa subcutánea que forma parte de la piel y se desprende con ella. Se trata del tipo «grasa blanca» (white fat) que no suministra energía inmediata y sirve más bien como aislamiento térmico y para ayudar a flotar (como en los mamíferos acuáticos). Para el desarrollo cerebral requerimos ciertas sustancias que sólo se encuentran en los peces y mariscos (por ejemplo, el ácido eicosnoico).
Dilapidamos nuestra agua interior a través del sudor (gran número de glándulas sudoríparas) y de las lágrimas saladas (inexistentes en los otros primates), practicamos el sexo frontal, como las focas y cetáceos; podemos contener la respiración por varios minutos (cosa que no ocurre en ningún otro simio), y nadamos instintivamente al momento de nacer.
Por otra parte, nuestras enfermedades y parásitos específicos requieren fases acuáticas para desarrollarse, y el bipedalismo que nos caracteriza (que no se encuentra en otros mamíferos ni en otro animal de sabana, ni en ningún primate, excepto nosotros) es fácilmente explicable si imaginamos una existencia en las aguas poco profundas de las orillas marinas o lacunares.
Uno de nuestros puntos débiles es, aún hoy, la columna vertebral, que debe soportar con dificultad el peso del cuerpo erguido en condiciones terrestres.
En las condiciones originales acuáticas ese peso disminuye considerablemente, y el esfuerzo requerido para mantenerlo erecto es mucho menor.
Tomado de "Pueblos, Drogas y Serpientes",  Danilo Antón, Piriguazú Ediciones.