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sábado, 6 de noviembre de 2021

 Argentina: A 70 años de la Masacre de Rincón Bomba

Este 10 de octubre se cumple un nuevo aniversario de la masacre que terminó con cientos de indígenas pilagá asesinados en un paraje cercano a Las Lomitas, Formosa.

Los persiguieron, violaron, fusilaron, apilaron y quemaron. No era ni la primera ni la última vez que la Gendarmería protagonizaba una represión indígena. Pero el “problema” es siempre el mismo: la concentración pública de sujetos indígenas es una invitación a la represión.

“Les dimos corchazos para que tengan", celebra un gendarme. Otro, tira piedras. El otro, esconde un hacha. Y otros, quizás, un cuerpo. Escenas que infunden terror pero que están muy lejos de ser inaugurales o casuales.

La desaparición forzada de Santiago Maldonado durante la feroz represión en el territorio mapuche del Pu Lof en Resistencia en Cushamen, Chubut, puso en primer plano la violenta relación de la Gendarmería Nacional con las comunidades indígenas.

Una violencia que se inscribe en un continuo histórico en donde la reunión de sujetos indígenas en el espacio público reactiva rápidamente la necesidad de poner punto final al “malón”. Esa fue una de las justificaciones históricas que se esgrimieron para fundamentar la violenta anexión de territorios indígenas a través de las avanzadas cívico-militares conocidas como “Campañas al Desierto”. Un despliegue enorme de mecanismos represivos que impactan sobre los cuerpos y los territorios indígenas que vienen aprehendidos y sostenidos desde el siglo XIX.

La Gendarmería Nacional protagonizó distintas represiones indígenas a lo largo de la historia. En 1924, una protesta indígena por las condiciones de hacimiento en la Reducción de Napalpí fue reprimida por la policía del Territorio Nacional del Chaco y por el Regimiento de Gendarmería de Línea (luego reconvertido Gendarmería Nacional) dejando un saldo de cientos de indígenas qom y mocoví asesinados.

En la actualidad, se puede mencionar -entre muchas otras y en distintos lugares del país- la voraz represión sobre la Comunidad Potae Napocna Navogoh, La Primavera, Formosa, que en 2010 se encargó de “liberar” la Ruta Provincial Nº 86. Allí –al igual que hace dos meses en Cushamen- la comunidad qom sostenía un corte la ruta en defensa de su territorio y sus derechos. La avanzada de la Gendarmería junto a la policía formoseña terminó con el asesinato del anciano qom Roberto López, varias viviendas incendiadas y ocultamiento de la documentación luego de la represión.

En Napalpí, Potae Napocna Navogoh o Cushamen, los y las indígenas se habían reunido. Y el delito es reunirse. Cambian las fechas y el color político del gobierno de turno. Pero los imaginarios que se actualizan en las fuerzas represivas del Estado permanecen intactos: La concentración pública de sujetos indígenas es leída como una invitación a la represión sobre esos cuerpos. Y eso fue lo que pasó hace 70 años en Formosa, en una de las masacres más silenciadas de la historia argentina.

La Bomba

Tonkiet era un hombre que -según los ancianos sobrevivientes- “sanaba con su palabra”. Su llegada a fines de septiembre de 1947 a un paraje llamado La Bomba, cercano a Las Lomitas, circuló rápidamente por el montaraz paisaje formoseño.

Ese era su legítimo nombre en lengua pilagá, aunque luego fue conocido por su nombre español: Luciano Córdoba. Y en torno a él, cientos de familias se congregaron para participar de un encuentro sagrado. Con el correr de los días, fueron cientos o quizá miles de personas quienes se reunieron a orilla del madrejón y formaron un solo cuerpo colectivo, ancestral y espiritual.

Dicen que el persistente sonido de tambores y alabanzas en lengua originaria se escuchaba a varios kilómetros de distancia. Y también dicen que la multitudinaria reunión fue leída como una amenaza para civiles y militares que vigilaban el entonces territorio nacional. La Gendarmería Nacional fue la que intimó a las familias a abandonar esa concentración espontánea.

Pero los caciques, ancianas y ancianos allí reunidos no se dispersaron: era una reunión sagrada, estaban en su territorio ancestral y entendían que no significaban amenaza alguna.

Sin mediar ningún intento de entendimiento, la negación fue rápidamente asumida como un acto de rebeldía. Y en la tarde del 10 de octubre de 1947, la Gendarmería Nacional desplegó toda la ferocidad de la violencia represiva del Estado. Su delito fue reunirse.

