Los relatos de Ulrico Schmidl
contienen las descripciones más detalladas de los pueblos que habitaban la cuenca de los ríos de la Plata y Paraná cuando se produjo la irrupción violenta de expedicionarios españoles en el sur del continente.
Ulrico Schmidl fue un soldado, viajero y cronista de origen alemán famoso por sus crónicas de su viaje con
Pedro de Mendoza (1535) en ocasión de la frustrada primera fundación de Buenos
Aires y luego durante la navegación del
río Paraná hasta Paraguay en el grupo expedicionario español de con Juan de Ayolas
(1537 y años siguientes). Su crónicas de viaje fueron publicadas en 1567 en
alemán y en 1599 en latín. El título (en español) del relato era “Verídica
descripción de varias navegaciones como también de muchas partes desconocidas,
islas, reinos y ciudades... también de muchos peligros, peleas y escaramuzas
entre ellos y los nuestros, tanto por tierra como por mar, ocurridos de una
manera extraordinaria, así como de la naturaleza y costumbres horriblemente
singulares de los antropófagos, que nunca han sido descriptas en otras
historias o crónicas, bien registradas o anotadas para utilidad pública”.
Los principales pueblos
descriptos por Schmidl son los siguientes:
Los chana- timbúes
Schmidl relata en forma
ilustrativa la partida del grupo expedicionario desde Buenos Aires, su viaje
de más de 400 kms (84 leguas) aguas arriba por el río, así
como los principales rasgos de la nación chaná-timbú paranaense y la
recepción que le ofrecieron los timbúes al llegar:
«Nuestro capitán Juan Ayolas
mandó convocar los cuatrocientos
hombres de la tropa y los
embarcó en los buques, y viajó aguas
arriba por el río Paraná.
También viajó con nosotros nuestro supremo capitán general don Pedro
Mendoza; y estuvimos en viaje durante dos meses, pues hay ochenta y
cuatro, leguas desde donde
habíamos dejado los cuatro
buques hasta el lugar donde habitan
los Timbús. Estos llevan en
ambos lados de la nariz una estrellita,
hecha de una piedra blanca y
azul, y son gente de cuerpo grande
y fornido.... La fuerza de
los indios es mucha, como sabréis por mí
más adelante, y no comen otra
cosa que carne y pescado: en toda
su vida no han comido otra
comida. Se calcula que esta nación
tiene como quince mil
hombres, más bien más que menos; tienen
canoas, iguales a esas que
allá en Alemania se llaman barquitos,
y usan los pescadores. Estas
canoas se hacen con un árbol y tienen
un ancho de tres pies en el
fondo y un largo de ochenta pies.
Pueden viajar en ellas
cualquiera sea el tiempo hasta diez y seis
hombres y todos deben remar;
tienen remos como los que usan
los pescadores en Alemania,
salvo que no son reforzados con hierro
en la punta de abajo.
Cuando llegamos con nuestros
buques a cuatro leguas de su
pueblo, nos divisaron y
vinieron a nuestro encuentro como en
cuatrocientas canoas, y en
cada una había diez y seis hombres, y
se nos acercaron
pacíficamente. Nuestro capitán regaló entonces
al indio principal de los
Timbús, que se llamaba Cheraguazú, una
camisa y un birrete rojo, un
hacha y otras cosas más de rescate. El
tal Cheraguazú nos condujo a
su pueblo, y nos dieron carne y pescado hasta hartarnos; si este
viaje hubiera durado diez días más,
todos nos hubiéramos muerto
de hambre. Así y todo murieron,
durante ese viaje, cincuenta
de los cuatrocientos hombres».
Los beguás
Los beguás o mbeguás eran
probablemente pueblos chanás que
habitaban las islas y orillas
del Paraná inferior, aguas debajo de los
timbúes, extendiéndose hacia
el estuario platense e incluso hasta la
costa atlántica.
Hay una descripción de Roger
Barlow, expedicionario con Gaboto,
de 1528, que señalaba que «sobre
la costa de Santa Lucía y hasta
San Salvador hay ciertas
generaciones de indios llamados biguais
y charnais que viven de la
caza y de la pesca y no se comen unos a
otros.».
Dos años después (1530) se conservan
declaraciones de Juan de
Valdivieso, de la armada de
Sebastián Gaboto en donde se señala
que se encontraron «dos
canoas de indios de la nación de los beguales que vinieron a bordo de dicha
nave capitana» y al preguntarle un intérprete de dicha nación
de donde venían indicaron el Cabo Santa María (probablemente
Punta del Este actual).
