miércoles, 4 de noviembre de 2015

Los delfines del Cunucunuma      

Danilo Antón


Era una isla arenosa muy pequeña desprovista totalmente de vegetación. No tenía más de 100 metros de largo y tal vez unos 30 metros de ancho Habíamos llegado desde el río Orinoco subiendo los raudales del río Cunucunuma cuando nos agarró la noche y nos vimos obligados a acampar. Aún con la habilidad navegadora de los y’ekwana la navegación nocturna entre peñascos y rápidas se hace peligrosa. Preparamos el cazabe con pescado que traían nuestros guías y’ekwana y nos dispusimos a pasar la noche isleña. Un joven alemán que se había plegado a la excursión cuando zarpamos del poblado de La Esmeralda, por razones que ignoro, decidió dormir en un lugar menos seguro y, arrastrando su mochila, cruzó el brazo del río que nos separaba de la tierra firme para instalar su hamaca colgando de dos ramas de árboles en plena selva. Los demás, incluyendo a Cucubi, conocido con el nombre oficial de Guillermo Guevara, un líder indígena prestigioso de etnia jibi con proyección nacional en Venezuela, y varios acompañantes indígenas y criollos, preferimos quedarnos en la despejada superficie arenosa de la pequeña isla. Ya avanzada la noche y acostado sobre las arenas podía contemplar la bóveda estrellada donde brillaba la luna llena. Se escuchaban los sonidos de la floresta provenientes de las umbrías orillas selváticas.
En cierto momento en las aguas apenas iluminadas se escucharon chapoteos seguidos de débiles graznidos. Los sonidos se repetían provenientes de varios puntos del río. A veces parecían acercarse a la orilla del islote arenoso.
Al asomarme para ver el origen de los ruidos pude avistar como se perfilaba la forma breve de un hocico y un par de ojos que miraban sobre la superficie del agua. Más allá se esbozaban otros seres similares que aparentemente se comunicaban entre sí examinándonos con interés. Son los delfines rosados del Orinoco” susurró Cucubi. Volví a mirar y entonces pude distinguirlos mejor. Varias siluetas que nadaban suavemente, a veces se acercaban a la playita isleña hasta casi subirse a la línea de playa, luego se alejaban, parecían comunicarse entre sí con sus sonidos apenas audibles. Cuando se hizo el día no se les pudo ver más. Pienso que estaban allí simplemente curioseando a estos bichos raros que se habían aventurado en su territorio. Se trataba de una "manada" de delfines rosados, que habitan en la cuenca del río Orinoco y ascienden regularmente por sus afluentes, como es el caso del río Cunucunuma. Es un mamífero acuático de la orden de los cetáceos conocido localmente con los nom
bres de boto o bufeo.
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Fragmento del CAPÍTULO 8 del tomo 2 del libro "Crónicas de la Peripecia Humana", Danilo Antón, Piriguazú Ediciones.

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