sábado, 23 de enero de 2016

La ilegalidad promueve el consumo de drogas?  El prohibicionismo, una guerra perdida 
D.Antón
Una tarea endemoniada
Los demonios creados por la sociedad  dustrial parecen querer acabar con sus propios inventores.2 
El tráfico y el consumo de sustancias ilícitas se han extendido como reguero de pólvora por todo el mundo industrializado. No hay rincón en los países llamados “ricos” que esté libre de este  mal.
De poco sirven los esfuerzos policiales internacionales, la imaginación de los consumidores, traficantes y productores parece estar siempre un paso adelante de los esfuerzos represivos de las autoridades.
A medida que la represión se profundiza, al mismo tiempo se incrementa el precio de la “droga” al consumidor, aumentando los incentivos económicos para producirla y traficarla.
La represión del consumo es muy difícil, tal vez imposible. Los consumidores potenciales son muchos. Todos los individuos que componen la sociedad pueden, en un contexto favorable, transformarse en adictos a las drogas. Ello sucede aún en el seno de las fuerzas represivas propiamente dichas, entre los políticos que toman decisiones o formulan políticas en este campo, o sus familiares.
En una sociedad que privilegia los valores hedonistas, el último escape sensual son las drogas sicoactivas. Los ricos tienen el dinero con qué comprarlas. Aunque las drogas sean caras, siempre aparecerán personas con los recursos necesarios dispuestas a pagar sumas exorbitantes para procurárselas. Los pobres no tienen el dinero para obtener la “mercancía” de forma lícita. Por esa razón se ven impulsados a procurársela por otros medios. La represión del consumo de drogas fomenta la delincuencia.
Los traficantes, que se ven obligados a enfrentarse a los poderes de los estados, deben crear sus propios aparatos para contrarrestar la acción represiva. Aparecen organizaciones delictivas multifacéticas e internacionales, ejércitos privados. El dinero de la droga inunda y “contamina”  todos los campos de la economía y sectores de la sociedad.
Políticos, profesionales, militares y empresarios están implicados en este tráfico.
Favorecido por la globalización, el lavado del dinero producido por las drogas ha pasado a ser un elemento importante en la economía mundial.  No hay voluntad política ni interés a nivel de las instituciones financieras para ejercer ningún tipo de control significativo.
En muchos casos, la supuesta lucha contra las drogas, contiene un doble discurso, no existe real disposición para que el tráfico y el consumo se elimine, usándoselos como excusa para lograr otros fines políticos, como por ejemplo, reprimir los movimientos sociales, rebeliones de campesinos, luchas guerrilleras de origen popular, etc.
Los productores, en cambio, son agricultores de países pobres que han encontrado en la producción agrícola de las plantas prohibidas una fuente de ingreso que no pueden lograr con otro tipo de cultivos.
Estos campesinos son muy vulnerables a la represión. En general, no están organizados para enfrentar las fuerzas policiales y militares, y son fácil víctima de las operaciones represivas, de la quema y confiscación de cultivos, del envenenamiento con desfoliantes, del arresto, maltrato y matanzas de las fuerzas represivas al servicio de los gobiernos e intereses económicos internacionales.
Desde hace tiempo las autoridades globales están dedicadas a luchar contra los campesinos más pobres en algunas de las regiones más aisladas o desvalidas del mundo.
Para ello utilizan todos los recursos, políticos, económicos y militares.
En esta lucha desigual son los pobres quienes pagan el precio más costoso. Los traficantes disponen de bases de operación y escondites, de aviones, helicópteros y mucho dinero. Los campesinos productores, en cambio, no pueden escapar, su único recurso es la tierra y la voluntad de cultivarla. Debido a su vulnerabilidad están sometidos a la arbitrariedad y al atropello. Los gobiernos dependientes y corruptos, azuzados por la presión imperial y transnacional, se dedican a combatir a sus propios ciudadanos sin ofrecer alternativas viables.

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