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sábado, 13 de enero de 2018


Fragmento del capítulo 5 de la novela histórica "De todas partes vienen"

Montevideo, año 1806
Era un momento de solaz para los más de 2000 negros esclavos que había en la ciudad. También era una oportunidad de juntarse para revivir antiguas ceremonias africanas, en particular de Congo, Angola y Mozambique, que eran los lugares de proveniencia de la mayor parte de los esclavos de la ciudad.
Jacinta, que se había criado en Río de Janeiro, y por tanto tenía una experiencia en candomblés cariocas, procuraba no faltar a ninguna de las sesiones de tangos que se organizaban en las afueras de la ciudad en los últimos días de diciembre y primera semana del mes de enero.
Los negros de Montevideo hablaban una especie de jeringoza, un “creole” propio que era una mezcla de español, portugués y varios idiomas africanos, sobre todo del Congo y Angola.  Se le llamaba “bozal”. 
En Río tenían un “bozal” diferente, porque al portugués y al vocabulario y modismos africanos, se agregaban expresiones  y formas gramaticales de la “lingua geral”, proveniente  del idioma tupinambá.
Jacinta hablaba este dialecto carioca y necesitó adaptarse al bozal montevideano. Lo hizo muy rápido. 
En poco tiempo, Jacinta se incorporó de hecho y de derecho a los tangos de extramuros e incluso fue una “mama vieja”, o “mae de santo” como decían en Río, del candomblé montevideano que más tarde se denominaría “candombe”.
Por el año 1806, al cabo de varios años de estadía de la familia Fontoura en Montevideo, la situación política se complicó considerablemente en la ciudad.
Un mediodía de fines del mes de junio de ese año, llegaron mensajeros de Buenos Aires con la noticia que dicha ciudad había sido tomada por una flota inglesa. 
Ya hacía unas tres semanas que se había visto navíos ingleses frente a Montevideo, aparentemente con rumbo a Buenos Aires. Tripulantes de un buque español habían podido divisar varias embarcaciones británicas que se dirigían al oeste. Por esa razón, la noticia no fue una total sorpresa, pero de todos modos implicaría un profundo  cambio en la vida de todos los montevideanos.