La emboscada fue fatal: por un lado, un avión con ametralladora perseguía desde el aire; mientras que la cacería por tierra abarcó distancias de más de cien kilómetros y varios días de persecución.

El minucioso y respetuoso documental “Octubre Pilagá. Relatos sobre el Silencio”, de Valeria Mapelman, recupera la memoria oral de los sobrevivientes y saca a la luz, entre otros, los delitos sexuales cometidos contra mujeres y niñas. La violencia de género en el marco de un proceso genocida entendida como mecanismo de tortura y silenciamiento.

Allí, también se recuerda en forma colectiva cómo fue ese proceso genocida que incluye matanzas, sometimiento, traslados forzosos y desmembramiento familiar, tal como se especifica en el concepto de genocidio que la Asamblea General de las Naciones Unidas elaboraría un año después de esta masacre para analizar los crímenes del nazismo.

Quienes lograron sobrevivir, fueron capturados por los gendarmes y enviados a trabajar en “reducciones indígenas” en condiciones de semiesclavitud y bajo el control de la misma Gendarmería Nacional que llevó adelante la masacre.

Morir sin justicia

Qadeite era una niña cuando comenzó la masacre. Aquel fatídico 10 de octubre de 1947 huyó junto a su madre y su pequeño hermano. Se escondió en el monte. Pasó hambre. Escuchó inmóvil el paso de las tropas que con una jauría a cuestas avanzaban por el territorio en busca de futuros fusilamientos.

A muchos “se los tragó el monte”. El hambre y las heridas los llevó a engrosar la cantidad de muertos. Nombres e historias que ni siquiera forman parte de un listado oficial. Nombres e historias que el Estado decidió deliberadamente ocultar. Víctimas de una maquinaria genocida que aún hoy no es reconocida.

Qadeite relataba que la encontraron junto a su familia y otro grupo de personas que también estaba escapando. Y luego los llevaron a las reducciones de Francisco Muñiz y Bartolomé de las Casas.

En esta última funcionó también el Internado para Niños José de San Martín, que manejaba un grupo de monjas y un capellán, institución destinada a impartir instrucción católica, disciplina y “pautas para el trabajo”. A sus ochenta y tantos años, Qadeite aún recordaba con angustia la imagen de su mamá forcejeando con las monjas para evitar que se llevaran a su hermanito.

“Cuando escapamos (de la Reducción) fuimos a lo de un señor que siembra algodón y ahí quedó toda la familia. Y ya después fuimos de un sembrado a otro. Toda la vida fue un peregrinar de un patrón de otro, de una cosecha a otro. Nunca más fuimos libres”.

Más de sesenta años después, eso contaba Qadeite a escasos kilómetros del epicentro de la matanza. Terreno donde no hace falta agudizar demasiado la visión para observar los pozos que indican las fosas comunes ni rasgar demasiado el polvo para que salgan a superficie los restos de las víctimas masacradas.

Una mujer tierna y valiente, que les cantaba a sus bisnietas mientras tejía sus yicas, que de a poco pudo recomponer los relatos del horror, y que tenía clarísima la ferocidad y la violencia de un Estado que nunca –ni siquiera- le pidió perdón.

Su hija, Noolé (o Cipriana Palomo, según el documento) es titular del Consejo de Mujeres de Federación de Comunidades Indígenas del Pueblo Pilagá, una organización que reúne distintas comunidades de la provincia de Formosa y logró el reconocimiento del Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI).

Qadeite falleció en septiembre de 2015, unos meses después de la partida de Setkoki´en (Melitón Dominguez), otro activo sobreviviente de la masacre.
El año pasado fue el turno de Salqoe (Pedro Palavecino), un anciano que siempre instaba a seguir en la lucha por la verdad y la justicia. “Falta seguir, porque muchos no saben. Y porque todavía duele”, decía.

Y hace un mes murió Ni´daciye (Solano Caballero) que en diciembre del año pasado llegó hasta la Ciudad de Buenos Aires desde su Formosa natal para dar testimonio.

“Tengo 97 años y no olvido. Yo no olvido esta causa. ¿Por qué? Porque ahí está la sangre, ahí están los huesos, ahí en la tierra. Este es mi dolor. No es chiquito. Es grande, está arriba este dolor para mí. Pero estoy contento de llegar acá, a ustedes. Pero la justicia tiene que ser grande, porque pasaron muchos años”.

