jueves, 27 de julio de 2017

De Lanzhou al desierto de Tengger

D.A. Durante una estadía que tuve en el interior de China en 1986 experimenté algunas dificultades de comunicación.
En ese año fui invitado a participar en una Conferencia sobre Desertificación en la ciudad de Lanzhou en el valle superior del río Huang Ho o río Amarillo en la región nororiental del país, 
En el marco de dicha conferencia se llevó a cabo una salida de campo que consistió en un viaje en tren a lo largo del valle del Huang Ho aguas abajo hasta Yin Chuan, capital de la provincia de Ningxia. 
Desde Yin Chuan partimos hacia el vecino desierto de Tengger. El grupo de conferencistas y acompañantes se trasladaba en varios jeeps. Yo viajaba con dos compañeros de viaje japoneses y un chofer chino de habla mandarín. Los japoneses hablaban muy poco inglés, y el chofer nada.
La comunicación con mis compañeros de viaje era práctica y exclusivamente utilizando señas. De la misma manera se comunicaban los japoneses con el chofer porque sus idiomas hablados (japonés y mandarín) son mutuamente incomprensibles.
Hay que tener en cuenta que la lengua japonesa es completamente diferente al mandarín (que es el principal idioma hablado en China) tanto desde el punto de vista de la estructura sintáctica, como de la gramática y del vocabulario. Por esa razón, japoneses y chinos no se entienden cuando hablan sus propios idiomas. 
Como utilizan el mismo sistema logográfico pueden leer sus textos respectivos sin necesidad de traducción. Los japoneses que me acompañaban en el viaje podían leer la cartelería vial, los anuncios de diverso tipo en los comercios y viviendas, e incluso los folletos y revistas y libros escritos en chino que, por supuesto, a mí me resultaban indescifrables. 
Cruzamos el desierto de Tengger donde nuestros anfitriones nos mostraron los avances de un plan que se estaba aplicando para recuperar las zonas dunares que en tiempos anteriores se habían expandido debido al sobrepastoreo prolongado.  
Los proyectos de recuperación de suelos arenosos incluían la excavación de una red de zanjas poco profundas (no más de 30 cms) donde se enterraban rastrojos de cultivos traídos de áreas agrícolas de climas más húmedos. Estas zanjas se excavaban con una densidad relativamente alta (una por metro) con configuración de damero.
Si bien el clima de Tengger es semi-árido, su pluviosidad es suficiente para mantener una vegetación esteparia relativamente densa. Al enterrar rastrojos de cultivos en franjas lineales cercanas se promovía el crecimiento espontáneo de las plantas locales (cuyas semillas estaban durmientes), se obstruía el escurrimiento hídrico erosivo y se evitaba la erosión del viento. 
A los pocos años las dunas se habían estabilizado reinstalándose la estepa. Se esperaba que cuando la densidad vegetal fuera suficiente podría recomenzar un pastoreo controlado de camellos, ovejas u otros herbívoros.
Cruzamos el Tengger hasta llegar al corazón de la Mongolia Interior en el sur del Desierto de Gobi. Allí visitamos una explotación de álcalis en la ciudad de Jartai y pudimos descansar del largo viaje en un hotel que como “delicatessen” nos recibió con una sandía en cada habitación.
La cortesía y amabilidad china se expresó durante todo el viaje. Regalos, banquetes, reverencias fueron la regla tanto en Pekín, como en Lanzhou o en Guangzhou. Reflexionando sobre la razón de esta amabilidad constante, casi proverbial, llegué a la conclusión que estaba enraizada en las viejas filosofías orientales, más filosóficas y éticas que religiosas o teistas: el confucianismo, el taoismo y el budismo.
También pensé que estaba relacionada con la necesidad de mantener buenas relaciones entre las personas en un país muy densamente poblado. Para que haya paz social y armonía entre los individuos se establecieron reglas de convivencia social basada en las buenas maneras y la cortesía. La filosofía en que se resumen estas actitudes fueron desarrollados por Confucio en los siglos V y VI a.e.c. y todavía está vigente.
No vendría mal que se aplicaran estos principios en otras partes. 
Creo que el resto del mundo tiene mucho que aprender de China y su antiquísima civilización.
De "Crónicas de la Peripecia Humana", Danilo Antón, Piriguazú Ediciones.

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