De acuerdo a esta
información, los beguás se trasladaban habitualmente por vía marítima de un punto
a otro de sus dominios tradicionales.
Es probable que otros pueblos
procediesen de la misma
forma, y aunque no existen
suficientes datos para asegurarlo es
razonable imaginar que este
tipo de transporte y comunicación
sería habitual.
Los corondás
Los corondás eran una nación
localizada unos veinte kilómetros
aguas arriba del país timbú,
en las cercanías de la laguna del mismo
nombre, unos pocos kilómetros
aguas arriba de la desembocadura
del río Carcarañá . De
acuerdo a las descripciones, eran muy
semejantes a los timbú, tnato
desde punto de vista de sus costumbres como de su lengua. La
descripción de Schmidl es bastante elocuente.
«Zarpamos de ese puerto, que
se llama Buena Esperanza, con
ocho bergantines, y después
de un día de navegación, o sea
cuatro leguas de camino,
llegamos a una nación que se llama
Corondá; también viven de
pescado y carne y son aproximadamente
doce mil hombres adultos, de
los que pueden guerrear, y
en todo son iguales a los
Timbús. También tienen dos estrellitas
a ambos lados de la nariz;
también son personas garbosas y las
mujeres feas, con arañazos
azulados en la cara, tanto jóvenes
como viejas y tapan las
vergüenzas con un trapo de algodón;
tienen estos indios muchos
cueros curtidos de nutria y muchísimas
canoas. Y ellos compartieron
con nosotros su escasez de
carne y pescado y cueros y
otras cosas más; nosotros también del
mismo modo les dimos cuentas
de vidrio, rosarios, espejos, peines,
cuchillos y otras cosas, y
quedamos con ellos durante dos días.
También nos dieron dos indios
Carios que tenían cautivos, por su
habla y para que nos enseñara
en el camino.»
Los quiloazas
Los quiloazas habitaban en la
zona fluvial del Paraná pocos kilómetros antes de llegar a la
desembocadura del río Salado sobre la margen oriental del Paraná. Hablaban
una misma lengua que los timbúes y corondás y tenían un género
de vida comparable. Según Schmidl su número era muy grande (del
orden de 100,000 habitantes o más).
Su descripción es
ilustrativa.
«De ahí navegamos hasta
llegar a una nación que se llama Quiloazas, que son alrededor de cuarenta
mil hombres de guerra y comen pescado y carne; llevan también dos
estrellitas en la nariz como los dichos Timbús y Corondás; las tres
naciones hablan una misma lengua. Desde los antes nombrados Corondás
hasta los Quiloazas hay treinta leguas de camino y éstos viven en
una laguna que tiene unas seis leguas de largo y unas cuatro de
ancho. Con ellos quedamos cuatro días:
también participamos su
escasez, haciendo nosotros lo mismo. Estos indios habitan la orilla
izquierda del Paraná.»
Los calchines
Eran los pueblos chanáes que
habitaban en la desembocadura del río Salado sobre la banda
occidental del río Paraná, a la altura de la actual ciudad de Santa Fe.
Por los datos existentes era
una nación con fuerte parentesco con los otros pueblos chanáes del
sur.
Los mocoretás
Los mocoretás habitaban en el
tramo del río Paraná aguas arriba de
la desembocadura del río
Guaquiraro. Al igual que todos los pueblos
chanáes mencionados anteriormente
vivían sobre todo dela pesca y
la caza de mamíferos y otros
animales acuáticos.
Eran bastante numerosos y de
ellos dió una descripción vívida el
cronista Schmidl.