En 2005, la Federación Pilagá denunció al Estado por esta masacre. Inició un juicio civil y otro penal. Los ancianos y ancianas sobrevivientes van muriendo en el olvido y sin respuestas del Estado.

Genocidios de segunda

Este 10 de octubre a las 17, la Federación realizará un acto por la conmemoración de los 70 años de esta masacre en la comunidad indígena de Oñedié, Ruta 28 Norte en intersección con la Ruta Nacional 81, Las Lomitas. Entre otras cosas, esa tarde se inaugurará un memorial en honor a las víctimas y sobrevivientes de la masacre, realizado por el artista plástico Ulises González, integrante de la Red de Investigadores en Genocidio y Política Indígena en Argentina.

¿Cuántos organismos de derechos humanos les mandarán sus adhesiones? ¿Cuántas figuras públicas acompañarán ese día al Pueblo Pilagá? ¿Cuántos medios de comunicación destinarán amplias coberturas a esta masacre impune? ¿En cuántas escuelas recordarán este hecho histórico? ¿Y por qué hay dolores que conmueven más que otros?

Porque hasta tanto no comprendamos que esa víctima indígena se me parece, hasta tanto no podamos sentir el dolor de esas comunidades como propio, hasta tanto no nos conmueva cada conflicto y cada represión, ese proceso social genocida sigue vigente.

Un genocidio indígena sobre el cual se constituyó este Estado Nación que cree haber “bajado de los barcos” y aún hoy sigue negando que sometió a la población originaria a campos de concentración, violaciones sistemáticas, reparto forzado, trabajo semiesclavo, separación familiar, expulsión de territorios, cambio de nombres, imposición de la religión católica y eliminación física.

Porque participamos –sin siquiera saberlo- de dinámicas de circulación de estos discursos que permitieron perpetrar un genocidio, que se sostuvieron a lo largo de los años y que, desde la desaparición forzada de Santiago Maldonado, han tenido un salto exponencial de racismo.

El genocidio no sólo opera a través de las fuerzas militares, sino que lo hace a través del discurso dominante, del sentido común, de los medios de comunicación, de los libros de historia, de los museos, de los actos escolares.

Reconocer, asumir y trabajar ese genocidio originario nos permitirá entender cómo se construyen y legitiman las demandas actuales; y por qué aún hoy la reunión de sujetos indígenas en el espacio público sigue permitiendo desplegar toda la fuerza de los aparatos represivos del Estado ante la latencia de un malón que siempre se actualiza.

Por eso, en el 70º aniversario de una de las masacres crueles del siglo XX, Qadeite, Salqoe, Setkoki´en, Ni´daciye y todo el Pueblo Pilagá merecen que nunca deje de exigirse memoria, verdad y justicia por las víctimas y sobrevivientes de Rincón Bomba.

(*) Luciana Mignoli es periodista e integrante de la Red de Investigadores en Genocidio y Política Indígena en Argentina.

