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martes, 26 de marzo de 2019

(fragmento de la Introducciòn al libro "Crònicas de la Peripecia Humana")
La historia se escribe y se reescribe

Cambian los lugares, cambian los relatos y también cambian los protagonistas.
Kamal Salibi, el académico libanés contemporáneo, tuvo la valentía de enfrentarse a los dogmas religiosos imperantes replanteando radicalmente las viejas historias bíblicas sobre bases documentales sólidas. La difusión de sus libros ha sido obstaculizada o censurada por las autoridades eclesiásticas de variadas tendencias.
De acuerdo a Salibi las tierras sagradas del antiguo testamento ubicadas oficialmente en Palestina reaparecen en el Asir, el Hejaz y el Nejd de Arabia.
El Jesús, hijo de María y José, que reverencian los cristianos puede ser el Issa bin Maryam del Corán cuyos restos reposarían cerca de Medina en Arabia.  O tal vez sea un predicador descendiente de Issa bin Maryam que llegó desde Arabia en el inicio de la era cristiana.
El Kebra Negast, libro sagrado de la iglesia etíope, complementa estas interpretaciones. Según las tradiciones de Etiopía  el Arca de la Alianza reside en la antiquísima ciudad de Axum desde los tiempos del rey Salomón y la reina Makeda .  Hace casi un milenio, Lalibela el rey etíope que gobernó como sucesor de la antigua dinastía salomónica, creó una réplica de Jerusalén en su país natal que todavía subsiste y es reconocida como tal, incluyendo templos esculpidos en la roca.
También nos referinos a la supuesta tumba del Apóstol Santiago en Compostela al noroeste de España, a la cual marchan anualmente los peregrinos desde hace más de diez siglos.. De acuerdo a Miguel de Unamuno y otros este sepulcro contendría en realidad los restos del obispo gallego Prisciliano que predicó y vivió en el siglo III en la península ibérica. Fue considerado hereje y ejecutado por las autoridades religiosas y políticas de la época.
Del otro lado del océano, en el sur de América, José de San Martín prócer de la nación argentina y  liberador de Chile y Perú, ha sido presentado como un típico blanco español, con cutis claro y presencia europea. Hoy hay elementos para afirmar su origen guaraní que es negado en la historia oficial argentina. San Martín reivindicó sus raíces indias en las palabras y en los hechos en numerosas ocasiones.
El viaje de otro mestizo guaraní, don Francisco de los Santos, desde Corrientes a Río de Janeiro en 1820  para rescatar a sus camaradas prisioneros a través de miles de kilómetros es un ejemplo de adhesión a la causa federal artiguista y persistencia en el esfuerzo.
En la década de 1970, en plena dictadura somozista, el sacerdote nicaragüense Ernesto Cardenal imaginó un evangelio de los pobres en el archipiélago lacustre de Solentiname. Luego de la revolución social nicaragüense la comunidad de Solentiname dejó de funcionar activamente.
Mucho antes,  en el siglo XVI, Michelangelo Buonarroti tuvo la osadía de esculpir una estatua del David desnudo en la Italia renacentista pacata y conservadora. Los fundamentalistas religiosos adictos al fraile Savonarola apedrearon la imagen y los representantes del Papado la criticaron.
Durante los últimos dos siglos en diversos lugares del mundo, hombres con imaginación y decisión produjeron desarrollos tecnológicos que cambiaron la historia, Innocenzo Manzetti, Alexander Graham Bell, Thomas Alva Edison y Steve Jobs entre otros se atrevieron a desafiar la lógica imperante y crearon objetos que transformaron las formas de vida a nivel planetario.
En el otro extremo de las complejidades sociales y culturales decidimos marcar los contrastes culturales narrando las aventuras de Gixau, un !kung san que viajó desde el desierto de Namib a las grandes ciudades de Sudáfrica y Hong Kong. A través de este relato se muestran las experiencias de una persona que procura  decodificar las pautas de las sociedades tecnológizadas desde la óptica simple de una sociedad tradicional antigua.
 Todas estas historias expresan el potencial de las acciones y la imaginación humana para modificar sitios, ambientes y existencias.  Estas capacidades, para bien o para mal, voluntaria o inconscientemente, dieron forma a la prolongada y multigeneracional peripecia de millones de mujeres y hombres que habitaron el planeta desde los tiempos de nuestros ancestros más antiguos.
La evolución humana no ha terminado aún. Tal vez recién empieza. Las culturas son el reflejo de una prolongadísima acumulación de experiencias. Nuestra función es la de ser un eslabón más en esta cadena de vidas y generaciones. Seremos recordados durante unos pocos años o siglos.  La página contemporánea del palimpsesto de la historia se irá borrando paulatinamente. Con el tiempo solamente permaneceremos como una minúscula partícula en el flujo social y cultural de las civilizaciones del futuro.  