«De allí navegamos durante
diez y seis días sin que encontráramos
ni viéramos gente alguna. En
esto vinimos a dar a un pequeño río, que corre hacia
el interior del país, donde encontramos reunida mucha gente que se
llaman Mocoretá;. éstos no tienen para comer otra cosa
que pescado y carne, sobre todo pescado. Estos indios son
alrededor de diez y ocho mil guerreros; también tienen muchísimas
canoas. Los Mocoretás nos recibieron muy bien a su manera y nos
dieron la carne y pescado que precisábamos
durante los cuatro días que
con ellos nos quedamos. Habitan en la otra orilla del
Paraná, o sea en la orilla derecha, y hablan otra lengua; pero
también llevan dos estrellitas en la nariz y son gente de cuerpo bien
formado; las mujeres son feas como las antes mencionadas. Desde
los Quiloazas hasta los Mocoretás hay sesenta y cuatro leguas
de camino. Mientras estábamos con esos Mocoretás, casualmente
encontramos en tierra una gran serpiente,
larga como de veinticinco
pies, gruesa como un hombre y salpicada de negro y
amarillo, a la que matarnos de un tiro de arcabuz. Cuando los indios la
vieron se maravillaron mucho, pues nunca habían visto una
serpiente de tal tamaño; y esta serpiente hacía mucho mal a los indios,
pues cuando se bañaban estaba ésta en el río y enrollaba su
cola alrededor del indio y lo llevaba bajo el agua y lo comía, sin
que la pudieran ver, de modo que los indios no sabían cómo podía
suceder que la serpiente se comiera a los indios. Yo mismo he
medido la tal serpiente a lo largo y a lo ancho, de manera que bien sé
lo que digo. Los Mocoretás tomaron ese animal, lo cortaron a
pedazos, que llevaron a sus casas y se lo comieron asado y
cocido»
Los chanás salvajes
Aguas arriba del país de los
mocoretás, Schmidl dio testimonio de
una nación que él llamó
«chanás salvajes». No sabemos cual sería
este grupo nativo, y ni
siquiera es seguro que fueran efectivamente
«chanáes». Hay diferencias
marcadas con otros pueblos chanáes que se extenderían incluso a su
propia apariencia física.
Si bien la descripción de
Schmidl dificulta su identificación, se les
puede relacionar con los
caingang (tapuyas de la costa de Brasil) y,
de acuerdo a ciertas
referencias, con los yaros.
«De allí partimos de nuevo y
navegamos por el río Paraná durante
cuatro jornadas, y hasta que
llegamos a una nación que se llama
Chaná-Salvajes; son bajos y
gruesos y no tienen más comida que
carne, pescado y miel. Las
mujeres llevan sus vergüenzas al aire:
todos, hombres y mujeres,
andan completamente desnudos, tal
como Dios Todopoderoso los ha
puesto en el mundo. La carne
que comen es de venados,
puercos salvajes y avestruces; también
de unos conejos que son
iguales a una rata grande, salvo que no
tienen cola. Permanecimos con
ellos solamente una noche, pues
no tenían nada que comer:
hacía cinco días que habían venido al
río Paraná para pescar y
guerrear con los Mocoretá. Es una gente
igual a los salteadores que
hay en Alemania: roban y asaltan y luego
vuelven a su guarida. Después
que dejamos a los Mocoretás,
anduvimos durante cuatro
días, o sea unas diez y seis leguas, antes
de encontrar a los
Chaná-Salvajes, que habitualmente viven
tierra adentro, a veinte
leguas del río, para que los Mocoretás no
los asalten. Estos
Chaná-Salvajes son unos dos mil guerreros.»
Los mapenis o mepenes
Los mapenis o mepenes eran
pueblos litorales que vivian en las cercanías de la confluencia de los ríos
Paraguay y Paraná. La descripción de Schmidl es insuficiente
para identificarlos por lo que no sabemos si eran efectivamente un
pueblo de etnia chaná- arawak.
Su número parece indicar que
tenían fuentes abundantes de alimentación, seguramente pesca y caza
abundante, recolección en zonas de gradiente ecológico y
cultivos de numerosas especies y variedades.
La descripción de Schmidl
reza como sigue:
«De allí navegamos hasta
encontrar una nación que se llama Mapenis y son muchísimos, aunque no
viven agrupados; pero en dos días pueden reunirse en el
río y la tierra. Se calcula que son cien mil hombres y tienen una
tierra como de cuarenta leguas a la
redonda. También tienen más
canoas que cualquier nación que
hasta aquí hubiéramos visto y
en una canoa pueden viajar hasta
veinte personas. Nos recibieron belicosamente –había en el río
más de quinientas canoas–, pero
dichos Mapenis no consiguieron
gran cosa y con nuestros
arcabuces herimos y dimos muerte a
muchos, pues nunca habían
visto antes ni cristianos ni arcabuces
y tuvieron gran espanto.
Cuando llegamos a su aldea, no pudimos
tomarles nada, pues había una
legua desde el Paraná, donde
habíamos dejado los buques, y
solamente encontramos doscientas
cincuenta canoas, que
quemamos y destrozamos totalmente.
Tampoco quisimos alejarnos
mucho de nuestros buques, porque
recelábamos que nos atacarían
de otro lado. Así volvimos nuevamente a nuestros buques, los antes
nombrados Mapenis solamente saben guerrear sobre el agua.
Desde los Chaná-Salvajes hasta estos Mapenis, hay noventa y cinco
leguas de camino.»
Reproducido de "Los Pueblos del Jaguar", Danilo Antón, Piriguazú Ediciones

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