viernes, 9 de febrero de 2018


Los pilagás, cobrevivientes del genocidio

Los pilagás (en su idioma: pit´laxá) son un pueblo indigena que habita en el centro de las provincias de Formosa, Chaco y Santa Fe en Argentina..
Su lengua forma parte de la familia chaqueña habitualmente llamada guaycurú . Están relacionados con los tobas y los mocovíes. Unos 2000 hablan el idioma pilagá. ​ Desde 1996 escriben el pilagá en un alfabeto latino de 4 vocales y 19 consonantes.
Han podido conservar gran parte de su cultura autóctona. Son de estatura alta y complexión fuerte. Plantan porotos, zapallos, maíz y mandioca y utilizan las vainas del algarrobo para su alimentación. Crían y atrapan pequeños animales y complementariamente cazan animales de mayor tamaño.
 Los primeros registros históricos sobre los pilagás son del siglo XVII, cuando habitaban el este de las provincias del Chaco y Formosa sobre el ríoi Paraguay junto a otros grupos como los abipones, los mocovíes y los tobas. Los guaraníes llamaron a estos pueblos «guaycurúes» por la costumbre de raparse la parte delantera de la cabeza, que los españoles de Asunción tradujeron como «frentones». Las fuentes históricas los denominan yapitalaguás, zapitalagá (Guido Boggiani, 1898: 619), pitilagá (Félix de Azara, 1836: 396), pitelahá, pitaleaes (Francusci Morilloo, 1837), zapitalaguas; zapitilingas (Nicolás de Techo, 1628: 295-296), yadpitilaga, apitolagas, guaycurure (Alfred Métraux, 1946a; Enrique Palavecino, 1933a). Frecuentemente se los confundía con los tobas del oeste, con quienes están históricamente relacionados, tanto lingüística como culturalmente, como también por alianzas militares y relaciones familiares. Durante el siglo XVII los guaicurúes se expandieron por el Chaco hacia el oeste en continuas guerras con grupos mataco-mataguayos. La expansión se detuvo a mediados del siglo XVIII por la presión militar española que los desplazó del río Bermejo, encontrándose los pilagás a fines del siglo XVIII en los bañados entre los ríos Pilcomayo y Paraguay hasta la zona de Fortín Yunka al oeste y el medio de la provincia de Formosa al sur.
Al finalizar la guerra del Paraguay /1864-1870) Argentina comenzó la ocupación del Chaco creándose la gobernación del Chac en 1872, que fue dividida en 1884 quedando los pilagás dentro del área asignada al Territorio de Formosa. Luego de sucesivas campañas expansivas, el 1 de septiembre de 1899 el general Lorenzo Vitter inició una campaña militar al mando de 1700 hombres que llevó la línea de frontera hasta el río Pilcomayo, concluyendo con la ocupación militar efectiva del territorio chaqueño. Las tierras pilagás y de otros pueblos fueron ocupadas por colonos y los indígenas que sobrevivieron a la guerra y a las enfermedades nuevas para ellos, fueron utilizados en las plantaciones de algodón e ingenios azucareros, como auxiliares de las fuerzas militares o deportados como prisioneros. Muchas mujeres y niños fueron enviados a trabajar como criados en de las familias de los centros urbanos. ​
El 1 de abril de 2005 la Federación Pilagá inició una demanda civil contra el Estado nacional en el Juzgado Federal de Formosa, reclamando una indemnización económica por la matanza de pilagás ocurrida en octubre de 1947, conocida como masacre de Rincón Bomba que fue considerada un crimen contra la humanidad.crimen contra la humanidad.​
La Encuesta Complementaria de Pueblos Indígenas  de Argentina, dio como resultado que se reconocieron y/o descienden en primera generación del pueblo pilagá 4465 personas en Argentina (3867 residiendo en comunidades), de las cuales 3948 vivían en la provincia de Formosa (3867 residiendo en comunidades) y 517 en el resto del país.​
El Censo de 2010 en Argentina reveló la existencia de 5137 personas que se autoreconocieron como pilagás en todo el país, 4366 de los cuales en la provincia de Formosa.1
La masacre de un pueblo originario; la matanza de Rincòn Bomba
Fueron hallados restos de los 500 pilagás fusilados por la gendarmerìa argentina en 1947  
Hace poco un juez de Formosa ordenó allanar el escuadrón de Las Lomitas, donde hace 58 años se produjo la matanza de 500 miembros de la etnia pilagá. La comunidad pide al Estado una indemnización.
Declaraciones de Miguel Ortiz (Jefe del Escuadròn)
“Qué tanto se preocupa si al final son indios”, contestó el delegado de la Dirección Nacional del Aborigen, Miguel Ortiz, al jefe del Escuadrón cuando éste le pidió explicaciones sobre el mal estado de los alimentos que habían llegado para ser distribuidos entre gente de la etnia pilagá, días previos a la masacre poco conocida por la historia nacional denominada “Matanza de Rincón Bomba”. El hecho ocurrió en octubre de 1947 en Formosa y se cobró alrededor de 600 vidas a manos de la Gendarmería nacional. El suceso volvió a la luz cuando el juez Bruno Quinteros ordenó el allanamiento de las instalaciones del Escuadrón de Gendarmería de Las Lomitas de esa provincia, donde posiblemente se encontrarán fosas comunes con los restos de los asesinados. Ayer la Justicia comenzó la búsqueda y encontró restos de un cuerpo que podrían pertenecer a un integrante del pueblo originario.