Desde el momento que se supo que Buenos Aires había caído en poder de los ingleses, los españoles de Montevideo y algunos otros que llegaron de Buenos Aires comandados por el capitán Santiago de Liniers, se organizaron con el fin de reconquistar la capital virreinal.
Finalmente, la misión se cumplió. Las fuerzas lideradas por Liniers,  compuestas de 23 navíos y 10,000 hombres, lograron la victoria. 
Luego de varios días de combates, se forzó la rendición de los invasores ingleses el 20 de agosto de ese mismo año.
La retirada inglesa de Buenos Aires habría de tener consecuencias dramáticas para la propia ciudad de Montevideo.
Unos meses después, en la madrugada del 5 de enero de 1807, se divisó a la distancia la silueta de varios barcos ingleses que parecían volver por una revancha. En los hechos se pudo comprobar que así era. Un mes después, el 2 de febrero de 1807, se produjo el desembarco.
Los marinos ingleses bajaron a tierra a unas dos leguas de la ciudad para continuar avanzando hacia las gruesas murallas de la plaza fuerte.
Luego de intensos enfrentamientos, en donde participaron
las fuerzas españolas locales organizadas, en las que se integraron muchos vecinos montevideanos, Montevideo cayó el 3 de febrero de 1807,
Más de 300 defensores murieron en la toma de la ciudad,
y otros cientos quedaron heridos sobrepasando con creces
la capacidad del Hospital de Caridad. Los marinos ingleses establecieron su gobierno, facilitando incluso el desembarco de comerciantes y mercaderías ya previstas en los planes del Almirantazgo.
Ni el señor Fontoura ni sus hijos, y mucho menos sus esclavos, participaron en los enfrentamientos. En realidad,
Fontoura veía con buenos ojos la presencia de las tropas
de ocupación británicas. Seguramente se abrirían nuevas
oportunidades en materia comercial, que Paulo Fontoura
podría aprovechar para mayor beneficio. No hay que olvidar que una de las principales banderas de la expansión inglesa, era promover e incluso forzar la apertura comercial en sus colonias y protectorados.
Cuando en septiembre de 1807, como consecuencia de un
acuerdo firmado en Buenos Aires, los ingleses abandonaron la plaza, el señor Paulo Fontoura quedó en una posición incómoda. Si bien había logrado adquirir bienes que los comerciantes británicos habían malbaratado en su retirada, lo cual le reportaría beneficios, por otro lado su posición a favor de los invasores hacía que, desde entonces, las autoridades
españolas no lo miraran con buenos ojos.
Tres años más tarde, en mayo de 1810, llegó la noticia  que el Virrey había sido depuesto y que una junta había tomado su lugar en Buenos Aires. Al año siguiente, se agregó el hecho que la rebelión iniciada en la otra orilla del Plata, se había extendido a la campaña oriental, y un ejército de criollos al mando de José Artigas, avanzaba hacia la ciudad. 
La situación se hizo tan compleja, que Paulo Fontoura decidió que era tiempo de volver a Río de Janeiro antes que perder toda la fortuna que había hecho durante su estada en el país.
Apresuradamente se embarcó con toda su familia en mayo de 1811, precisamente unos pocos días antes que las tropas artiguistas pusieran sitio a la ciudad.
Salvador, Manoel, Pedro y Jacinta, decidieron no acompañar a su amo, y por más que él insistiera con las autoridades para que los obligaran a seguirlo, porque eran sus esclavos, el gobierno de la ciudad, que no tenía ninguna simpatía por el Sr. Paulo Fontoura, demoró en tramitar su solicitud, resultando en los hechos que sus esclavos permanecieran en la ciudad. Finalmente, Paulo Fontoura, forzado por la premura y las circunstancias, emprendió viaje sin ulteriores reclamaciones.
(continúa)
"De todas partes vienen", D.Antón, Piriguazú Ediciones

jueves, 17 de agosto de 2017

Un fragmento de la novela "De Todas Partes Venen" (D.A., Piriguazú Ed.)

