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domingo, 26 de noviembre de 2017

El aniquilamiento de las naciones mapuches en las pampas del sur


La Confederación de Salinas Grandes era un verdadero estado, desde su toldería capital, Kalfukurá dirigía los asuntos de la gran nación puelche multi-étnica. En las extensas llanuras y en las sierras vivían varias decenas de miles de personas, pastando su ganado,  labrando la tierra o cazando guanacos y ñandúes,  comerciando, y llevando una existencia pacífica y próspera. Había comunidades mapuches, pehuenches, ranquelches, tehuelches, voroganos e incluso algunos winka que habían preferido el mundo de la toldería a la sociedad impostada y falsa de las ciudades criollas.
Era el caso de Manuel Baigorria, antiguo coronel del ejército de José María Paz, que se  había ido a vivir entre los ranqueles. Baigorria, que era aliado de Kalfukurá, llegó a ser un importante lonco ranquel, que indignado por las agresiones de los cristianos, atacó la propia ciudad de Córdoba y el oeste de Buenos Aires.
Veinte años después de la caída de Rosas, en 1872, ya constituida la República Argentina, y en pleno período sarmientino, se produjo el temido malón de los winkas que en la historia oficial se conoce como  la batalla de San Carlos, y que al poco tiempo, habría de terminar con la muerte del anciano toqui de las pampas.
Su hijo, Namunkurá, continuaría la resistencia por varios años más. Las autoridades centrales, representadas por el nuevo presidente Nicolás Avellaneda y sus Ministros de Guerra Adolfo Alsina y Julio Argentino Roca, y la presión inglesa para la colonización y extensión de las vías férreas, llevó a  planificar una estrategia de destrucción y ocupación del país confederado.
En 1876, Alsina ordenó el avance de cinco divisiones sobre la “Tierra Adentro” estableciendo una línea de pueblos) y fortines (Carhué, Guaminí, Puán,  Trenque-Lauquen e Ita-ló), y una zanja de 374 km de largo entre Carhué y Laguna del Monte.
En 1877 y 1878 las comunidades indígenas estaban debilitadas por el hambre y la continua agresión de las fuerzas armadas de los winkas.
Fue en ese momento que se produjo la estocada final. El ejército encabezado por Julio Argentino Roca, cada vez más numeroso, y ahora armado con el poderoso fusil Remington, descargó toda su fuerza contra las naciones del sur. La campaña, que  duró algo más de un año, permitió derrotar completamente a los pueblos confederados y ocupar su tierra en forma permanente.
De acuerdo con la Memoria del  Departamento de Guerra y Marina de 1879, los resultados de la campaña  fueron los siguientes:
“5 caciques principales prisioneros, 1 cacique principal muerto (Baigorrita), 1.271 indios de lanza prisioneros, 1.313 indios de lanza muertos, 10.513 indios de chusma prisioneros, 1.049 indios reducidos .”
En 1882 una nueva campaña lograba expandir la frontera a todo Neuquén,
364 indígenas habían sido muertos y más de 1700 hechos prisioneros. El 5 de mayo de 1883 el General Villegas informaba: “En el  territorio comprendido entre los ríos Neuquén, Limay, Cordillera de los Andes y Lago Nahuel Huapi; no ha quedado un solo indio, todos han sido arrojados a occidente... Al sur del río Limay, queda del salvaje los restos de la tribu del Cacique Sayhueque, huyendo, pobre, miserable y sin prestigio”
En 1884 el general Wintter decidió aniquilar a Sayhueque e Inacayal.
Hambriento y agotado, Namuncurá ya se había visto obligado a rendirse con 330 guerreros.
Los últimos loncos del Puelmapu, reunidos en asamblea, intentaron organizar una defensa desesperada con el compromiso de pelear hasta morir.
En una situación de arrinconamiento insostenible, Sayhueque se entregó el 1º de enero de 1885 con más de  3000 hombres.
Algunos loncos continuaron la lucha.
Un gran número de guerreros murieron en combate y los restantes enfrentaron a los invasores en una última batalla el 18 de octubre de 1884. 
Asì se llegò a la consolidaciòn del estado criollo de Argentina en el sur del continente.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Prólogo del libro "Los Fantasmas de la Memoria en las tierras del Puelmapu"
D.A.