En junio de este año, la Federación Pilagá interpuso una denuncia contra el Estado por “crímenes de lesa humanidad”. La demanda, presentada ante el Juzgado Federal Nº 1 de Formosa, es por “daño colectivo”, relató a Página/12 uno de los abogado de esa comunidad, Julio García. En ese sentido, agregó que “se presentó una medida cautelar por la fuerte presunción de la existencia de cadáveres. Por eso el juez ordenó el allanamiento de cuatro lugares. Uno de esos es terreno de Gendarmería en la intersección de las rutas 81 y 28, frente a Las Lomitas”.
Los demandantes piden una indemnización por “daños y perjuicios, lucro cesante, daño emergente, daño moral y determinación de la verdad histórica”.
La presentación judicial señala que entre el 10 y el 30 de octubre del año 1947 fueron asesinados “entre 400 a 500 argentinos de etnia Pilagá, aproximadamente, además de los heridos y más de 200 desaparecidos”. Los más de 50 muertos por intoxicación, hambre y falta de atención médica y la desaparición de un número indeterminado de niños elevan las bajas a más de 750. Hubo 190 sobrevivientes.
En la presentación se relata que meses antes de los crímenes, más de 7 mil hombres, mujeres y niños pilagás, tobas y wichís caminaban desde Las Lomitas hasta Tartagal, en Salta, tras la promesa de trabajo, pero fueron echados cuando reclamaron que se les pagara lo prometido. Entonces emprendieron el regreso a su lugar de origen. Sin posibilidades de trabajo, mujeres, niños y hombres fueron víctimas del hambre y las enfermedades. Los pobladores cercanos los ayudaron con alimentos y ropa. Pero al transcurrir los días dejaron de hacerlo.
Ante la gravedad de la situación, las autoridades provinciales se comunicaron con el presidente Juan Domingo Perón, quien ordenó, como parte de una ayuda mayor, el envío de tres vagones con alimentos, ropas y medicinas. La carga llegó a la ciudad de Formosa y permaneció en la estación, a la intemperie, diez días aproximadamente.
Finalmente, llegó a Las Lomitas un solo vagón lleno, dos semivacíos, con la mayoría de los alimentos en mal estado por el tiempo transcurrido. Fueron distribuidos y consumidos rápidamente por miles de indígenas que a las pocas horas comenzaron a sentir los síntomas de una intoxicación masiva. Decenas murieron. El jefe del Escuadrón llamó al delegado de la Dirección Nacional del Aborigen para pedir explicaciones sobre las faltas en los abastecimientos y el mal estado en que habían llevado.
Al tiempo comenzó a circular el rumor de un ataque indígena. Gendarmería formó un “cordón de seguridad” alrededor del campamento aborigen. No se les permitió traspasarlo ni ingresar al pueblo. Hasta que en el atardecer del 10 de octubre, el cacique pidió hablar con el jefe del escuadrón. Se concertó una entrevista a campo abierto. En ese momento se escucharon descargas de disparos. El 2º comandante del escuadrón, sin que nadie lo supiera, había hecho desplegar varias ametralladoras alrededor del lugar. Y todo terminó en la masacre. Después comenzó la persecución de los que pudieron escapar, “para que no quedaran testigos”, concluye la presentación judicial.
Ayer, 58 años después, comenzaron las excavaciones “para encontrar fosas comunes”, indicó García. El otro abogado patrocinante, Carlos Alberto Díaz, resaltó que este “hecho busca la verdad histórica para determinar las responsabilidades de quienes originaron esta masacre”. Además, se pide una indemnización en nombre de todo el pueblo y otra parte en solidaridad con las etnias toba y wichí “porque estimamos que es un problema de todos los pueblos de la provincia y de América latina”.
La investigación del episodio comenzó un año antes de la presentación ante la Justicia. Los letrados encontraron datos de la matanza cuando trabajaban en el caso de otra masacre indígena sucedida hace más de 80 años en Napalpí. “Investigando hallamos sobrevivientes. Con olvido y perdón, las heridas no se cierran –estimó Díaz–. Encontramos un temor reverencial a causa de ese hecho que impactó en generaciones futuras de pilagás. Fue difícil que nos dieran acceso.”
Fuentes cercanas a la investigación comentaron que “la Federación Pilagá dio el poder para la presentación en Resistencia, Chaco, y no ante un escribano de Formosa por temor a represalias”.
Los otros tres lugares donde se efectuarán los allanamientos serán en la localidad de El Descanso, a pocos kilómetros de Las Lomitas, cerca de las vías y en el cementerio de la localidad de Pozo del Tigre “donde hubo fusilamiento en las noches posteriores”, narró García.
Por su parte, el juez federal formoseño, Bruno Quinteros, relató a Página/12 que con esta causa “estamos reconstruyendo una parte de nuestra historia. Tenemos que determinar la verdad histórica. Yo me enteré de este hecho con la llegada de esta causa”, y enfatizó: “Tenemos un compromiso con la reconstrucción histórica y con los pueblos”.
Informe: Maria Sol Wasylyk Fedyszak.