De Crónicas de la Peripecia Humana, D.A., Piriguazú Ediciones

viernes, 17 de agosto de 2018



Introducción al libro “Crónicas de la Peripecia Humana”
Del frío glacial al calor agobiante, del aislamiento extremo de las ex­tensiones oceánicas a la concentración de poblaciones en las grandes urbes, desde las antiguas comunidades tribales con cosmovisiones natu­rales o mesiánicas a las modernas revoluciones tecnológicas, los seres humanos han desarrollado sociedades diversas, heterogéneas y polícro­mas, lenguajes y alfabetos sofisticados, en fin, una amplia variedad de identidades culturales diferentes.
La peripecia humana reposa precisamente en esta diversidad prác­ticamente ilimitada. Está hecha de luces y sombras, de derechos vio­lados y redimidos, de solidaridad y egolatrías, de crímenes y sacri­ficios. de respeto y autoritarismo.
Todo ello se produjo en el marco de una larga historia en la que tuvie­ron lugar grandes cambios que modificaron completamente la confor­mación social y tecnológica del mundo habitado.
Las sociedades tradicionales que fueron la regla durante los primeros decenas de miles de años de la evolución humana estaban, y aún lo están, estructuradas en grupos pequeños, a menudo autosuficientes, en relación estrecha con los ecosistemas en que habitaban.
Eran comunidades igualitarias, en general pacíficas, con una vincula­ción profunda con la naturaleza y sistemas sociales basados en princi­pios de cooperación y ayuda mutua. Se expresaban en la inexistencia de la propiedad individual de la tierra, en la distribución equitativa de los recursos locales y en el tratamiento preferencial de los niños, de los ancianos y de los individuos con limitaciones físicas o síquicas.
Eran grupos humanos caracterizados por comportamientos poco competitivos, por la colaboración entre los integrantes y por enfoques espirituales holísticos no dogmáticos ni proselitistas que otorgaban ca­rácter sagrado a los elementos de la naturaleza.
Es en ese marco que estas culturas lograron subsistir por decenas de miles de años.
La situación se modificó en los últimos milenios. Con la aparición de los estados agrarios y comerciales comenzaron a generarse socieda­des basadas en la dominación y la explotación de otros pueblos o de sus propios congéneres. Se interrumpió el diálogo con la naturaleza y, consecuentemente, se desarticuló la armonía social preexistente. Se desataron el saqueo, el pillaje, la alienación incontrolada.
Los gobiernos expansionistas crecieron en número, multiplicaron su competencia y conflictividad, las sociedades matriarcales, que en tiempos antiguos eran comunes, fueron sustituidas por sistemas pa­triarcales asignando un rol dependiente y subordinado a las mujeres. Algunos hombres se hicieron amos de otras personas, que pasaron a ser considerados como esclavos. La tierra se transformó en una mera mercancía. Se desataron las guerras, aparecieron los ejércitos. Las re­ligiones se hicieron dogmáticas, autoritarias e intolerantes.
El desarrollo del capitalismo y los avances tecnológicos posteriores y recientes no atemperaron estas tendencias. Los procesos coloniales basados en el poder económico y militar permitieron extender la in­fluencia de las metrópolis imperiales a todos los continentes y océa­nos. Aún las islas y parajes más remotos fueron objeto de la ambición expansiva de los estados centrales.
La descolonización de la segunda mitad del siglo XX debilitó el con­trol político sobre las antiguas dependencias. Muchas de estas colo­nias se transformaron en estados reconocidos internacionalmente.
Frecuentemente los gobiernos de estas nuevas entidades estatales procedieron en forma análoga a los países imperiales. Discrimina­ron a los grupos minoritarios y a las sociedades tradicionales exis­tentes en sus territorios.
Muchas comunidades se vieron arrinconadas por la nueva situa­ción y amenazada su sobrevivencia.
Algunas etnias desaparecieron totalmente o casi totalmente, los guanches de las islas Canarias, los palawa de Tasmania, los aleu­tos del archipiélago aleutiano. los onas y yaganes en Chile y Ar­gentina.
Otros grupos étnicos sobreviven en situaciones marginales de de­gradación económica y cultural, los !kun san del Kalahari discrimi­nados en Botswana, Namibia y Sudáfrica, los mbya guaraní sin ho­gar en su propia tierra, esparcidos en Paraguay, Brasil y Argentina, los chumash y apaches del suroeste de Norteamérica confinados en pequeñas reservas escasamente productivas, los lenni lenape expatriados lejos de su costa oceánica ancestral, los iroqueses en pequeños enclaves próximos a contextos megaurbanos y obligados a una lucha permanente para defenderse del desconocimiento y la falta de oportunidades.
La situación no fue muy diferente en los bosques boreales de Es­candinavia y Siberia. Los saami, los samoyedos, los nenets y los yakutos fueron diezmados y reducidos a pequeños números sin control político o económico de sus propias vidas y territorios.
En otros sitios las sociedades locales sobreviven desde el punto de vista económico pero sus culturas originales han sido degradadas por invasiones culturales provenientes de estados nacionales más poderosos o influencias globalizantes con efectos análogos. Esta situación es común en algunos países europeos, como Gales e Irlanda en las islas británicas y el País Vasco en España. Otros ejemplos de situaciones similares se pueden observar en las comu­nidades bereberes de Marruecos y Argelia y las naciones huichol, purépecha y otomí en México.
En los tiempos más antiguos, donde el palimpsesto de la historia se encuentra más borrado, resulta difícil reconstruir los episodios transcurridos. Los nombres y lugares pueden ser interpretados de varias maneras.
Las anécdotas y experiencias de las personas se tejen como he­bras especiales y únicas que contribuyen a formular los tapices he­terogéneos de las sociedades humanas. A través de las efemérides biográficas se produce la conexión entre comunidades y culturas. Muchas veces las vidas individuales permiten comprender identi­dades locales y contextos. Las reseñas que incluimos en este traba­jo proporcionan elementos para resolver la compleja y desafiante configuración del mosaico humano.
La historia se escribe y reescribe.