Las esperanzas y las frustraciones son sentimientos penosamente e inevitablemente relacionados en la vida de las personas y los pueblos.Muchas veces en la vida de la Argentina se generaron sentimientos de esperanza que se vieron frustrados por acontecimientos posteriores dando lugar a períodos de tristeza y abatimiento.
Hace más de tres décadas, en 1972, cuando asumió la presidencia Hector Cámpora luego de muchos años de control militar de la política, se generaron sentimientos de esperanza. En esa oportunidad, desafortunadamente, las ilusiones cedieron su lugar a las tristezas. Al poco tiempo los grupos oligárquicos militaristas recuperaron el poder en forma subrepticia primero, y desembozada y sangrientamente después.
En 1983 y en 1999, al  iniciarse  las presidencias de Raúl Alfonsín y Fernando De la Rúa también se inauguraron épocas de optimismo que luego se vieron frustradas por una realidad económica, social y política obstinada.
En la actualidad el país parece retomar una senda de esperanza e ilusión en un marco social y político, independiente, latinoamericanista y solidario.
Deseamos que esto inaugure un nuevo enfoque en la sociedad argentina.
Que permita al fin de cuentas revisar el pasado, el  presente y el futuro, reconociendo todas las luces y sombras de la historia. 
La imagen  proyectada por la República Argentina durante el último siglo nos ha mostrado un país con dificultades para reconocer su identidad, una sociedad que a menudo, y equivocadamente, se ha enorgullecido de los aspectos más frívolos de su cultura, que ha negado las raíces autóctonas, y que intentó, infructuosamente, basar su existencia en una historia falsificada y extranjerizante.
Argentina ha querido ser una nación europea, pero no lo es.
Las élites culturales han intentado una y otra vez renegar de sus ancestros aborígenes.
Pero no han tenido éxito.
Los viejos espíritus reaparecen en las maneras de sentir y de pensar de la gente en cada oportunidad que se les presenta.
Gauchos, chinas y caudillos asoman por todos los rincones de los sentimientos.
Las quenas y los bombos suenan en las noches de Salta o del Gran Buenos Aires.
Los tererés ayudan a calmar la sed en los mediodías calurosos de Corrientes y Formosa.
Las mujeres cocinan tortas de harina de algarrobo en los pueblos del Chaco.
Filetes de surubí con mandioca en Goya o en Posadas. Los ranchos de paja y terrón en Entre Ríos. Rukas mapuches en Neuquen.
El mundo antiguo sobrevive con fuerza en todas partes. Aunque se procure negarlo en las versiones historiográficas antisépticas que se escriben en libros y tratados.
Creemos que vale la pena repensar crítica y honestamente los estereotipos de la nación.
No se trata solamente de recuperar la posición de  sociedad próspera.  Casi diría que eso es lo de menos.
Para cambiar donde realmente importa,  se requiere construir el futuro basándose exclusivamente en la verdad y la solidaridad con los semejantes.
Hay que ponerse de pie  y caminar por la “cuchilla moral”. De nada sirve recoger beneficios en huecos y pantanos pútridos, cuando uno puede sucumbir atrapado por el barro de la corrupción y la codicia.
Cabalgar las pampas en los pingos parejeros de la libertad y la justicia, recoger  la energía inagotable de la naturaleza, compartir  la emoción de estar vivos  en el sendero bueno que conduce a los amplios horizontes de las utopías renovadas.
Pròlogo de "Los Fantasmas de la Memoria en las Tierras del Puelmapu", D.Antòn, Piriguazù Ediciones