Capítulo 5

Salvador de Luzía había llegado a Montevideo a fines del siglo XVIII, para ser más precisos en diciembre de 1798. En ese entonces tenía once años.
Su madre, esclava descendiente de esclavos, de nombre Luzía, había fallecido en Río de Janeiro cuando él era pequeño.  Cuando ella se enfermó Salvador tenía 4 años y apenas la recordaba. Apenas rememoraba cuando ella le cantaba en la noche antes de dormir. También había quedado grabado en su memoria un día en que ambos habían ido a caminar por los muelles del puerto. Ella le mostraba los barcos anclados en las dársenas portuarias de Río de Janeiro. Recordaba que ella le había dicho que en uno de esos barcos la habían traído desde África cuando era chiquita.  Allí se terminaban las memorias de su madre. Le hubiera gustado acordarse mucho más.     
El amo de Salvador se llamaba Paulo Fontoura da Silva. En Río de Janeiro  era comerciante. Tenía una barraca donde almacenaba “géneros da terra”,   productos comprados en el interior del país y luego exportados a Portugal o a otros países europeos. Gran parte de los cueros provenían del puerto de Río Grande donde el Sr. Fontoura había establecido una sociedad comercial y adonde se trasladaba con frecuencia. 
Precisamente en uno de estos viajes había extendido su itinerario al cercano puerto de Montevideo donde los cueros eran abundantes y más baratos creando una línea comercial de creciente importancia. 
Con el correr de los años y luego de una desavenencia con el socio riograndense, Fontoura decidió trasladarse con su familia a la ciudad de Montevideo en forma permanente. 
Como decíamos anteriormente, el acaudalado comerciante carioca llegó a la ciudad montevideana en el comienzo del verano de 1798. 
Arribó a la ciudad acompañado por su esposa y dos hijos a los que se agregaban los cuatro esclavos que servían en su casa. 
La mujer del Señor Paulo, Tereza, era una señora muy introvertida, rara vez entablaba una conversación. Había quienes pensaban que padecía una depresión crónica. Sus dos hijas, que eran las que habían sobrevivido a la peste (en la que habían muerto dos varones mayores), eran adolescentes. 
Se instaló en la calle San Gabriel (actual calle Rincón) en una hermosa construcción de varias habitaciones y patio interior que además ostentaba una orgullosa torre que permitía avizorar a la distancia los navíos que se acercaban.
Los esclavos, compañeros de vasallaje de Salvador que a la sazón tenía 11 años, eran Manoel y Pedro, dos hombres mayores de unos 40 y 50 años respectivamente, y una mujer de nombre Jacinta, que no parecía tener más de treinta años. El Sr. Fontoura da Silva mostraba un afecto especial por Salvador,  probablemente porque,  según decían algunas habladurías, podría ser su propio hijo.
De todos modos, Salvador, que era idéntico a su difunta madre, tenía rasgos africanos inconfundibles. Decían quienes la conocieron que Luzía era una mujer muy hermosa, y que Salvador era una versión masculina de su progenitora.
Según los cuentos de cocina, Luzía había llegado de Mozambique con su madre en un barco esclavista cuando era una niña. Su madre había sido secuestrada en Maniamba cerca del lago Nyasa y trasladada al puerto de la isla de Mozambique y de allí a la colonia imperial portuguesa de Brasil. Luzía había sido separada de su madre apenas llegadas a Rió de Janeiro. Nunca más había sabido de ella. 
La pequeña permaneció en la capital del Imperio cumpliendo tareas domésticas variadas, lo cual le permitió evitar los trabajos sacrificados de las plantaciones de caña de azúcar a los que se dedicaba la mayor parte de la mano de obra esclava en el Imperio del Brasil. Su trabajo en la casa del Sr. Fontoura consistía en mantener la casa ordenada, cocinar, limpiar y ocuparse de los niños. Se comentaba, aunque nunca fue demostrado, que el Sr. Fontoura, deslumbrado por los atractivos de la joven Luzía, había tenido una relación íntima con su esclava y que de ella había nacido un niño a quien puso de nombre Salvador. En  la casa de Fontoura da Silva, Salvador realizaba tareas hogareñas
varias y algunos mandados en la ciudad. Iba al almacén de ramos generales de Juan Olivera en la esquina de las calles San Gabriel  y San Benito (calles Rincón y Colón actuales) para comprar artículos de cocina y de costura que le encomendaba Jacinta, ayudaba a cargar y descargar los carros con mercadería que llegaban al puerto para el Sr. Fontoura y eran trasladados a una barraca que su patrón tenía en la calle de las Piedras y San Vicente (correspondientes a las actuales calles Piedras y Pérez Castellano).
Salvador tenía una característica que lo diferenciaba de otros muchachos de su edad.  En tiempos en que vivían en Río de Janeiro, su amo lo mandaba a realizar unos trabajos para una señora amiga que le enseñó los rudimentos de la lectura.  Al poco tiempo de recibir sus clases, con apenas 7 u 8 años de edad, Salvador podía leer escritos y un par de años más tarde algunos libros que estaban en la biblioteca del Sr. Paulo Fontoura. En un mundo predominantemente analfabeto , esa capacidad le habría de servir por el resto de su existencia.
La vida en el Montevideo de fines del siglo XVIII era rutinaria y tranquila, en relación con su población de apenas 15,000 habitantes.  (continúa)
De la novela histórica "De todas partes vienen",  Danilo Antón, Piriguazú Ediciones.